Oscuro como la orilla

Publicado por el Sep 12, 2012

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Me aprietan la americana, abrochada, y los tacones. Me los quito porque la mesa tiene faldón y no se me ve. De nuevo en el tajo. Deberían multar al verano por exceso de velocidad.

Cierro los ojos y vuelvo a Galicia: Cies, la playa más bonita del mundo. El agua está a quince grados, no apta para cagüetas. Nado de boya en boya, con mi amiga Iria. Las bolas de plástico amarillas sirven para detener a los barcos y que no se traguen a los sufridos bañistas. Y para que las gaviotas tengan donde dejar sus porquerías con comodidad: ecologia en estado puro.

En frente, sólo hay acéano. Bajo nuestro pies, mucho mar. Mar profundo y oscuro. Negro. Como una novela de terror. Nos movemos rítmicamente, deprisa porque allí hace falta neopreno, y a mí me da por pensar en los seres que nos observan desde abajo. Si queda alguno de buen tamaño se nos merienda y sólo se entera la gente cuando los niños vean que no hay nada para cenar. Arroaces. Acaso, un pulpo gigante. Miro hacia atrás, para comprobar si Iria me sigue, y entonces, mi vista se topa con la playa. Barcos de ricos, barcos de pescadores, biquinis y cuerpos desnudos (la playa más bella es nudista), llantos de niños y desfile de adoescentes en busca del amor de verano, de la leña verde y del humo. Ancianos tostándose al sol, que hoy ha salido.  Y entonces caigo en la cuenta de que, en realidad, los tiburones están en tierra. Con corbata o tacones, con crisis y opas, conla maldita envidia. Y me viene a la cabeza el libro de Ferdinard von Schirach, CRIMENES, y caigo en la cuenta que incluso en verano, los humanos sólo nos cambiamos de ropa.

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