John Steinbeck que estás en los cielos esperando a los ratones

Publicado por el may 7, 2012

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Está la urgencia y está la necesidad. Como está la diferencia que Gonzalo Sánchez-Terán descubrió muy pronto en Chile entre ser justo y ser bueno. Una distinción capital que le ha servido cada vez que ha pasado larguísimas temporadas en África tratando de hacer algo concreto para mejorar la vida de la gente, para cambiar el estado de las cosas. Un dilema que se presenta muy a menudo allí, pero a veces también aquí. A veces, para ser justo no se puede ser bueno, si no queremos –con las mejores intenciones- perpetuar algunos desastres, aunque tengamos la tentación de ser más buenos que justos porque el mal apremia.

Está la necesidad de sacar la cabeza por la ventanilla de la locomotora de cola y gritar nuestra desesperación como hacía Bruno Ganz en El amigo americano, de Wim Wenders. Y está la urgencia de abrir la ventana para que entre aire fresco de la tarde: en las redacciones enrarecidas por las malas noticias que se acumulan como plagas bíblicas sin que nadie, o muy pocos, acierten a explicar su significado; en nuestras cabezas: ora entumecidas ora atorradas por los datos de la realidad y el ruido de las redes sociales.

Dimite (o hacen que dimita) Rodrigo Rato al frente de Bankia (la Caja Madrid de mi primera nómina: una entidad que ha ido desluciéndose, como las cartillas de ahorros, los montes de piedad, la obra social, los fondos de pensiones, la dignidad del trabajo, el ejemplo de los gestores honestos y de los que se esforzaban y obtenían su recompensa. Una escala de valores que nuestros padres nos inculcaron y que hacían el mundo un lugar más inteligible), y la sensación de malestar y desagrado que se extiende bajo las nubes grávidas de Madrid.

Miguel del Arco es uno de los directores de escena que mejor está sabiendo hacer frente a la confusión generalizada, a la desilusión de la política, a la crisis de la razón y de la lucha por la vida posible y deseable. Tiene un olfato inusitado para hacer del teatro urgencia y necesidad contemporáneas: desde Veraneantes, el curso pasado, a El inspector, ahora mismo en el Valle-Inclán: de Gorki a Gogol. ¿Por qué seguirán siendo tan útiles los rusos con lo que está cayendo?

En otra función que también dirigió esta temporada y que todavía vibra (hasta el 27 de mayo) en la cartelera de Madrid, concretamente en el teatro Español, es un estadounidense el que trata de ponerle el cascabel al gato esquivo de la explotación y la crisis. Parece una pieza que ni pintada para esta hora de tantas degradaciones. No es De ratones y hombres de lo mejor de la obra de John Steinbeck, muy lejos de Las uvas de la ira, su soberbio fresco de la Gran Depresión, pero es un espectáculo que nos deja exhaustos y agradecidos por la voluntad de no quedarse mudos ante lo que parece ineluctable.

Él propio Steinbeck se encargó de adaptar su breve novela a la escena. Le saca todo el partido dramático Del Arco a una trama demasiado previsible, en la que se masca la tragedia desde el arranque. Y sin embargo, en la primera escena aistimos a algo que se nos quedará para siempre grabado en la memoria. Será gracias a la noche entre los árboles y a la conmovedora pareja que forman Fernando Cayo como George y Roberto Álamo como Lennie: cuando el gigante niño que encarna Álamo (el inolvidable Urtain, aquí un Frankenstein americano, que mata a los ratones que atrapa a fuerza de acariciarlos) le pide a su compañero de fatigas que le cuente, por enésima vez, cómo será la granja en la que un día pondrán término a su éxodo por la América deprimida de los años treinta en busca de un salario con el que ir tirando. Logran que compartamos ese sueño imposible, milagroso, que la realidad se encargará de desbaratar.

En el trabajo de fin de curso que este año encargué a los alumnos del Máster de ABC, a cuenta de uno de los más hermosos, herméticos e inimitables ensayos periodísticos de la historia de este asendereado oficio (Elogiemos ahora a hombres famosos, de Walker Evans y James Agee), Estefanía Magro trajo a colación una cita de Steinbeck que quizá sea el mejor colofón para esta tarde de mayo en Madrid, con las nubes dudando si volver a descargar y un banco que fue caja de ahorros a la deriva y una política que no nos ayuda a distinguir entre lo justo y lo bueno: “Boileau dijo que sólo los reyes, los dioses y los héroes eran personajes adecuados para la literatura. Un escritor sólo puede escribir sobre aquello que admira. Y los reyes de hoy en día no son interesantes, los dioses se han ido de vacaciones y los únicos héroes que nos quedan son los científicos y los pobres”.

@alfarmada

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