Cuando fuimos generosos

Publicado por el may 26, 2012

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Abrí mi primer blog personal en el año 2005. Aunque era anónimo -o pseudónimo, pues en puridad no puede hacerse un blog anónimo: la URL pasa a ser tu nick, por defecto-, algunos lectores, los más fieles, acabaron tomando la suficiente confianza como para preguntarme, por mail, mi identidad. Al revelársela, y al buscar ellos mi nombre en Google, comprobaban que tenía alguna novela escrita y publicada, y volvían a lo que yo ofrecía diariamente en mi bitácora con otro talante, otra mirada y otras perspectivas. Motivados por este cambio en su modo de recibir mis textos, algunos lectores llegaron a afirmar en los comentarios del blog que lo que yo hacía -escribir gratis en Internet cuando de la propia escritura se pretende vivir- era, sin ninguna duda, generoso.

La generosidad que se le adjudicaba entonces al escritor que escribía gratis, y con constancia, procedía de que, lógicamente, los textos que ofrecía eran originales, hechos expresamente para este nuevo medio, y con una calidad o una textura que no desmerecía de su obra comercial. Uno era feliz viendo que no sólo tenía lectores en la red, sino que eran además tan perspicaces y bien pensados como para valorar, amén del contenido del blog, el gesto mismo de compartir unas ideas o unos lances personales.

Esto, si no estoy yo loco, ha cambiado dramáticamente en el último año y medio.

Mi querida Marta Sanz escribía hace nada en su sección de El Cultural la frase siguiente: Los blogs son espacios auto-promocionales. Punto.

En efecto, parece haber una corriente de intelectuales y escritores, de editores también, y por supuesto de lectores, que ya sólo ven en el gesto de ofrecer contenidos gratuitos -en lugar de acumularlos en un archivo y tratar de venderlos a un editor tradicional; o de no ofrecerlos- una simple y ramplona estrategia de márketing. Me desasosiega encontrar esta absoluta ausencia de matices, que viene a equiparar un blog donde un autor puede andar colgando día sí, día no las novedades relativas a su firma (la salida de un nuevo libro; las conferencias que dará; incluso artículos pagados que sólo ahora pone gratis en la red, cuando ya no interesan) con blogs de creación literaria donde otro autor expone por primera vez unas ideas, unas reflexiones, una ponderación de sus últimas lecturas o un pequeño texto de carácter narrativo.

Esto último, por lo que parece, se despacha despectivamente hoy en día como autopromoción.

Parece haberse olvidado, por tanto, que un escritor -uno, digamos (o como suele decirse), de raza- escribe porque le gusta escribir, y porque le gusta ser leído. El hecho de que en nuestro tiempo la tecnología haya permitido que un autor haga llegar al espacio público sus creaciones sin el filtro de un editor, o el beneplácito de una cabecera, no se ve como la ocasión de leer de inmediato partes en alguna medida marginales de la producción de nuestros autores favoritos, sino como un esfuerzo de esos autores por dar que hablar y estar en el candelero. Entiendo por tanto que los detractores del blog de autor consideran que esas anotaciones o excedentes creativos que ahora mismo quedan a la vista deberían, como antaño, aguardar un largo tiempo y sólo ser publicadas cuando el autor, ya famoso, muriera y una editorial, después de haber agotado todos sus manuscritos inéditos y de recuperar sus novelas menos conocidas, y de reunir sus artículos publicados en prensa, llegara extenuada al último cajón del escritorio del muerto emérito y localizara sus notas personales: algo como El crack-up, de Francis Scott Fitzgerald.

Si algunos autores reciben por su labor bloguera alguna compensación -aunque sea tan ridícula como la que supone ver aumentada su popularidad- deberíamos celebrarlo, porque no es tan fácil que un escritor a día de hoy sea escuchado en internet, ni que sus palabras -negro sobre banco; y como mucho, con alguna imagen aledaña- reciban la más mínima atención, frente a la preponderancia del diseño web, las aplicaciones espectaculares, el porno, los juegos on line y tanta buena literatura clásica disponible sin coste.

Curiosamente, cuando uno logra con su blog gratuito esa cierta popularidad, no es extraño que los editores de revistas digitales contacten con él y le propongan colaborar en su página. Una de las propuestas que me llegó a mí, vía mail, incluía dos frases que se me quedaron grabadas y falsamente yuxtapuestas. Decía el editor digital: No pago nada. Exijo calidad.

Le dije que, bueno, para escribir gratis ya tenía mi blog.

Su nuevo lema es: No cobro nada. Exijo respeto.

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