Sobre lo inconfesable de los archivos

Publicado por el jun 13, 2012

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Las verdades oscuras hay que buscarlas en los archivos.

Todas las naciones desarrolladas cuentan con cientos de ellos, normalmente mantenidos a cargo del erario público, pero muy pocos contribuyentes llegan a pisarlos algún día, aunque nada les impediría hacerlo. Quizá porque los archivos son las tumbas de la historia y como tales provocan un respeto similar al de los cementerios. De vez en cuando los medios anuncian que en alguno de ellos ha aparecido un documento revelador, y entonces es como si un muerto hubiera salido de repente del mausoleo para exponer a la luz el sudario de su pasado. Pero lo habitual es que los archivos permanezcan desconocidos y silenciosos, a menudo en la periferia, protegidos por empleados ariscos y normas de utilización a menudo absurdas y siempre variables a las que sólo los historiadores y los locos se deciden a enfrentarse.

Sin embargo, del mismo modo en que hay personas que gustan de visitar cementerios y de escudriñar los nombres de las lápidas, o cuyos viajes son una sucesión de excursiones a lo que queda de los campos de concentración, hay quien, como yo, disfruta de los archivos. Y es que la vida de alguien no consiste en su nombre, ni en el paréntesis de fechas que lo enmarca en la losa. Tampoco hay rastro alguno en el lugar en el que se produjo su muerte. Lo único que importa es el relato de su vida. Los griegos lo sabían muy bien; de ahí que nos cantaran el relato de Ulises, de quien no nos quedan fechas ni tumba, sino sólo su historia. Cuando ya no hay testigos que nos canten el relato de alguien, sólo podemos aspirar a reconstruirlo entre los polvorientos legajos de un archivo. A trozos, ciertamente. Con lagunas que desafían a la imaginación mucho mejor que un epitafio.

Lo admito, no todas las razones que me llevan a los archivos son respetables, como tampoco lo son entre quienes lo primero que visitan de una ciudad es el cementerio. Confieso, por ejemplo, que se establece una relación fetichista, casi erótica, con los documentos originales. Les pongo un ejemplo: La ficha de ingreso de X en alguna cárcel infausta, seguida de una hoja de liberación fechada unos días después. Sólo que para entonces X es otro. Me lo revela en secreto el trazado de su firma, que de repente se ha achatado, se ha vuelto irregular y flojo. Los interrogatorios y las probables torturas han alterado el modo en que X escribe su nombre. Acaso también la traición que haya podido cometer bajo el impacto del dolor.  Sostengo el documento a sabiendas de que ese mismo papel fue setenta años atrás la superficie sobre la que se apoyó su miedo. Entonces me estremezco y veo que también a mí me tiembla la mano.

Hay un placer malsano en ese estremecimiento, en parte porque sé que únicamente yo lo estoy sintiendo.  Y es que otra de las atracciones inconfesables de un archivo es la hybris de saberse por un momento la única persona en el mundo conocedora de determinado dato o determinado secreto. Es una sensación inigualable, mezcla de curiosidad saciada y de fantasías de grandeza, que sólo un archivo es capaz de proporcionar. Por no hablar de la alegría insensata, entusiasta, inconmensurable, de encontrar en algún legajo, ya sin esperarlo, ese dato fundamental que va a dar la vuelta a la tesis de un trabajo.

Es la felicidad del coleccionista. O del psicópata.

(Pueden encontrar algunas curiosidades rescatadas de los archivos aquí)

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