San Petersburgo estos días de tiempo cambiante

Publicado por el Apr 30, 2012

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Todo empieza con un tuit: “Si estuviera en San Petersburgo me iría a la tumba de Dostoyevski a leer El idiota antes de buscar un plinto amable sobre el río Neva.

 Lo que más recuerdo de Petersburgo, de Andrei Bieli, es una fuerte impresión estética, de velocidad, una ciudad dentro de una hélice en 1905, primera revolución, y la ciudad como protagonista, como lo fue Dublín para el Ulises de Joyce o Berlín para Berlin Alexanderplatz de Döblin.

 No sabía nada del fotógrafo ruso Dmitri Konradt, que tiene nombre de revolucionario. Nacido en 1954 en San Petersburgo, es decir, cuando era Leningrado, la galería londinense Anya Stonelake/White Space Gallery acoge su primera exposición individual en el Reino Unido. Su ojo se fija en paisajes urbanos (calles perdidas, callejones con rastros de historia en capas que se desmoronan). “Uno de los maestros de la fotografía en color en la Rusia actual”, dicen sus promotores. Recuerdo un patio de Moscú, y una calle donde daban la vuelta los tranvías, cubierto de nieve, recién casado y con el fervor y la angustia de lo desconocido. El otro San Petersburgo, las fotos de Konradt, es el que nos lleva a añorar lo no vivido, como el incendio que provocó en nuestra memoria moral la escritura de Dostoyevski, que una tarde tormentosa en Madrid renueva como por ensalmo.

Es gracias a Twitter, que es mucho más que una hipérbole, a esos 140 caracteres que llevan mucho más allá que a un callejón sin salida, capaz de cifrar la emoción en un aforismo nupcial, el que nos abre la mente con el mismo fervor que la piqueta manejada por Franz Kafka, con la que se empeñaba en reventar la costra de hielo. Porque el tuit hace de llave maestra, se mete en textos perdidos, escondidos, navegando en mares ignotos. Es gracias a Twitter que entramos en las páginas de la revista colombiana El Malpensante, dirigida con tino por Mario Jursich, el que nos pone en la vereda del entendimiento. Con sus Consejos para un joven que quiere ser cronista el periodista Alberto Salcedo Ramos hace mucho más que reavivar nuestra maltrecha fe en el oficio, en lo que el periodismo puede descifrar, mostrar como una colección de muñecas rusas. Como cuando dice: “Puedes escribir sobre lo que quieras: un asaltante de caminos, las enaguas de tu abuela, el escolta del presidente, la caspa de Tarzán, lo triste, lo folclórico, lo trágico, el frío, el calor, la levadura del pan francés o la máquina de afeitar de Einstein. Pero por favor no aburras al lector. Escribir crónicas es narrar, narrar es seducir. Los buenos contadores de historias convierten el verbo narrar en sinónimo de encoñar. Son como don Vito Corleone: le hacen al lector una oferta que no puede rechazar”.

La noche llega húmeda, como un bálsamo. Vuelvo a la calle de Madrid como si por una lenta vereda pudiera llegar a San Petersburgo. Por eso, esta crónica que no lo es, termina con otro tuit: “Un cielo cada vez más negro se cierne sobre Madrid. ¿De verdad sabe el Gobierno lo que hace?”. Buenas noches.

 

 

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