El genio perverso

Publicado por el Sep 4, 2012

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Llevo desde hace varios años leyendo el libro Borges de Adolfo Bioy Casares, ese maravilloso diario que Bioy recogió durante años, en el que apunta todo lo referente a sus conversaciones con Borges. Voy por la página 600 aproximadamente y no tengo prisa por terminarlo, cosa que sucederá, a este ritmo, dentro de unos tres o cuatro años. Lo tengo en la mesilla de noche de eso que ahora se llama “segunda residencia”, a la que voy algunos fines de semana y a veces durante las vacaciones. Lo abro, leo unas páginas y lo dejo. No creo que fuera sano leerlo de un tirón.
Eckermann y James Boswell son los ejemplos primeros que se nos ocurren al pensar en este libro, testimonio de una enorme amistad y también de una indudable, casi enternecedora, admiración. Ya que lo más extraño e infrecuente que existe en el mundo es la admiración franca y sincera de un autor por otro autor contemporáneo, especialmente si el otro es mejor escritor que uno mismo.
El libro Borges está lleno de pedantería y de conversaciones inanes al lado de brillantes muestras de ingenio y de observaciones sobre la vida y, sobre todo, la literatura. Bioy y Georgie a menudo parecen caricaturas de sí mismos, una especie de Frasier y Niles compitiendo por ser el más pedante de los dos. Sus chismorreos, sus críticas absurdas (por ejemplo a algo llamado “la poesía española”, es decir, a los poetas nacidos en España, que Borges considera, al parecer, muy malos), sus alabanzas incomprensibles de versos casposos y ripiosos, le hace a uno pensar a menudo si no estarán estos dos Laurel y Hardy de la literatura tomándonos el pelo.
Pero algunos días, algunas temporadas (y es curioso notar cómo esto va por épocas, por semanas, por meses) Borges está realmente inspirado y dice cosas apasionantes sobre el arte literario, observaciones que muchas veces contradicen las opiniones vertidas en ensayos que consideramos canónicos y que fueron escritos veinte años antes o no serían escritos hasta veinte años más tarde.
Me gustaría destacar tres de estas opiniones, que es posible que muchos de mis lectores considerarán absurdas o quizá meras boutades. Yo estoy completamente de acuerdo con la primera, probablemente de acuerdo con la segunda y dudoso de la tercera.
La primera: que para un autor hay un elemento necesario para que sea verdaderamente grande, aparte de la originalidad, el talento, la integridad artística, etc.: el éxito.
La segunda: que el “genio perverso” (Baudelaire es el ejemplo dado por Borges) siempre será un genio de segunda fila
La tercera: que es absurdo buscar una transcendencia excesiva u oracular en la literatura, que tendemos a tomar la literatura demasiado en serio,, que la lilteratura es un mero entretenimiento. El contexto de esta última observación es una conversación sobre el teatro de Shakespeare.

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