Caballos y Anteojeras

Publicado por el may 15, 2012

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Verán ustedes, resulta que por formación y deformación me encanta la literatura clásica. Si, se que suena raro, en los tiempos que corren y  viniendo de un tipo que escribe best-sellers plagados de tiros, explosiones y No Muertos, pero es así. Los humanos somos maravillosamente incongruentes.

Pues resulta que hoy por la mañana, escribiendo un capítulo de la que va a ser mi próxima novela, necesité consultar un determinado libro. Dejé de teclear, aproveché para encenderme un cigarrillo, y me giré hacia una de las estanterías de mi biblioteca, con la seguridad ciega de quien ya ha hecho ese camino más de una vez. Buscaba el tomo segundo de un libro clásico, la “Decadencia y Caída del Imperio Romano” de Edward Gibbon. Y cuando abrí el armario correspondiente solté una maldición. El condenado volumen no estaba. Perdido, en préstamo o traspapelado -eso es lo de menos- pero no estaba.

Y yo necesitaba poner una cita concreta de ese libro del siglo XVIII en la boca de uno de los protagonistas de mi novela. Recordaba esa cita brillando débilmente en mi memoria (la había leido hace años) y no estaba seguro de su contexto. Era imprescindible que la leyese de nuevo para poder usarla. Por supuesto, podría haber continuado escribiendo, saltándome esa parte, pero algo me impedía hacerlo. Estaba bloqueado hasta que resolviese aquello, algo muy habitual en casi todos los escritores. Así que decidí comprarme la versión digital de aquel volumen para poder salir del paso, hasta que recuperase mi ejemplar en papel. Fácil, rápido y barato, pensé yo. Iluso de mi.

Lo primero fue bucear en los caladeros habituales. Ya saben, Amazon, Casa del Libro y iBook Store. Primera sorpresa, y agradable. La versión digital de los seis volúmenes de la enorme obra de Gibbon apenas valía dos euros. Y era la edición anotada, nada menos. Menuda ganga, pensé entusiasmado. Hasta que leí la letra pequeña. Edición en inglés.

Uff. No tengo problemas con la lengua de Agatha Christie, pero para buscar una cita soy mucho más ágil en castellano. Así que continué la búsqueda.

Segunda sorpresa. La edición más barata en castellano –del año 1983, nada menos- costaba casi quince euros por volumen, es decir, más de cien euros en total. En digital, no en papel, ojo. Y aquí me quedé estupefacto.

Empecé a preguntarme, antes de darle al botón de compra, a quien le iba a entregar ese dinero. Una pequeña cantidad sería para Amazon, sin duda, por poner el portal de venta y dar el soporte pero…¿y el resto? Tengo muy serias dudas que el traductor del libro, después de treinta años, aún pueda percibir alguna cantidad por su trabajo. Y en cuanto al autor, Edward Gibbon, no creo que la editorial le fuese a pagar ningún derecho de autor. Más que nada porque Gibbon murió hace más de doscientos años, en 1794.

Supongo que después de dos siglos criando malvas a Sir Edward le importe un pimiento si va a cobrar o no. Ni a sus posibles herederos, dicho sea de paso, sobre todo porque es “Historia de la Decadencia y Caida del Imperio Romano” es una obra de acceso libre y gratuito, dado el paso implacable del tiempo.

Así que una vez más me di cuenta de la diferencia explosiva del mercado editorial anglosajón y español. Mientras que en un caso me ofrecían la obra completa por menos de dos euros, en España tendría que soltar casi veinte mil de las antiguas pesetas por el mismo contenido, escrito por su autor cuando aún no existía ni la luz eléctrica. Y de repente me pareció mucho dinero. Demasiado para una simple cita.

Ya conocen ustedes el viejo dicho castellano de “La avaricia rompe el saco”. Y en eso pensaba, entristecido, mientras buscaba otra frase para poner en boca de mi protagonista. Y mientras continuaba la novela no podía dejar de pensar en la venta que había perdido la editorial por avariciosa, y sobre todo, en el modelo rapaz basado en exprimir al máximo al cliente que han aplicado algunas casas españolas durante años. Y hoy en día, en plena transición del mercado, parece que no se dan cuenta de lo que sucede a su alrededor, y siguen a lo suyo, sin ofrecer alternativas. Como los caballos con anteojeras, caminando con paso firme y recto. Aunque ese camino les lleve hacia el abismo.

 

 

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