Se acabó el verano del cohete

Publicado por el Jun 6, 2012

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Había dejado escrito este post antes de saber de la muerte de Ray Bradbury. Cochina actualidad…

Leo en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia que Ada Castells hace una reseña del Crónicas marcianas de Ray Bradbury aprovechando el tránsito de Venus de la pasada madrugada (por cierto, un no menos importante tránsito del segundo planeta, presenciado por Cook desde Tahití en 1769  se cuenta en La edad de los prodigios, el libro del que hablé en mi último post). Y me sorprendo a mí mismo por volver a pensar en este libro porque, como ocurre con tanta ciencia ficción que me deleitó en mi infancia, uno estaba convencido de que ya nadie prestaba mucha atención a este tipo de historias. Pero a lo mejor sí, y lo que pasa es que soy yo el que he pecado de desesperanzado.

De todos aquellos libros leídos en la gloriosa colección Super Ficción de Martínez Roca (sí, ya sé que a Bradbury lo editaba Minotauro), uno tiene la sensación de que sólo permanece vigente el alucinado Philip K. Dick, quizá porque el abuso de psicotrópicos varios le permitió, como a los científicos que ahondaron en la comprensión de la estructura del ADN (Radicales libres dixit), expandir su conciencia y entrever lo que estaba por venir. No hablo de profecías verdaderas, de potestad para ver el futuro, claro, sino de la captación de las tendencias que en aquella misma California donde criaban espinillas los futuros nerds que traerían el mundo liderado por Apple estaban en el aire. Entre una meditación, un honguillo por aquí y una ampolla de LSD por acullá, y mientras otros se limitaban a ver submarinos amarillos, Dick comprendió que la realidad sería, cada vez más, una mera convención. Quién la estableciera sería el único detalle que haría de ello una libertad como nunca habíamos soñado, o la sumisión más absoluta. Creo que todos sabemos por dónde pensaba él que irían los tiros…

Claro, ante estas construcciones pre-informáticas, pero que comprendían mejor que nadie lo que nos traerían las tecnologías que estaban naciendo, visiones más puramente literarias como las de la invasión terrestre de Marte, donde nos limitábamos a llevar nuestras miserias y mediocridades, espantando hasta a los pocos fantasmas de los habitantes originales que quedaban, podrían quedarse anticuadas. Y sin embargo, Crónicas marcianas sigue teniendo una potencia enorme, sobre todo por escoger la vía de la poesía para narrar esta elegía de un mundo que se muere. Y así, ¿qué nos importa que los cohetes ya no se posen sobre sus patas, como el que llevaba Tintín a la Luna, o que el ir al espacio ya sea sólo cosa de empresas privadas que acarrean suministros (pasta de dientes y cosas así, entre otras más tecnológicas)? Bradbury logra captar algo esencial, algo que siempre tendrá un significado. Algo que nos define.

@rosenrod

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