Deadwood en el Retiro

Publicado por el May 29, 2012

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Cuando pienso en la Feria del Libro, sobre todo en las semanas anteriores en que ves cómo van creciendo las casetas, no puedo evitar pensar en un poblado del Oeste, algo así como un Deadwood que surgiera de la nada. No sé si es por lo prefabricado de las casetas (eso sí, una monada comparadas con las que hace no tantos años se estilaban en este evento) o por el hecho de que se trata de una especie de pequeña ciudad que durante diecisiete días se organiza en torno a una población flotante que acude en pos de un objetivo concreto.

Vamos, como en la época de la fiebre del oro, en la que numerosos exploradores fueron atraídos por la promesa de un filón que les diese el enriquecimiento súbito, una suerte que desgraciadamente quedó reservada para pocos. Además, y como nos cuenta la serie, en cuanto se vio que algo podía ser rentable, rápidamente se formaron las grandes corporaciones que fueron absorbiendo a los pequeños concesionarios que difícilmente podían afrontar la inversión necesaria para sacar beneficio. Y durante un tiempo ambos modelos convivieron; más o menos como sucede entre las filas de casetas, sólo que la Feria, al menos, tiende a limar un tanto las diferencias entre grandes grupos y editores pequeños… Salvo cuando traen a los pesos pesados firmantes, claro.

A lo largo de tantos días surgen mil y un imprevistos de tipo logístico, de relaciones con los medios, entre los participantes, los autores… Por ejemplo, no es lo mismo que te toque una caseta donde castigue el sol que otra en la que tengas sombra asegurada en los momentos álgidos de asistencia, o que algún autor importante considere que no se le trata como merece (algo, todo hay que decirlo, extensible a los no tan importantes, o incluso a los irrelevantes, la inmensa mayoría de los nombres que se desgranan por megafonía). Y solucionar estos pequeños (o no tan pequeños) problemas de logística requiere a veces una finura diplomática rayana en lo vaticano.

Afortunadamente, la Feria está en buenas manos, porque para eso están ahí el sheriff Teodoro Sacristán, su director, y todo su equipo. Y entiéndaseme bien: como saben los amantes de las historias del Oeste, el sheriff es mucho más que el encargado de mantener la ley y el orden. En realidad, ejerce más bien como una especie de alcalde que acaba ocupándose de atender las necesidades diarias de la comunidad. Y en este caso, ni siquiera hacen falta placas o pistolas, porque ante la humanidad y el sentido común de Teo, nunca se llega ni a las peleas en el saloon/quiosco/terraza, ni a los duelos bajo un sol que castiga de lo lindo a las dos de la tarde en el Retiro.

Afortunadamente, ahí se termina el parecido (no, no hay ni burdel ni iglesia ni almacén de suministros, otros de los lugares imprescindibles en todo pueblo fronterizo que se precie). Esto no es más que un divertimento, y en realidad la Feria no se parece en nada a un asentamiento del Oeste. Pero de toda este juego, si me lo permiten, me quedo con una imagen: la de que entre el barro y el adocenamiento de tanto material olvidable, se puede encontrar aquí y allá alguna pepita brillante e, incluso, algún que otro filón. Y que ayudar a buscarlo sigue siendo el objetivo último de una cita que siempre está en crisis pero nunca falla; eso sí, el cedazo tenemos que llevarlo nosotros.

@rosenrod

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