Quiero salir en tu libro.

Publicado por el Apr 30, 2012

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Una de las pesadillas recurrentes del escritor tiene lugar cuando alguien dice eso de “Tengo una historia buenísima para una novela”. O “Toma nota de esto, tú que eres escritor”. O “Yo porque no sé escribir, pero mi vida daría para una comedia…”. Por lo general estas frases son pronunciadas por personas que acabamos de conocer o allegados de segunda categoría, por lo que una sonrisa cómplice o un mudo asentimiento suelen zanjar  la cuestión.

El verdadero problema surge cuando es alguien de nuestro entorno más íntimo quien plantea el conflicto.

Imaginen la escena: domingo de abril, lluvia en el exterior, el día perfecto para quedarse en casa viendo un biopic alargado con avionetas que sobrevuelan la sabana africana al compás de los lánguidos acordes de John Barry. El DVD está en el aparato, los pistachos en el cuenco, los refrescos a punto. Ella espera en el sofá. A él le ha demorado la escritura de un capítulo especialmente cabrito, pero al fin entra en la sala con una sonrisa cariñosa y se le ocurre decir:

-Ya estoy aquí. -Y a modo de simpática anécdota añade:- Es que estaba escribiendo un capítulo en el que sale mi padre.

Entonces las cejas de ella dibujan una v, los brazos se cruzan defensivos, y espeta:

-A mí nunca me sacas en tus libros.

El aire se hace puré de garbanzos. John Barry finge buscar el violín. El plan de domingo se avinagra.

El escritor intenta explicar que el padre que sale en el libro no es exactamente su padre, sino una versión oscura de su padre; un cóctel en el que se mezclan rasgos de su verdadero padre con características de otros personajes reales y un buen puñado de defectos inventados con el fin de alimentar la ficción.

Pero ella no traga. Y en parte es comprensible. Su romántica cabeza es un collage en el que Sandro Botticelli pinta a su musa Simonetta Vespucci mientras Goya desnuda con el pincel a la Duquesa de Alba (a la que amaba en secreto) y Gustave Mahler retrata con música a la bella Alma.

Por mucho que se esmere, el novelista no atina a  expresar lo que ocurre en el coto privado de su creatividad: un lugar donde, aunque cómico, la sombra es la norma y no la excepción. Un territorio poblado por insensatos historiadores, modelos alcohólicas, vigilantes obsesos (y obesos), joyeros cornudos, adolescentes adictos a los videojuegos, virginales jovencitas oprimidas por unas creencias religiosas impuestas desde la infancia, ex novios celosos y  cocainómanos, zagales pánfilos, rubias de bote, doctoras en psiquiatría con sobrepeso, sacerdotes muertos y, en efecto, padres egoístas y despreocupados.

Naturalmente, también hay personajes de rasgos nobles, pero estos no son nunca el origen del relato. La historia siempre viene primero, y luego se amuebla con los diferentes caracteres que ponen rostro y dan vida al drama.

-Todos mis personajes son ridículos, patéticos o conflictivos -explica-. Deberías agradecer que aún no me hayas inspirado ninguno.

Pero esta argumentación se diluye cuando ella vuelve a hablar del poeta angustiado de amor emborronando papeles a la luz de la luna.

-Yo no soy poeta -replica él, ofendido-. Yo escribo historias.

-Ya. Pero nunca me sacas en ninguna.

El novelista suspira y se irrita. No soporta que su media naranja le reproche su método creativo por un mero capricho sentimental. Al fin, acaba dándose la vuelta y renunciando al plan de domingo. Se sienta ante su ordenador, el rostro ruborizado, el corazón vapuleándole el pecho, los dedos planeando sobre el teclado.

Y, casi sin darse cuenta, añade un nuevo personaje a la lista.

@Jorge_Magano

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