Crisis en el cementerio de los libros olvidados

Crisis en el cementerio de los libros olvidados

Publicado por el May 11, 2012

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Cuando los lectores de Carlos Ruiz Zafón se emocionaron hasta las trancas al entrar, como niños, de la mano del narrador, en los polvorientos pasillos del Cementerio de los Libros Olvidados no pensaban, seguramente, que las librerías españolas se podrían convertir en una versión libremercado de los mismos azares. Por la crisis del “Cementerio”, editores y libreros temen un futuro de zombies que no tiene el encanto de aquella sociedad secreta que cuidaba de la institución en La sombra del viento.

Pero hay hambre de historias desde el Homo Sapiens. Todos los días sentimos hambre. La casualidad -o la determinación- que nos pueden llevar hasta las páginas de un libro son en sí mismas una fábula prodigiosa, aunque ese camino pase por twitter, por vídeo o por toda la civilización del espectáculo. Bien es cierto que hay productos de primera necesidad, como el pan, sin cuyo prólogo es difícil compartir o disfrutar de los relatos. Pero una vez llenado el buche, ¿por qué íbamos a matar, salvo por una buena historia?

La librería y la cueva rupestre siguen erizando nuestra piel. Todo se ha hecho complicado, industrial: los números no computan muchas cosas intangibles. Aun así las tribulaciones de una crisis no resultan menos literarias. Aunque la incertidumbre case mal con la paciencia de los tomos cubiertos de polvo y el lento paso del tiempo, lo cierto es que muchas literaturas han florecido en tiempo de miseria. No debemos hozar en la desgracia, bien es cierto, y tampoco rendirnos mientras nos queden páginas.

Dickens aparte, si una librería española acabase sin apenas actividad, como una sucursal del Cementerio de libros olvidados (casi como una deteriorada caja de ahorros esperando su intervención), y apareciera un día, como perdido, por casualidad, un posible comprador, ¿qué encontraría? La mera idea de que ahí hay un libro esperando a una persona concreta para completar su existencia, la de ambos, puede resultar embriagadora.

Son artefactos para soñar, con los ojos bien abiertos, los libros. Son ventanas volando de par en par.

Y si mantenemos la necesidad de alimentarnos con sus historias, el resto del edificio -puntos de venta, de producción, asistentes y abogados, el creador y el editor- sobrevivirá incluso a una era completa en la que toque habitar el mundo como si fuera un desván.

¿Hay crisis en el Cementerio de libros olvidados? La curiosidad es la que sacude el polvo.

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