Software de entrenamiento

Publicado por el abr 26, 2012

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Rubén Darío llega a París en 1893 aquejado de un agudo parnasianismo, herida abierta e infectada. Tiene 26 años, ya ha escrito Azul pero no Prosas profanas, aún hay algo de candor juvenil en él, flequillo al aire y sed de ilusiones infinitas.

Para Rubén, París es la ciudad de los grabados, de Víctor Hugo y de Paul Verlaine, a quien tanto desea conocer, o al menos ver de lejos como a una estrella del cine que no existe. Rubén es un groupie.

Conducido por Alejandro Sawa, es llevado al café D’Harcourt, donde todavía le fían el absenta al monstruoso Verlaine, el feo Verlaine, comido de chinches y desamor, ¡oh, Arthur!, alcoholizado y ridículo.

Lo que sigue es muy conocido: el pobre Rubén tartamudea alguna cosa que apenas suena a francés, una especie de muestra de admiración y respeto que termina con la palabra gloria. Golpeando la mesa con furia, Verlaine escupe su respuesta: “¿La gloire? ¡Merde, merde encore!

Darío contará el caso muchos años después en una crónica para La Nación; y yo ahora lo recuerdo gracias a un artículo de Günter Schmigalle pescado en un PDF de la red mientras preparo mis clases.

La actualidad de las cosas no es cuestión de crono sino de perspectiva.

Produce ternura pensar que un profesor de cualquiera sabe qué universidad alemana decida dedicar ¿veinte, cincuenta? horas de su vida a recrear la anécdota de un muchacho nicaragüense en el París de finales de siglo, qué importancia tiene; ninguna, igual que tampoco la tiene que yo hable de Rubén Darío con los bachilleres sólo para encajar un cromo más del temario.

En los libros de texto, la postal que recrea su figura siempre es la misma: Rubén vestido con galas de embajador o bien Rubén bigotudo con sombrero de rancho.

En las dos posa pasmado por el magnesio, con cara de querer comerse el mundo y pasar a la posteridad, bien como poeta o bien como general de todos los ejércitos.

No hay delicadeza, no hay dulzura ni fragilidad. No conmueve. Es frío, es perfecto. Busca la gloria de ser sublime sin interrupción.

Que la gloria es una mierda y un camelo probablemente no quiso aprenderlo aquel día en el café D’Harcourt; probablemente se quejaría del viejo borracho, protestaría por sus malos modales; pero en 1896, ya en Prosas profanas, compuso su responso: “Padre y maestro mágico, liróforo celeste…”, etcétera.

Verlaine despreció la gloria literaria cuando aquello era una cosa muy pequeña: ediciones de un centenar de ejemplares cuajados de erratas, libros que sólo leen otros poetas, algún elogio en los salones y las tabernas, mucha miseria y agotamiento de rentas.

La gloria era una mierda pero no sólo por orgullo y desapego, sino porque realmente lo era.

Hoy la gloria literaria qué cosa es: tres mil ejemplares en una editorial minúscula que desaparecerá cuando lo hagan las subvenciones, algún premio en el sorteo de certámenes (dioses, hay tantos que es realmente difícil no recibir alguno), referencias y reseñas en el circuito de blogs e ídems que sólo leen trescientas personas deseosas de enfrentamiento; o bien el cuajo de una de las cuatro grandes y entonces la exposición, la exhibición y la desnudez, la seguridad de que si el libro vende el vendido eres tú.

Borracho, abandonado y sin amor, el montruoso Verlaine lo clavó: nada tiene verdadera importancia, cuando el poema termina ya se extingue, al otro lado del auricular no hay nadie.

Escribir así es muy XIX, pero tan saludable como correr por las mañanas sin podómetro.

Escribir pensando en la respuesta inmediata de Google Alerts es demasiado XXI, como correr con licra y sintonía preseleccionada, anotar las pulsaciones y grabar los datos en un software de entrenamiento.

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