Leopoldo Pomés, la intensidad de la piel

Publicado por el Jun 7, 2012

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A simple vista, lo único daliniano que tiene Leopoldo Pomés es el bastón. Un bastón que maneja por necesidad, pero también por equilibrio estético. Posa con él como si formara parte de una leyenda: en una mano una camarita de agente secreto que le permite demostrar que no ha perdido ojo ni necesidad, en la otra el bastón con empuñadora de plata. Le ayuda a caminar por las calles de un Madrid donde nunca vivió, pero donde conserva amigos que le acompañaron en alguna de sus aventuras fotográficas. Le sirve para recorrer la distancia entre la galería Fernández-Braso, que le dedica una emocionante exposición (Más allá de la mirada) y la Casa de América, donde a cuenta de PhotoEspaña otros fotógrafos acribillan la realidad cubana con miradas complementarias. Camina como habla, con una elegancia que en ningún momento parece calculada, sino fruto de una manera de estar en el mundo que se refleja a la perfección en las fotografías que cuelgan de las paredes de una galería recién abierta (fruto de la fusión de Juan Gris y Rayuela), pensada para que el que entre no tenga ninguna prisa por volver a la calle. Arranca el paseíllo con una imagen emblemática. Una corrida de toros de 1957, una de esas estampas que se han convertido en la memoria de la España que fuimos. El tendido: desde las ruedas de los carros como talanqueras, con la chiquillería flacucha y los hombres y las mujeres de una tierra que desgarró la guerra, pero que en estampas como esta de Leopoldo Pomés demuestra acaso que su alma (si es que tal cosa existe) es inmortal.

Nada más entrar, una declaración de intenciones escrita en la pared: “No me interesa la anécdota en una foto o en cualquier obra de arte, sino la intensidad, que permanece más allá de la mirada. Eso logra que una obra no se acabe”. Las obras que cuelgan son fruto de una cuidadosa selección en la que se reconoce no sólo el ojo clínico de Pomés, sino la de Karin Leiz, su compañera de viaje (la misma que le llama minero: porque se mete Pomés en el túnel del tiempo de su obra y sale con obras que parecían olvidadas, perdidas, como las que rescató de un libro que había preparado sobre Barcelona por encargo de Carlos Barral: hasta que llegó la parte de las finanzas de aquella editorial mítica y dijo nones). Pasó algo parecido antes, con las fotos de toros que abren este albero franco, y que un tal Ernest Hemingway iba a prologar. Pero la fiera de Por quién doblan las campanas se pegó un tiro y no hubo más. Manuel Falces las rescató para un libro que prologó un amigo compartido: Ángel Harguindey.

Dice su biografía que en 1955 “aparece con escándalo en el panorama nacional de la fotografía exponiendo su primera obra en las Galerías Layetanas de Barcelona”. ¿Por su pasión por el cuerpo femenino? En las cálidas paredes de la galería de la calle de Villanueva hay probadas muestras de su devoción por la belleza, por la intensidad de la carne, por lo que algunos hedonistas proclaman: que lo más profundo del hombre (es una forma de hablar) es la piel. Desde un frontal retrato de Nico en su plenitud, al que nadie que no esté ciego o tenga el deseo apaciguado para siempre se puede resistir, al homenaje a Julio Romero de Torres. Pero hay más. Sobre todo cuando uno se va adentrando en la vida y misterios de Pomés, lo que este fotógrafo (nacido en Barcelona en 1931) deja entrever después de toda una vida mirando el mundo y dejando constancia en instantáneas que forman parte de la mirada del siglo. Están los retratos de Antonio Tàpies, Gabriel García Márquez o Julio Cortázar, con sus manos cerradas como en un acertijo en primer plano (aunque nadie le impresionó tanto como Josep Pla), y está sobre todo una tríada que se deja contemplar detrás del Pomés sentado en la fotografía que ayer le tomó Corina Arranz en la galería: su hijo Leopoldo, su padre Leopoldo y Karin (sevillana hija de alemanes) en todo el esplendor de su juventud, que parece como si mirándonos a nosotros le mirara, desde la noche ardiente de los tiempos, con curiosidad retrospectiva, sin sombra de resentimiento. “En los cincuenta empecé a hacer fotos. En el 53 empecé a sentir gusto haciéndolas”. Y lo dice ante otra imagen que ha resistido bien el paso de tantas horas: una novia, casada, que posa junto a un maniquí. Es una curiosa lección de anatomía emocional. Otro enigma que apetece descifrar, pero sin cargar la suerte. “Estaba enamorado de ella, como estuve enamorado de un pintor llamado Modesto Urgell, pintor de crepúsculos”.

Es posible que, como suele ocurrir con los animales más curiosos, el tiempo le haya apaciguado. La admiración hacia un fotógrafo, hacia un artista, se puede mantener intacta de por vida hasta que se tiene la suerte –o la desgracia- de conocer al artífice. En este caso fue la suerte. De recorrer con Leopoldo Pomés los frutos de una obra que es su fe de vida, y con la tranquilidad que da haberla vivido. Elegancia es lo que destila tanto la figura de este hombre alto y afable, de una elegancia que no puede ser daliniana, como el viaje fotográfico que supone esta estilizada antología. Porque no hay la menor estridencia en él, sino la fineza de quien sabe ver y desvestir. Pura mirada que toca. Con la delicadeza que el blanco y negro concede a quienes se toman la molestia de mostrarse cuando abren la ventana hacia adentro y lo que exhiben no es en ningún caso obsceno, sino el alma. Es decir, la carne. Materialismo. El placer de existir aquí. Sin mayores trascendencias. Un talento que es bastante raro en Madrid.

 

Pie de foto: Leopoldo Pomés, en la galería Fernández-Braso, por Corina Arranz

 

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