Una teoría sobre el origen del grito que lanzó Edvard Munch

Publicado por el may 3, 2012

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Solíamos acudir a las subastas en la nueva y flamante sede de la casa Sotheby’s, no lejos de caudal cárdeno del río East. Las subastas (también en Christie´s, el otro gran salón del dinero que busca blanquearse y aristocratizarse con el aura del arte, está en pleno Rockefeller Center) se celebran a la caída de la tarde, cuando los billetes nuevos adquieren al trasluz un color de cocktail evanescente, con el toque turbio del pecado que no necesita ser redimido. Me hubiera gustado estar allí el miércoles, cuando el mazo diminuto y simbólico del subastador jefe sentenció la puja por El grito en las astronómicas nebulosas de los 119,9 millones de dólares, es decir, de los 91 millones de euros, para un cuadro que no ha dejado de gritar desde que el noruego Edvard Munch lo pintara en 1895.

Cuentan que Munch pintó cuatro versiones de su grito, cuatro variaciones de una ondulación cromática que no ha dejado de llamar a rebato, de conmover y de inquietar. Pero la que el miércoles cambió de manos en Manhattan, la única que al parecer permanecía en manos privadas, la de los Olsen, vecinos, amigos y protectores del expresionista noruego, era la más vibrante, la más caro a las intenciones del autor, con el mismo marco que el artista del crepúsculo incendiado eligió para fijar esa ventana que, después de tanto tiempo, sigue siendo una acotación del tiempo, una llamada de atención: ¡Mira aquí, mira esto! ¡Mírame!, como grita el Perro semihundido, de Goya, un grito silencioso y hondo que también sigue prolongándose hacia la eternidad, enterrándonos.

Pero ¿qué fue lo que inspiró a Munch, aparte de su declarada intención como pintor de ir más allá de una mera fotografía de la naturaleza, de su negativa a pintar cuadros para decorar los salones de la burguesía escandinava de la época? Munch pretendía sentar las bases de un arte que proporcionara a la humanidad una forma distinta de mirar, que conmoviera hasta los tuétanos, que involucrara al espectador, que no lo dejara indiferente. Una obra (este aullido) que, a posteriori, como casi siempre, fue intepretado como premonición del siglo que iba a arrojarse en un maelström de muerte. El siglo XX que venía con ganas de dejar huellas indelebles en el alma y la carcasa humana.

Y sin embargo, ¿qué fue lo que en realidad inspiró esa obra que el miércoles batió en Nueva York todos los récords que, como las de los astros del deporte, nos resultan de una obscenidad tan moderna? El 28 de noviembre de 1883, el New York Times publicó que poco después de las cinco de la tarde del día anterior, el horizonte, hacia el oeste, se inflamó súbitamente de un color escarlata brillante y las nubes se enturbiaron. Contó el diario que el fenómeno hizo que los neoyorquinos se arremolinaron en las calles y avenidas tratando de averiguar a qué se debía semejante espectáculo. Muchos pensaron que podría tratarse de un incendio lejano. Dos días más tarde, el 30 de noviembre, el periódico de la localidad noruega de Christiania también dio cuenta en sus páginas de un resplandor muy intenso que se pudo apreciar hacia las cinco de la tarde en dirección oeste. Muchos compatriotas de Munch también pensaron que podría provenir de una descomunal hoguera. Una intensa refracción roja en una atmósfera nublada después de la puesta de sol. En su diario, Edvard Munch escribió: “Caminaba por la carretera [de Ljabrochausseen, hoy Mosseveien] con dos amigos cuando el sol se puso y de pronto el cielo se volvió rojo sangre y me sentí abrumado de melancolía. Me quedé inmóvil, apoyado contra la baranda, con un cansancio mortal –nubes como sangre y lenguas de fuego colgaban sobre el fondo azulnegro del fiordo y la ciudad”.

Marilyn y Don Olson y Russell Doescher, tres investigadores de la universidad de Texas, proponen una hipótesis insólita: que el rojo sangre que tiñe las nubes y la barandilla junto al mar noruego donde un paseante se tapa los oídos ante el grito del paisaje, el cuadro más reconocible del Munch, no procedía del interior atormentado del artista, sino de la realidad. Aquel resplandor que sobrecogió tanto a los vecinos de Nueva York como a los de Christiania y al propio Munch fueron en realidad las ceniza, los detritus y los fogonazos de la explosión del Krakatoa, un volcán indonesio, el 27 de agosto de 1883. Si la luz de las estrellas es la de astros apagados hace demasiado tiempo para poder siquiera imaginarlo, el resplandor del Krakatoa tardó tres meses en llegar a los ojos de los noruegos y los neoyorquinos. Así lo relató Richard Panek en las páginas del mismo New York Times que dio cuenta del raro fenómeno el 8 de febrero de 2004.

Se non è vero, è ben trovato. Es decir, si no es cierto, merecería serlo.

 

 

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