El lobo perdido en una librería

Publicado por el may 26, 2012

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Ahora que se acaba de inaugurar la Feria del Libro de Madrid, supongo que lo lógico sería dedicarle este artículo a esa locura comercial, a esa especie de mercado persa de autores, libreros, editores y lectores que es, a juicio de muchos, la quincena grande del libro en España (con permiso del Sant Jordi). He tenido la suerte de vivirla desde los dos lados del mostrador- como lector primero y como escritor después- y es algo que todo el mundo debería experimentar por lo menos una vez en la vida.

Pero como ya hay artículos que les van a explicar la experiencia de la Feria de manera fenomenal –en este mismo blog tienen unos cuantos, entre ellos el de Juan Gómez Jurado, que les recomiendo encarecidamente- hoy quiero contarles otra historia. Una historia en la que aparecen lobos y tréboles de cuatro hojas. Una historia de libros viejos y rotos. Una historia de libros con vida propia. O con más de una vida, mejor dicho.

Siempre me han atraído las librerías de viejo, de segunda mano o como les quieran llamar. Ya saben, esas librerías donde venden libros usados, antiguos y descatalogados. Suelen ser locales situados en calles no demasiado comerciales, muchas veces pequeños, normalmente muy desordenados (pero a veces organizados con la disciplina de un campamento militar), aunque todos tienen una característica común que les define: Están atestados hasta los bordes de libros usados, que ya han pasado por una o varias manos y que están buscando un nuevo dueño.

No soy capaz de recordar cuando fue la primera vez que entré en uno de esas librerías, pero  si puedo revivir la emoción que desde aquel día olvidado sigue siendo la misma. Es una mezcla entre la fiebre del cazador de tesoros y una melancolía aterradora por el destino de todos esos volúmenes que, abandonados por sus dueños, se pudren lentamente en esa especie de callejón sin salida.

Pero  además las librerías de segunda mano tienen un componente mágico, porque nunca sabes que es lo que vas a encontrar. No están organizadas por éxitos, ni por temáticas ni editoriales. Allí no influyen las campañas publicitarias. Nunca vas a encontrar un ordenado montón de novelas recién impresas dispuestas sobre un expositor de cartoné con la foto del autor mirándote con aire interesante. Nada de eso. En las librerías de segunda mano impera la ley de la selva.

Normalmente tienes que escarbar entre pilas de libros allí donde los apoyó el librero, tal y como fueron entrando. A veces están organizados siguiendo un orden misterioso, pero ese orden –si existe- está cifrado en la cabeza del dueño (que probablemente ya lo habrá olvidado, o habrá renunciado a él después de la enésima vez que compró un libro que no sabía donde colocar). Así que encontrar algo en esos lugares suele ser una auténtica aventura.

Todo esto viene al caso porque en una ocasión, hace muchos años, estaba obsesionado por encontrar bibliografía sobre los barcos corsarios alemanes de la II Guerra Mundial. Ya ven, un tema bastante concreto y poco popular. Lo cierto es que lo poco que hay de ese tema fue publicado sobre todo en los cincuenta o los sesenta, y pocas veces se reimprimió. Así que me tuve que lanzar a las librerías de viejo de Santiago de Compostela- donde vivía entonces- con la esperanza de que alguien hubiese decidido desprenderse de algún ejemplar que pudiese caer en mis manos.

Y tuve suerte. Encontré un título sobre el Kormoran (el único buque corsario de la historia capaz de hundir un crucero militar, por cierto), impreso en una edición del cincuenta y siete, algo manoseada y hecha polvo. Pero fue al abrirla cuando me lleve una sorpresa. En su primera página tenía un elaborado ex libris, con la forma de una cabeza de lobo que sostenía en su boca un trébol de cuatro hojas. Aquello espoleó mi curiosidad, pero no había más pistas. El librero no recordaba quien le había vendido el ejemplar, y en el tomo no había ni un nombre, ni una firma, ni nada que me permitiese averiguar quien podía haber sido su dueño.

El lobo y su misterio se fueron borrando de mi memoria hasta que hace una semana compré en una librería de viejo de Barcelona otro libro antiguo, esta vez sobre trasatlánticos de los años veinte ¿Y adivinan qué? En su guarda, marcado en tinta azul desvaida estaba de nuevo el lobo del trébol mirándome fijamente, como si me retase a adivinar el secreto de su dueño.

Llevo días dándole vueltas al asunto. En dos librerías de viejo, a miles de kilómetros de distancia, me encuentro dos libros que han salido de una misma biblioteca de origen desconocido. Quien fue su dueño original, cuando se desmanteló esa biblioteca, su tamaño y como acabaron tan esparcidos los libros, es un auténtico misterio. Solo sé que a su anterior dueño y a mi nos interesaban temas parecidos, que era un tipo bastante cuidadoso con sus ejemplares, que debían ser muchos (tener un ex libris me hace sospechar eso) y que sus herederos no vieron necesario guardar su biblioteca cuando él ya no estaba.

Son un montón de interrogantes. Y el único que tiene la respuesta es un lobo azulado con un trébol de cuatro hojas en la boca que me mira sonriente mientras escribo estas lineas. Malditas librerías de viejo.

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