Simiocracia en Españistán

Publicado por el may 16, 2012

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No es que quede muy ortodoxo escribir algo así en el blog de un medio, lo sé, pero me reconocerán que cada vez tiene uno más ganas de no poner la radio al levantarse, encender la tele, quitarse del ADSL y, a ser posible, vivir aislado de las noticias ¿Se puede enfrentar el apocalipsis cada mañana? Pues no sé yo, pero a algo de eso nos obligan a diario las noticias económicas. Y lo peor es que a veces uno se siente como si estuviera ante fotogramas sueltos y tuviera que reconstruir la película sin tener más asideros. Complicado, la verdad.

Aleix Saló, sin embargo, opta porque tengamos muy claro por qué nos ha pasado lo que nos ha pasado, por qué nos hemos despertado del sueño de la riqueza infinita para habitar lo que parece un Titanic (fácil metáfora, ya lo sé, pero ¿qué quieren si sigue siendo tan expresiva?) que cada vez se inclina más para hundirse sin que acabemos de entender por qué las aguas frías nos tragan. Y Saló, que ya comenzó a contarnos esta historia de terror en su anterior título, Españistán, nos narra un relato que nos incluye a todos en el que, nos guste o no la visión rigorista de ese ministro alemán de Finanzas que parece sacado de ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (genial comparación que me decía el otro día mi amigo Pedro Pablo), hay algo de pecado colectivo y de ir cantando hacia el precipicio.

Saló nos traza así una historia que es un poco como una adaptación gamberra del estilo de Érase una vez el hombre para decirnos que, en realidad, no somos más que el enésimo tropiezo en la misma piedra en que la economía ha caído desde que hace unos siglos los holandeses vivieron una burbuja con el precio de los tulipanes. Porque, en el fondo, va en el lote de nuestros más bajos instintos, encabezados por la codicia, el ansia de ganar lo máximo con el mínimo esfuerzo y, ¿por qué no decirlo?, una estupidez que parece el lado oscuro de la supuesta inteligencia que nos adorna como especie.

Lo mejor es que, a pesar de que Saló señala la responsabilidad de gobiernos, banqueros y hasta medios de comunicación en nuestro angustioso naufragio, no elude que, en realidad, se trató de un proceso alocado en el que todos tuvimos nuestra parte de culpa. Porque pensar que todo ha sido un proceso orquestado por un grupo de oscuros conspiradores reunidos en algún despacho lujoso de la City sería, en el fondo, una explicación demasiado fácil. Hay quien está sacando tajada, sí, y aprovechando incluso para poner en marcha medidas que tienen más de ideología, pero éste es uno de esos casos en los que llevábamos la cartera en el bolsillo de atrás, medio fuera, con toda despreocupación: nos la han robado, es verdad, pero es que lo estábamos pidiendo a gritos.

@rosenrod

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