Elogio del odio

Publicado por el sep 5, 2012

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“El odio que había defendido como una verdad única se había descompuesto por completo. Me había devuelto a mis primeras preguntas sobre el compromiso, sobre mi existencia como individuo concreto que flota en un espacio gelatinoso. Mi vida no era más que un montón de metáforas tomadas de los demás. Durante todo el tiempo había creído lo que otros querían que creyera; habían elegido para mí un nombre que debía amar y defender, habían elegido para mí un dios al que adorar, y yo tenía que atacar a quien no estuviera de acuerdo y blandir mi bastón sobre la cabeza de aquellos a los que denominan impíos. Cuanto más silbaban las balas, en mayor medida la muerte se convierte en una realidad”.

        Quien habla es una mujer, la protagonista y narradora de Elogio del odio, pero es preciso llegar a la página 276 (de 388) para escuchar de sus labios esa confesión. Tanto si sigue como si no las noticias que llegan cada día desde Siria, si deplora la crueldad del régimen de Bashar al-Assad y los excesos de la oposición, pero se queda siempre con la impresión de que no acaba de entender los orígenes del conflicto que desgarra el país árabe, esta novela le ayudará a rastrear las raíces de un odio que tuvo su espeluznante volcán en la matanza de 1982, cuando Hafez al-Assad, el padre del actual presidente, aplastó un conato de rebelión en la ciudad de Hama y eliminó de un plumazo a unos veinte mil sirios, con la complicidad y el silencio de buena parte del mundo árabe y de sus aliados a la izquierda del espectro político internacional: “El tren pasa junto a las norias de una ciudad que se parece a Hama. Um Mamduh exclama: ‘¡Es Hama!’, y pide al maquinista ciego que se detenga porque quiere buscar los rostros de sus hijos y sus vecinos, abandonados a los buitres. El maquinista reduce la marcha y baja a tomar el té con los soldados que han segado vidas a la entrada de laberintos cuyos secretos solo conocen sus habitantes”.

         Siendo bueno, lo mejor de la novela del Khaled Khalifa no es el título. Nacido en 1964 en un pueblo cerca de Alepo, una de las ciudades sirias donde más sangre está corriendo en una guerra civil que enfrenta a uno de los regímenes mejor armados y despiadados de Oriente Próximo y una oposición que es una hidra de varias cabezas, y no todas limpias. Dice la solapa de Elogio del odio que Khalifa fundó, tras licenciarse en derecho, la revista de literatura Aleph, pero la censura de los Assad la puso a buen recaudo. A pesar de ser uno de los escritores más prestigiosos de Siria, de haber publicado tres novelas y de trabajar como guionista de cine y televisión en Damasco, la capital, Elogio del odio no ha podido ver la luz en su país.

          No es fácil entender toda la sangre que se derrama en Siria, pero gracias al relato en primera persona de Elogio del odio nos podemos poner en el lugar de algunos sirios de carne y hueso, aunque no sean más que personajes literarios. Las vidas de Mariam, Safah y Marwa, las tías de la protagonista, con las que pasará buena parte de su infancia, adolescencia y juventud,y la del ciego Radwan (que nunca logrará su sueño de que sus perfumes triunfen en París), servirán de riquísimo tapiz en el que veremos cómo nuestra narradora explica paso a paso su conversión en una fundamentalista que justifica el exterminio del otro, desde los miembros del régimen (empezando por las implacables Brigadas de la Muerte) a los de comunidades que no respetan los principios más severos del Corán.

            A pesar de ser un personaje episódico, la figura del profesor Aldelkarim al-Dali, resulta emblemática por su condición de conciencia y contrapunto. Escribe la narradora, estudiante de medicina: “me largué a la facultad, que había suspendido las clases por los funerales del profesor Abdelkarim al-Dali, considerado un mártir. Liberada, me incorporé al cortejo fúnebre. Necesitaba recuperar mi odio en medio de la multitud, que aclamaba a nuestro muerto detrás de un ataúd portado por estudiantes que vociferaban con los ojos inyectados en sangre. Intentaba encontrar un motivo para aquel crimen, creer en la legitimidad de nuestra Organización, sin por ello dejar de afligirme por su muerte. Los estudiantes, que insistieron en acompañarlo hasta las puertas de Alepo, subieron por la autopista al-Forkan, donde divisé a los vecinos del difunto, que lo lloraban. El profesor Abdelkarim al-Dali era conocido por la franqueza con que criticaba al régimen, sobre todo a las Brigadas de la Muerte, a las que calificaba de escuadra comunitarista y nazi, exactamente el mismo calificativo que aplicaba a nuestra Organización a la que no tenía en estima. (…) cuando Alepo se ahogó en la fiebre de los asesinatos manifestó su postura ante los estudiantes, los animó a rechazar los excesos de ambos bandos y criticó públicamente la altivez de los estudiantes del Partido”. Parece una estampa tomada hace unos días en Hama, Homs, Damasco…

         Cuando al hilo de informaciones que se publican sobre las matanzas que se producen en Siria leo aqui en España (tan lejos, y a salvo) los comentarios furibundos de partidarios y detractores del régimen, y de partidarios y detractores de la oposición, me aterra esa facilidad con la que tantos adoptan posturas maniqueas que sirven, sobre todo, para no complicarse la vida y para olvidarse de la compasión. Como escribe la protagonista de Elogio del odio: “Yo me decía que había que prohibir la compasión, que el odio era la mejor arma de que disponía la mayoría para defenderse de la minoría dominante, que no obstante contaba entre sus filas con numerosos responsables procedentes de la mayoría que tenían las manos manchadas de corrupción y de sangre”. Ha habido intentos honestos, como el de Lino González Veiguela, de internarse en el laberinto sirio para intentar descifrar sus claves sin anteojeras ideológicas. Pero esta novela de Khaled Khalifa (no demasiado bien traducida: Cora Cebza se sirvió para ello de la edición francesa, no de la original en árabe, Madîh al-karâhiya) va mucho más allá. Para quien quiera entender el desgarro sirio, apiadarse de un país devorado por una pavorosa guerra civil, esta novela que no podrá dejar de leer (los siete años de torturas y cárcel que sufrirá la protagonista serán muy difíciles de olvidar) le será de gran ayuda. En un tiempo fatigado de ficciones hay novelas que todavía merecen la pena ser escritas y ser leídas. Esta es sin duda una de ellas.

 

Fotografía: Mikel Ayestaran

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