Danza en el Reina Sofía

Publicado por el may 22, 2012

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El pasado fin de semana, con motivo de la celebración del Día de los Museos, seis miembros de la Compañía Nacional de Danza han interpretado dos piezas en distintos espacios del Reina Sofía. Cada una de ellas se ha repetido tres veces, y en total han podido representarlas en el patio del edificio Nouvel, en el vestíbulo de entrada al Auditorio y en la entrada del edificio Sabatini. Los bailarines –que además han ejercido como coreógrafos- no han estado propiamente en contacto con las obras que conserva el museo, a excepción de la escultura de Roy Lichtenstein que se encuentra en el patio, por lo que no puede hablarse de un intento de establecer un diálogo entre manifestaciones artísticas de distinta naturaleza como podrían ser el cuerpo humano en movimiento con la obra plástica concreta en la que el tiempo se ha detenido. Dado que la elección del espacio es significativa, más bien se trata de un punto de encuentro entre el bailarín como individuo, el receptor como participante activo y la institución que tiende a preservar como clásico lo que en su origen está marcado por la respuesta al clasicismo.

             Bailarines admirables como Allan Falieri y Yoko Taira, intérpretes dela Pieza 1, o Kayoko Everhart, Fernando Carrión, Gentian Doda y Dorn Perk, de la Pieza 2, tienen la capacidad de convertirse en obras de arte vivientes. En sus trabajos, marcados por acciones de atracción y rechazo, anhelo y miedo, colaboración e individualismo, extraen movimientos y situaciones de la cotidianidad, con lo que el espectador puede experimentar la ilusión de reconocerse en ellos. Máxime cuando la distancia entre intérprete y público se ha anulado y es necesario desplazarse para ver la evolución del movimiento o incluso para no interponerse en el deambular del bailarín. Pero esa cotidianidad es solo un punto de partida dado que su concepción de la temporalidad está al margen de la realidad y solo tiene sentido formando parte de la pieza. Hacen algo imposible para los que no somos artistas y lo ofrecen a nuestra admiración, pero lo construyen a partir de un sentimiento de deseo incardinado en cualquier alma y nos permiten proyectarnos en ellos, vernos como si fuésemos ellos.

             En el cuerpo del bailarín resuenan las artes del tiempo y del espacio: crea acciones, construye caracteres, genera formas. Cuando esto lo hace en el museo de arte contemporáneo nos obliga a aceptar la condición efímera del cuerpo, pero también su grandeza. El Reina Sofía alberga maravillosas obras de arte. La voluntad del artista se ha expresado en ellas y ha alcanzado una forma definitiva. Son perfectas y por ello mismo están muertas; ya no cabe en ellas el crecimiento, la modificación o la degeneración. Lo que les pueda suceder se vincula en realidad con la mente del espectador, que será quien cambie su relación con las mismas. La voluntad del bailarín, en cambio, no es nada si no le acompaña su cuerpo. Su obra comienza, se forma y termina con él. Exige inmediatez y proximidad. Como espectadores, no está disponible a nuestro antojo y por eso no puede ser aprisionada en ningún museo. El bailarín es el sacerdote de su propio templo, el escultor de su cuerpo en el tiempo, el pintor de una forma en constante desarrollo. Han hecho bien en no bailar ante las obras expuestas porque estas habrían corrido el riesgo de desaparecer. Entre un cuadro en una pared y unos bailarines que se mueven, la mirada siempre preferirá a estos últimos: el primero está siempre ahí; los segundos podrían desvanecerse al menor pestañeo.

www.pedrovillora.com

 

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