Las uñas de Cristiano Ronaldo

Publicado por el May 4, 2012

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Sigo el fútbol de refilón, como nostálgico de un fervor que nunca logré sentir ni desde niño en Balaídos por el Celta ni de mayor por la selección nacional. Serán estragos de la lluvia en la conciencia de clase y en la conciencia nacional y en la conciencia de grupo, o tal vez el influjo de lecturas perturbadoras, el ejemplo corrosivo del Emil Cioran de Breviario de podredumbre o del Fernando Pessoa del Libro del desasosiego. En las manifestaciones, cuando iba, cuando apenas voy, me cuesta coger el ritmo incandescente de las consignas tontas o de las consignas revolucionarias.

Al fútbol me llevó mi abuelo, más que mi padre, y me fascinaba más el agua milagrosa del masajista y la cantinela de los anuncios retransmitidos por la megafonía del estadio (“Chocolates Viso, chocolates Viso, signo de cordialidad”) que los avatares del juego. Y no porque no me guste compartir el aliento y la emoción de las muchedumbres, por ejemplo en la noche colectiva del cinematógrafo. Aunque prefiera la del teatro, cuando uno siente que los actores nos necesitan para que sus personajes existan y nosotros a ellos, que viven lo que  nunca nos atrevimos ni nos atreveremos a ser.

Sigo el fútbol porque mis amigos son algo más que forofos. Luis Prados, mi compañero de pasiones y fatigas en el Máster de ABC, es un madridista empedernido, con teorías fundamentadas sobre la estética y la ética del balompié, la necesidad de ganar que lo justifica todo, la estrategia y la táctica, la culpa de los entrenadores y la emoción de las copas de Europa. Leo a Manuel Jabois, o a Enric González, o a David Álvarez, o a Julio Cortázar, o a Peter Hanke, o a Santiago Segurola, y siento parte de ese destello de la bola rápida en un billar ciclópeo. Me llevó Luis Prados al Bernabéu en una noche de Champions y me gustó más toda la parafernalia del graderío, la justicia antipoética de la multitud enfebrecida, con sus cánticos, sus ritos de paso, sus exclamaciones…, que el futbolín carnal de los que allá abajo se disputaban, bajo un haz de reflectores antiáereos enfocados hacia abajo, el destino de una noche de invierno.

Como cuando Bill Lyon me quiso iniciar en el arte del toreo y yo me puse de parte del bicho a pesar de compartir el fondo de teatro trágico, griego, hispano, ancestral, del rito de jugarse la vida por el arte, de ponerse entre el astifino y el tendido para brindar por un destino que no está escrito. En Las Ventas también se comparten pasiones irracionales, que yo contemplo como un entomólogo de la condición humana, como si yo no acabase de creerme que la existencia era esto.

Debía emocionarme ante el abrazo de dos compatriotas: (¿acaso no confieso en Facebook: “Me gusta decir que soy portugués, pero nací en Vigo”?), de ese Cristiano que inclina la testud al abrazar a su preparador. El mismo Cristiano que tan bien vio Manuel Jabois cuando a estrelha humilló al Barça en su propio terreno y mirando a las gradas como rey de los simios buscó a Shakira para ponérsela al hombro. Se abrazan los portugueses y yo me quedó con las uñas comidas del héroe, de quien en la soledad plena de los estadios exhibe la belleza de una mármol de Pericles que cobró vida: la velocidad, la potencia, el atleta colosal que enchufa sin detenerse un disparo de los que perforan la portería, el alma y el epitelio del guardameta. Se abrazan Mou y Cristiano con ese amor que no es exactamente humano, pero acaso por eso lo sea como pocos. Amor de los triunfadores que le han tomado la medida a los periódicos, a la sociedad del espectáculo. ¿Qué significa que se coman las uñas los héroes, los sublimes, los astros de la bola que juegan a ser once y a derrotar a otros once hombres en calzón que interpretan un ballet bronco para los ángeles atroces de los estadios?

Luís Aranha (São Paulo, 1901-Rio de Janeiro, 1987) abandonó a los 21 años la poesía para embarcarse en la carrera diplomática. Su único libro, Cocktails, no apareció hasta 1984, lo rescata ahora La isla de Siltolá, en traducción de Marie-Christine del Castillo. El poema que se llama casi como el libro, Cocktail, reza así:

 

HOTEL           RESTAURANT                BAR

A cadeira guincha

Garçon

No espelho “Experimento nosso COCKTAIL”

Champagne cocktail

Gin cocktail

Whisky cocktail

Álcool

Absinto

Açúcar

Aromáticos

Sacode nun tubo de metal

É frio estimulante e forte

Cocktail

Cocteau

Cendrars

Rimbaud cabaretier

Espontaneidade

Simultaneísmo

O só plano intelectual traz confução

 Associação

Rapidez

 Alegria

Poema

Arte moderna

COCKTAIL PARA UM!

Não; para todos

Vinde encher o copo do coração com o meu cocktail sentimental

Sentimental?!

 

Brindo por Cristiano Ronaldo, ese siete que desgarra el tapete de los estadios con el taco de billar de un maestro zen de sí mismo, capaz de controlar el esférico ante la histeria de las muchedumbres mientras ve crecer la hierba en su cuenta corriente, le coge la mano desdeñosa y manicurada a la bella Irina y mira al crepúsculo portugués con un cocktail sentimental en la misma mano carcomida de un niño que teme suspender el próximo examen y no sabe qué responder a su padre cuando por la noche le pregunta de dónde viene, con quién ha estado, por qué tiene el jersey manchado de hierba.

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