La aventura total de transformar el mundo

Publicado por el jun 1, 2012

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Hay libros que retratan todo un mundo. Cuesta encontrarlos, pero ahora mismo tengo en mis manos uno de ellos. Porque es relativamente fácil encontrar biografías apasionantes de gente fascinante, pero lo que cuesta más es darse de bruces con el relato de una época, y La edad de los prodigios, de Richard Holmes (traducción de Miguel Martínez-Lage y Cristina Núñez Pereira) es una de esas excepciones, absorbente y subyugante.

Hay momentos en la historia en los que se dan las circunstancias para que, de repente, el pensamiento científico y la tecnología den un salto decisivo. Esas circunstancias suelen depender de la conjunción de una serie de personajes con una mirada abierta que supere las limitaciones de su tiempo, de una sociedad próspera y subida al profundo convencimiento de estar llamada a convertirse en líder, y donde sobre todo impera una fe ilimitada en el progreso. Uno de los períodos más citados fueron los Estados Unidos del tercio final del siglo XIX, pero hubo otro no menos significativo, la Gran Bretaña del último cuarto del XVIII y arranque del XIX, testigo de una profunda sacudida que no sólo trajo como consecuencia el Romanticismo sino, también, el primer paso hacia la titánica tarea de comprender el verdadero mecanismo del mundo.

Dicho así, puede sonar demasiado teórico y difícil. Pero no me gustaría que quedara esa sensación al hablar de este libro, porque es otra cosa. De hecho, me atrevería a decir que ni siquiera requiere unos conocimientos previos especiales, porque Holmes ha logrado el prodigio (nunca mejor dicho) de revivir unas historias que te atrapan desde la primera página, y sobre las que sobrevuela la figura de Joseph Banks, el rico naturalista que acompañó a Cook en el viaje en el que descubrió Tahití, y que pondría su fortuna, su puesto preeminente en la Royal Society, y su influencia sobre el rey Jorge III, futuro loco, para promover algunas de las más apasionantes aventuras científicas de su tiempo.

Porque si hay una palabra que define a la fascinante historia del astrónomo William Herschel y su hermana Caroline (merecedora, como el mismo Holmes dice, de la pluma de una Austen para ser puesta en negro sobre blanco), las hazañas de los primeros aeronautas o las expediciones de Mungo Park en África es ésa: aventura. Porque eso es lo que siente quien se asoma a las páginas en las que se describe cómo la diminuta Caroline Herschel cazaba cometas a la sombra de un hermano que rompía la bidimensionalidad del cosmos para buscar habitantes en la Luna y entrever la enorme complejidad del Universo, el asomarse a unas vidas extraordinarias que cambiaron para siempre nuestra percepción del mundo, con unas consecuencias tan trascendentales como lo que en esos años estaba ocurriendo en Francia.

Dice la contraportada que éste es un libro de ciencia capaz de fascinar a la gente de letras, y viceversa. Y esta vez sí, esta vez es verdad: algo muy gordo tiene que aparecer de aquí a diciembre para que nos haga cambiar la idea de que éste es, probablemente, el libro del año.

Leer el arranque de La edad de los prodigios

@rosenrod

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