Nacer a través de nuestros propios ojos

Publicado por el Sep 16, 2012

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No sé si se lo habían planteado alguna vez, pero ustedes jamás podrán acabar su autobiografía. En el instante mismo de morir no podrán sostener el bolígrafo ni el teclado. Tampoco sabrán anunciar el momento exacto, ni describir las circunstancias del último instante con la veracidad suficiente. Además, estarán demasiado ocupados en morir para molestarse en registrar literariamente su propia muerte. En el mejor de los casos alguien tomará nota de sus últimas palabras, pero ya no será usted quien las anote para la posteridad. Si eso les molesta, es mejor que opten por escribir un diario.

Una autobiografía, por definición, será siempre un libro de final abierto. Y es que escribir es una actividad vinculada al después. Escribimos después de haber vivido, de haber reflexionado, de haber imaginado o de haber visto.  Y aunque nuestro genio creativo sea lo bastante extraordinario para permitirnos simultanear la imaginación y la escritura, lo será sólo por un instante. Ese momento mágico durará hasta que tengamos que volver atrás en la frase, no encontremos la palabra precisa o se nos traben los dedos en el teclado. Apenas unos segundos.

Puede que el final de una autobiografía sea abierto, pero su comienzo está predeterminado: Siempre empieza con nuestra llegada a este mundo. Pensándolo bien, ¿no les parece absurdo? Ustedes no se acuerdan de eso en absoluto, por lo que escribirán sólo lo que otros les hayan dicho o lo que figure en su partida de nacimiento. Iniciarán el relato de su vida con un insensato acto de confianza. Con una leyenda. Acaso incluso con una mentira. Quizá por eso las autobiografías, aunque las librerías suelan archivarlas en el apartado de “no ficción”, son en realidad pura literatura.

Lo que el lector verá reflejado en el primer párrafo de su autobiografía, le guste o no, será un anticipo de su punto de vista sobre la propia existencia.  A menudo un reflejo de la cárcel mental en la que vive sin saberlo.

Hagamos la prueba. Vean cómo inaugura el “Discurso de su vida” el capitán Alonso de Contreras:

“Nací en la muy noble villa de Madrid, a 6 de enero de 1582. Fui bautizado en la parroquia de San Miguel. Fueron mis padrinos Alonso de Roa y María de Roa, hermano y hermana de mi madre.”

Sean sinceros: Si se dispusieran ahora a escribir el relato de su vida, ¿la segunda frase sería el lugar en el que fueron bautizados? ¿Se molestarían siquiera en hacerlo constar? ¿Indicarían el nombre de sus padrinos antes incluso que el de sus padres?

Los trescientos ochenta y dos años que han trascurrido desde que el capitán Contreras se sentó a poner su vida por escrito no han pasado en balde. Actualmente tenemos otros afanes, otras prioridades, otras cárceles mentales en las que desarrollar nuestra existencia. Y todo eso se pone de manifiesto en algo tan simple como nacer. Nacer, claro está, a través de nuestros propios ojos.

En las próximas semanas quisiera aprovechar la ventana que aquí me brinda ABC para  inaugurar una pequeña serie, sin pretensiones, sobre los comienzos de autobiografías literarias. Ojalá conserve el impulso y la paciencia suficientes, porque en la vida, ya lo saben, no se trata sólo de nacer… Después de todo, ésa es la parte más fácil.

 Rosa Sala Rose 

 

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