Pregón de feria

Publicado por el May 27, 2012

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Queridos amigos: A petición de mi estimado público, que tanto me quiere, os envío el pregón de la Feria del Libro de Sevilla que pronuncié, días pasados, en el majestuoso marco del Salón Colón del Ayuntamiento de Sevilla. Va por ustedes.

 

PREGÓN FERIA DEL LIBRO 2012

 

Hace 32 años llegué a Sevilla. Nada más deshacer el equipaje salí a encontrarme con la ciudad. Contemplaba la fachada de la Casa de Pilatos cuando se me acercó un hombre pobremente vestido que al principio tomé por un mendigo. “Esa es la casa de Pilatos” –me indicó-, se lo digo porque soy del barrio y todo lo que concierne a mi barrio me atañe a mí”. Esas palabras me sorprendieron tanto que no las he olvidado. Las dijo y, con un gesto casi condescendiente, de supremo señorío, prosiguió su camino.

Había dicho atañe y concierne, dos palabras precisas que no pertenecen ya, desgraciadamente, a nuestro vocabulario usual, cada vez más empobrecido.

Esa fue mi primera sorpresa. Andando el tiempo me llevé muchas más: por todas partes encontraba sevillanos que escriben y que me recordaban aquellas fantasías de von Schack, traducidas por Valera, en su libro Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia en el que el docto alemán asevera que incluso los ganapanes moros iban detrás del arado componiendo versos.

A las personas me remito: mi barbero, mi buen amigo Manuel Melado escribía (y escribe) versos y letras sevillanas. Y prosas enjundiosas.

El chacinero al que compraba en el mercado de la Encarnación, el hombre más versado en jamones que he conocido, practicaba una literatura reivindicativa, ciudadana y hoy, apuntado a las nuevas tecnologías, mantiene un  blog.

Mi frutero de la calle Santa Ana me daba una conferencia enjundiosa sobre el origen y la progenie de cada lechuga, de cada manzana, de cada col, que adquiría en su establecimiento.

El mecánico que me mantenía el coche había enmarcado, para solaz de la clientela, la inspirada carta de un amigo cazador, escrita desde la mili, en Galicia, en la que expresaba, con sentidísimas razones, su añoranza de Sevilla y de los puestos de acecho en las monterías, sin olvidar una descripción morosa y sentimental de la mirada desamparada que el ciervo moribundo dirige al causante de su desgracia.

Tal como digo, en mis paseos por Sevilla, la literatura me asaltaba a cada paso. No hay ciudad en el mundo con más azulejos y mármoles inscritos: aquí nació, aquí murió, aquí vivió, textos cervantinos, textos becquerianos, inspiradas poesías de Miguel del Cid que uno memoriza con deleite concepcionista: Todo el mundo en general/ a voces reina escogida/ diga que sois concebida/sin pecado original.

Uno de mis personajes novelísticos, el japonés Masaru, pasa junto al Puente de Triana, y ve una aglomeración de gente y varios camiones de  bomberos. ¿Qué pasa? Pregunta. Y uno de los mirantes le responde, como la cosa más natural del mundo: “Na, que los versos que arrastra el río han  taponado el puente y los bomberos lo están desatascando”.

Sevilla, la ciudad que albergó la primera imprenta española, en la que ya se imprimían libros en 1473,  es, sin embargo, una ciudad literaria sin necesidad de papeles. En Sevilla la literatura está viva en la boca de la gente. ¿Cuántas veces he dejado pasar el turno en el estanco o en el puesto del mercado por seguir deleitándome con una conversación chispeante, con la viveza de los diálogos y las réplicas sobre esos temas que a fuerza de localistas Sevilla hace universales: lo bien que aquí se vive, el calor que va a hacer hoy, la tormentosa, aunque también fraterna, relación entre el Betis o el Sevilla?

Sevilla es dual, contiene el ying y el yang, los conceptos de la oposición complementaria. No se concibe mayor equilibrio que el de esta ciudad llana, apaisada, sin más monte que el cerro del Águila, sin más cuestas que la levísima y casi imperceptible cuesta del Rosario. Una ciudad horizontal extasiada por la verticalidad de la Giralda, una ciudad sin paisaje que, por lo tanto, solo puede contemplarse a sí misma, sin interferencias, que en sí misma se halla y consigo convive. Una ciudad ensimismada que puede permitirse el lujo de vivir de espaldas al mundo porque contiene la dinamización de los opuestos: las dos orillas tan distintas de Sevilla y Triana; las dos vírgenes de la Esperanza que compiten en belleza, los dos Cristos que compiten en lástimas, los dos equipos de fútbol que compiten en la liga. No cuento, porque ya son historia, las dos plazas de toros en las que competían dos toreros.

Dos ciudades en una, la una reflejo especular e invertido de la otra.

Esa es la Sevilla capaz de aunar opuestos, la Sevilla en la que los extremos se tocan: el Pali cojitranco enredado en los faralaes de la duquesa de Alba.

El modesto funcionario que pide un crédito al banco para alquilar un caballo en la feria, para darse el gusto de contemplar la ciudad ilusoria de lona, luces y colores desde el altozano del señorío, una caña de plata pendiente del cuello sin corbata, abrochado hasta arriba, como mandan los cánones de la canónica Sevilla.

¡Qué de mundos encerrados en esta Sevilla! Sevilla adormecida en su propia belleza, Sevilla que continuamente se representa a sí misma como en una ópera multitudinaria en la que los sevillanos son, a la vez, actores y espectadores. Qué otra cosa es la Semana Santa, compendio de sentires, olores, tactos de terciopelo, músicas deleitosas al oído más exigente. Qué otra cosa es la Feria de Abril, campamento convival de la belleza humana y equina, ramillete de colores, sabios faralaes que realzan y celan a un tiempo el cuerpo de la sevillana, efímeros farolillos, asentada majeza.

Una ciudad así, literaria sin proponérselo, es un tesoro para los que escribimos. Por eso Sevilla inspira óperas y novelas, por eso en Sevilla existen más escritores por metro cuadrado que en ningún otro rincón del mundo. ¿Qué sevillano no ha escrito versos a la madre, a la novia o a la Virgen de su devoción que es, a la vez, madre y novia?

Decía un prestigioso hombre de teatro, Alfonso Guerra, que, en su tiempo, cuando un sevillano se echaba mano al bolsillo, previsiblemente lo hacía para sacar el papelito donde llevaba anotados sus últimos versos. Entonces, el interlocutor se ponía a la defensiva y le advertía: “Si me lees, te leo”.

Sevilla vive la literatura y se deleita en ella. Pones la radio y encuentras, incluso fuera de temporada, inspirados pregones cofradieros, o el solemnísimo pregón oficial de la Semana Santa, un nuevo género literario específicamente sevillano que ya empieza a exportarse al resto de Andalucía, debido al poder aculturador de Canal Sur, esa benéfica institución que tanto hace por divulgar nuestras esencias.

¡El Pregón de Semana Santa! Permítanme que me detenga en él ¡Qué deleite para la estética y el sentimiento, leer o escuchar, esas preciosas piezas de cincelada orfebrería verbal, esas filigranas barrocas, ese desbordamiento de honduras y sentimientos, ese tsunami de oximorones y sinécdoques, ese manantial incontenible que mana adjetivos trabajosamente averiguados en los diccionarios de sinónimos, esa olimpiada de noble ambición que cada pregonero cifra en superar al precedente, en noble competencia por aflorar nuevos matices de belleza en un género tan mechado de metáforas que cualquiera hubiera jurado que no admitía una más!

Sevilla produce literatura con esa displicencia de gran señora tan suya, que parece no dar importancia a lo importante para fijarse en los detalles de lo que a primera vista parecería fútil: el geranio en la lata, los matices del sol en el muro encalado, el chirriar de los goznes de una puerta conventual…

Sevilla regala literatura en los dos posibles niveles, el popular y el culto. ¿Acaso no fueron excelsos poetas los componentes del inmortal trío Quintero León y Quiroga? Ya sé que uno de ellos era gaditano (jerezano), pero como dijo otro poeta grande, Fernando Villalón: el mundo se divide en dos partes. Sevilla y Cádiz.

En el otro nivel, el de la literatura culta ¿qué decir? Sevilla, gran señora, finge desdeñarla, pero la cultiva calladamente. ¿Qué ciudad puede como ella ofrecer en su nómina nombres como Blanco-White, Becquer, los dos Machados, Chaves Nogales,  Aleixandre o Cernuda?

Quizá debiera añadir a esta nómina a don Manuel Fernández y González, el primer best seller español, que aquí cerca tiene una calle.

Masaru, el japonés de mi historia, le preguntaba al taxista, pasando por la Alameda. ¿Ese señor del monumento: es Aleixandre, es Cernuda, es Machado….? Y el taxista, mirándolo por el retrovisor, le aclaraba: “No, señor, es Manolo Caracol.”

¿Es desprecio que Sevilla levante esculturas a folklóricas, a marquesas, a toreros y no a sus literatos? En absoluto. Lo que sucede es que Sevilla tiene tan interiorizada su literatura que los que la practican ni siquiera necesitan monumento. Son pura Sevilla.

Góngora, cordobés y fino, llamó a Sevilla “Gran Babilonia de España, mapa de todas las naciones”. La norma sevillana, el habla peculiar de esta ciudad, fue exportada a América por cuantos, para pasar a las Indias, tenían forzosamente que cumplir un noviciado sevillano. Esa norma sevillana ha producido la rama más señera del idioma español, también la más viva y rozagante, la que al otro lado del Atlántico produjo y produce el boom de la literatura hispanoamericana y a este lado ha producido la no menos notable escuela de los narraluces.

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Toda esta larga introducción era para situar convenientemente la feria del libro que hoy tengo el honor de pregonar. Hay muchas ferias del libro en España, pero me atrevo a afirmar que ninguna en un marco tan ilustre e histórico como el que Sevilla ofrece a la suya.

Durante unos días va a triunfar en Sevilla la literatura y el conocimiento. Como cada año nos asombraremos de la cantidad de libros de tema sevillano que aparecen en los estantes, muestra de la vitalidad de una ciudad ilustrada que, apoyada en su pasado, se proyecta al futuro. Me dicen los libreros que cada año aumentan los coleccionistas de libros en cuya portada aparezca la palabra Sevilla especialmente los cofrades: ahí queda el discernimiento cultural y el amor a la ciudad que le profesan sus hijos.

Hace muchos años, acompañé por esta misma feria a un editor sevillano y buen amigo, José Manuel Lara, el hombre que consiguió el milagro (mucho más difícil en la iletrada España) de fundar una empresa boyante sobre la base del libro, el hombre que llenó de libros los hogares españoles y, como no teníamos dónde ponerlos, también suministró las estanterías. Me dijo dos cosas que no he olvidado. Una: “Hay que conseguir que la gente compre libros, aunque no los lea. A lo mejor el que los compra no los lee, pero los hijos que vienen detrás y se crían con libros en la casa, los leerán”.

Y la segunda cosa: “Los padres inteligentes les compran libros a los hijos. Niños con libros serán algo en la vida.”

Ya termino. Saldremos ahora a la feria del libro de Sevilla en nuestro anual y cotidiano encuentro con los libros y con los escritores, los que vienen de fuera y los que ya están en Sevilla. En esos mostradores nos aguardan nombres familiares de grandes escritores que viven en Sevilla: Eva Díaz Pérez y Fernando Iwasaky, Francisco Roldán y Julio de la Rosa, Salvador Compán y Antonio Rivero Taravillo, Vaz de Soto y José Antonio Ramírez Lozano por citar solo los más próximos, vivos y actuales, todos buenos amigos del que habla.

Si olvido mencionar a alguno que se considere optante a esa agrupación, me excuso humildemente y le pido perdón  por no haber tenido en cuenta el precepto de Dámaso Alonso, de no citar jamás autores vivos porque cada nombre olvidado se transforma en una peligrosa sima.

Los autores no somos nada sin la lectura. La comunión y el milagro de la literatura solo se producen cuando un lector abre el libro y lee. La lectura nos ensancha la vida, ya que alargarla no podemos. Nos hace vivir existencias vicarias y entender otras realidades, nos amplia los horizontes, nos cuenta cosas de nosotros que ignorábamos, nos permite viajar en el tiempo y en el espacio, nos instruye sobre el amor y sus suertes, nos consuela del desamor y sus muertes y nos da alas para soñar. ¿Qué más le podemos pedir? El libro es un amigo sabio que consuela en la tribulación, que divierte y entretiene, que enseña, que nunca importuna y que está a nuestro lado para asistirnos cuando lo necesitamos. Vayamos a él gozosamente y que nunca nos abandone.

 

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