Microteatro por Dinero, y el verdadero mercado de la carne

Publicado por el may 30, 2012

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Llego cuando la tarde se descompone en partículas infinitesimales de polvo y deseo, cuando las entretelas sórdidas de la Gran Vía se preparan para el apagón diario, con prostitutas que parecen árboles que han ido perdiendo ramas a golpe de nevadas, desafueros, camas agrias, voces masticadas con cristales. Ellas se apostan al pie de las murallas de Jericó del Grupo Prisa, del rascacielos de la Telefónica, de otros emporios en los que la fachada es casi tan importante –si no más- que el alma, a la que se llega siempre por pasillos que dan vueltas sobre sí mismos hasta el centro de un caracol vacío. Son prostitutas que en el rostro llevan transcrito el mapa de todas sus devastaciones, carne triste que mendiga su lugar al sol de la tarde que todavía baja rebotando como una bola de billar condenada al agujero, bola negra, billar de sombras, las tardes de España en las que el papel de plata es como el de las acciones, que pronto empezarán a empapelar retretes suburbiales. En cada una de ellas hay una historia que los clientes no preguntan porque son ellos los que van a desembuchar. Miran a los transeúntes y tasan sus opciones. El mercado de la carne es aquí mucho más sórdido que en el parqué de la bolsa y aledaños: mucho más directo, acaso más obsceno, pero mucho menos esquivo, mucho menos sofisticado. Aquí la mentira es oficial: se mienten para vaciarse. Al otro lado, donde las moquetas y los terciopelos, la caoba y las mujeres invisibles de la limpieza cuando se apagan los despachos se finge con mucha más elegancia, se mata con dagas nacaradas, con plata repujada, y cada muesca es un dígito en la cuenta corriente de la vanidad. Otro espejismo.

La revista El Duende, que sobrevive con espíritu cordial en estos tiempos descarnados como las prostitutas de las calles Ballesta y Desengaño para un Francisco de Goya y Lucientes contemporáneo que no pasa nunca, y si pasa lo hace desganado, ciego, con la mano temblona, el lagrimal en carne viva, ha convocado a sus secuaces y sus fieles en Microteatro por Dinero, ese gran idea teatral que se ha abierto un nicho con derecho a cocina, baño y antros para representar escenas rápidas de la condición humana casi pared con pared con el desengaño, el sexo crudo, las transacciones más rudas del Madrid que se mira en un espejo cóncavo y convexo y no se reconoce, y se reconcome. Si los argentinos se hicieron especialistas en sombras a fuerza de autoconciencia, populismo, malos políticos y delirios de grandeza, ¿qué será de los españoles que vamos dando tumbos, de emigrantes a nuevos ricos, de paradójicos a cansinos, y de vuelta a nuevos pobres, o no tan ricos, y emigrantes de nueva planta que van a buscarse la vida como ingenieros donde sus abuelos se las vieron y se las desearon en minas, siderurgias, campos y fogones? Ahí hay tema para tantas obras que no se hacen y que se podrían hacer, o se hacen y no se ven. Micropiezas para desentumecer los músculos de la crítica y la función social del teatro, una lejía moral.

Microteatro: 5 funciones de menos de 15 minutos para menos de 15 personas. Las entradas se compran en taquilla desde una hora antes del comienzo de las funciones. Sólo se hacen reservas para grupos de más de 6 personas para ver 3 o más funciones (excepto sábados) y para la sala grande de lunes y martes. Ahora ha cogido la sala El Duende, y hasta el 3 de junio (de 20:30 a 22:55 horas; domingos de 20:00 a 22:55) estará buscando clientes para este alivio rápido. Pasen y vean: una escalera negra, cinco puertas, gritos y susurros, risas y canciones. Sala 1: Sin ti no soy nada, de Arturo Menoyo. Sala 2: Angustias culturales, de José J. Serrano, Samuel Señas y Marta Sánchez. Sala 3: Setas, hongos o familia, de Juan Lafont. Sala 4: La voz inhumana, de Benja de la Rosa, y Sala 5: Asalto en Navidad, de La Kimera Teatro. El día de autos un tipo disfrazado de buzo sirve de salvoconducto para el ron Kraken que ofrece a los degustadores de teatro un vaso generoso como el olvido. Ocupo mi lugar entre los elegidos. Sin saberlo, me siento junto a la directora, Patricia Ferreira, que acaba de estrenar en otra cartelera, la cinematográfica, Los niños salvajes. En el cuartito no caben muchos alfileres. Hasta la puerta no se puede abrir, bloqueada por el banquito de un espectador. ¿Por dónde carajo entrarán los actores? En el centro, una mesa camilla con tochos de librería de viejo, antología de Premios Nobel y alpiste parecido. Sobre la pared, un mapa de España con las regiones coloreadas y un foco dándole énfasis. Dos espectadores se preguntan de qué va la cosa. Pronto se descubre que ellos no eran de los nuestros, aliens haciéndose pasar por vulgares espectadores. Se nota que no ha habido ensayos suficientes. A Samuel Señas (co-autor), pero sobre todo a Ana del Arco, se les escapa risa que podría ser del personaje, pero es del actor. La trama es la propia odisea nuestra de haber bajado a este antro una tarde calurosa del mes de mayo a ver cómo de vivo está el teatro que se hace en pleno barrio de putas de Madrid. Lo está. Con una obra no hay para juzgar, salvo el espíritu. El mercado de la carne es una mina de historias. Anímense. Tal vez sea el teatro y su lejía los que nos van a salvar de tanta muerte, de tanto capitalismo sin alma.

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