Atreverse a mentar la compasión en plena Rusia de Stalin

Publicado por el may 17, 2012

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Repaso las páginas cuadriculadas de mi cuaderno rojo, el que me acompaña cada vez que voy al teatro. Estaba oscuro y tuve que escribir como un ciego: a lápiz, en mayúsculas, en medio de la página, para poder leerlo después, al término de la función, o ahora, sentado en mi pupitre del periódico, mientras mis compañeros se afanan con las noticias que dan cuenta del fin del mundo (más bien del fin de un mundo: el de los bancos conocidos, el de los especuladores, el de los políticos con las manos atadas a la espalda por su propia cobardía y por su propia impericia…). Leo:

TODA AUTORIDAD ES UNA FORMA DE VIOLENCIA CONTRA EL PUEBLO

y

A ESTO NOS HAN LLEVADO LAS MENTIRAS

y

COBARDÍA ES UNO DE LOS PEORES PECADOS

y

COMPASIÓN

y, todavía,

QUÉ PARECERÍA LA TIERRA SIN SOMBRAS

¿Quién habla? ¿Quién lo dice? ¿En medio de qué ardiente oscuridad? La gente del Teatro de la Complicidad (Théâtre de la Complicité) ya hizo las maletas, cerró la puerta de las habitaciones en las que pernoctaron cuando estuvieron en Madrid y ya van camino de otros teatros donde iluminarán con sus asombrosas antorchas la noche del mundo. Cuando leí El maestro y Margarita (en aquella hermosa edición de Alianza Tres) me hice un adicto a Mijaíl Bulgákov, hasta el punto de que cuando mi pasión por la Unión Soviética (es una forma de hablar) se hizo más intensa (es decir, por la cultura y el arte rusos), y aprendí a leer y a escribir (caligrafía con tinta china), me hice con un volumen en ruso de las obras completas de este escritor que padeció, como el protagonista de su maravillosa novela, la persecución de la policía de Stalin por atreverse a tocar temas “tan raros”, tan inoportunos, tan inapropiados, tan políticamente incorrectos, tan contrarrevolucionarios, como la compasión.

¿Qué hay más revolucionario que hablar de la piedad en la Rusia de Stalin? Nada menos que el mismísimo Satán y todo su séquito, incluido un gato tan grande y tan procaz como un hombre, desembarcan en Moscú e interfieren en los asuntos de los hombres, de unos hombres que, gracias al materialismo dialéctico y al materialismo científico, habían decretado el fin de la vida del espíritu, de todo lo que se opusiera a la electrificación de la URSS, al dominio del partido, a las directrices que iban a pavimentar las avenidas del hombre nuevo. En El maestro y Margarita Bulgákov no sólo convoca a Lucifer, sino que reescribe los Evangelios, las últimas horas de Cristo en la tierra y plantea un formidable debate teológico entre el Mesías y Pilatos en torno al mal y la compasión. Cuando Satán le pregunta a Margarita –que acepta el envite del maligno y participa en una danza macabra con algunas de las figuras más despreciablse de una historia pródiga en ellas-, ella, la amante que supo ver el genio de su maestro, lo primero que le pide al Ángel caído no es que se lo devuelva sino que ponga fin a la condenación eterna de una madre enloquecida que asfixió a su hijo con un pañuelo del que no se puede desprender jamás. Con ese gesto de piedad la mujer logra que se resquebraje un ápice el poder del Diablo sobre nosotros.

¿Existe el mal? Parece que hay evicencias de sobra a nuestro alrededor. La estupidez creciente, y la mentira en la que parecemos instalados todos, periodistas y políticos incluidos, es una prueba irrefutable. La mentira, como supo ver Franz Kafka, se convierte en el orden universal. Mentirosos a sabiendas, pobres diablos.

Fuimos afortunados, inmensamente afortunados, los que pudimos disfrutar del prodigioso montaje de The Master and Margarita en los teatros del Canal durante tres días de mayo. Yo ya sabía de qué era capaz Simon McBurney, el director de esta compañía a la que le gusta meterse en intrincados jardines de los que suele salir airosa. En este caso, el amor vence a la muerte, la compasión al mal. Aunque haya que aliarse con el mismísimo demonio para lograrlo.

Con un gigantesco ciclorama en el que se mostraban las calles de Moscú y se ampliaban los escenarios de la capital rusa con una lupa semejante a la de Google Earth, para después pasar a recrear los muros del palacio de Pilatos, un hospital psiquiátrico moscovita, o simplemente el cielo nocturno en medio de una tormenta de nieve, la emoción corría a raudales. Gracias a esos espacios multiplicados por el genio de McBurney, la escenografía de Es Devlin, la iluminación de Paul Anderson, el sonido de Gareth Fry, el vídeo de Finn Roses, la animación en 3D de Luke Halls y, sobre todo, gracias a los actores entregados a este espectáculo ambicioso e inteligente, capaz de romper los lugares comunes, el plano discurso de los militantes y los descreídos, de los que están de vuelta y de los que no han ido a ninguna parte. Ah, qué lejos, qué adentro, qué dulcemente el teatro nos despierta y nos hace pensar que no está todo perdido. Actores como la simpar Margarita que encarna Sinéad Matthews y el maestro al que da vida Paul Rhys. Un teatro cómplice que nos dice que no todo está permitido, que nuestro destino no está escrito, que la lucha da resultados, que la compasión es revolucionaria.

 

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