Viaje al corazón de la Feria (o de las Tinieblas… para algunos…)

Publicado por el May 27, 2012

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Esta debería ser una crónica de mi mayoría de edad en la Feria del Libro de Madrid, ya que cumplo la lozana edad de dieciocho años como ‘firmante’, o ‘casetero’ (de la palabra ‘Caseta’), o ‘escritor ambulante’ (de caseta en caseta). Mi vida como ‘firmante’ se inició allá por al año 1994, cuando la editorial Anaya decidió incluirme en su lista de escritores. Aquel año presentaba un libro de entrevistas con introducción de mi gran amigo Iñaki Gabilondo.

Allí me veía yo, soñando con largas colas de lectores empujándose y golpeándose entre ellos, tipo fan de David Bisbal, con el único fin de conseguir una firma mía. Muy al contrario lo único que conseguí en esas largas dos horas fue hacer realidad aquella viñeta del gran Forges dando inició a la Feria del Libro de aquel año. En la viñeta aparecía un autor en el interior de una gran caseta rodeado de enormes volúmenes supuestamente escritos por él y a la espera de firmar a una abuela típicamente forgesiana con su pañuelo negro cubriendo canas. La abuela pide al autor: “Por favor, deseo que me dedique el ejemplar: Con todo mi cariño y admiración por los años vividos junto a la ilustrísima señora viuda de don Pancracio Buenafuente Díez Arévalos del Marquesado de Maldejón de Arriba”. El escritor, atónito ante tal petición, responde: “Mamá, eso es muy largo”. Sin duda con aquella viñeta, Forges revelaba con su afilada pluma lo que a muchos autores nos ha tocado vivir en más de una Feria del Libro y quien diga lo contrario, sencillamente miente como un bellaco.

Gracias a Dios, con el paso de los años, mi madre desapareció del mapa ferial y los lectores comenzaron a aparecer ante mi, algo que al principio me sorprendía para luego convertirse en una agradable sensación. Aquello sucedía en la Feria del Libro 2002 con mi biografía sobre el terrorista más buscado del mundo, Osama bin Laden.

En los últimos años con la aparición de mis dos últimas novelas en Espasa Calpe, aparecían en la caseta, lectores que te conocían por tu obra; o amantes de los programas de misterio, en donde suelo colaborar, y que sólo deseaban hacerse una fotografía junto a ti; o aquellos ‘lectores-cazadores’ como yo les llamo, que no se dejan guiar ni por críticas, ni por listas de bestsellers, ni por suplementos culturales y que prefieren ser ellos mismos los que elijan su presa (el título del libro que van a leer). Estos últimos son un rara avis, un lector conceptuado como singular excepción de una regla establecida.

Estos son fáciles de detectar. Se detienen ante ti, cogen tu libro, leen la contraportada, lo abren por la primera solapa, comprueban que aquel tipo de la foto es el mismo que está allí sentado frente a él y se queda callado. Si tu haces lo mismo, el ‘lector-cazador’ dejará el ejemplar y seguirá su camino. Si consigues venderle la historia en menos de dos minutos, pasará por caja y pedirá que se lo dediques. Me apasionan estos últimos. Entre ellos y tu, no hay jefes de prensa, ni directores de marketing, ni grandes grupos editoriales protegiéndote. Solo estas tu y él, como el sheriff Matt Morgan (Kirk Douglas) ante el ganadero Craig Belden (Anthony Quinn) en aquel gran clásico, El último tren de Gun Hill.

Han pasado ya dieciocho años pero me ha permitido descubrir algo, los grandes de la literatura sufren por igual ante los oasis temporales sin firmar un sólo ejemplar. “Esta es la mayor cura de humildad para todo escritor y deberían pasar por esta experiencia todos y cada uno de los escritores que se definen como tal” me dijo un día mi gran amiga y autora bestseller Susana Fortes, sentada junto a mi y a la espera de algún lector.

Por mi lado, como compañeros ‘caseteros’ han pasado grandes de las letras como Antonio Gala, al que la librería ponía un gran sofá para hacer sus esperas más confortables; o la simpática Ángeles Caso, con un Premio Planeta y un Fernando Lara en sus alforjas y más preocupada por fumar en la trastienda que de esperar lectores y que se ponía de los nervios cuando alguien se acercaba a saludarla recordándole sus años como presentadora de informativos de TVE; o el magnífico Alvaro Pombo, maestro de maestros, que se cabreaba porque frente a él esperaba una larga cola a Boris Izaguirre; o el inteligente Joaquín Leguina, impasible al desaliento y siempre con una sonrisa ‘política’ en su rostro; o el agradable Javier Tomeo, el autor de esa maravilla titulada El Unicornio al que le explicaba a sus 78 años que los libros ya no se vendían en Feria como hacía él, mediante el silencio hacia el ‘lector-cazador’.

Hoy, a punto de salir para las Ferias del Libro de Lisboa, Oporto, Roma y Milán, me he convertido en un defensor de estas. Hoy con casi cincuenta años y 23 títulos a mis espaldas, me siento como ese viejo boxeador que sigue poniéndose igual de nervioso como el primer día antes de subir al ring, o mejor dicho antes de entrar en la caseta. Allí somos sólo Morgan y Belden y mi madre, en su casa…

Feliz ‘Feria del Libro’ a todos mis queridos amigos de las letras… y principalmente a todos esos lectores que hacen posible que miles de personas ilusionadas por contar historias podamos seguir haciéndolo…

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