Tras el escándalo PRISM: la hora de la verdad.

Publicado por el Aug 1, 2013

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Es urgente reflexionar sobre los límites de la privacidad en aras de la seguridad a ambos lados del Atlántico (y en todo el mundo).

Han pasado varias semanas desde el estallido del escándalo de espionaje masivo a cargo de la Agencia de seguridad nacional norteamericana, a través del llamado programa PRISM. El tiempo transcurrido desde entonces permite ya, con algo más de sosiego, calibrar su profundidad: no cabe duda de que podría haberse tratado de una de las mayores sacudidas contra la privacidad de la Historia.

Por otro lado, este escándalo ha permitido evidenciar algo que muchos conocían y muchos otros venían sospechando largamente: que, al menos desde que el terrorismo islamista irrumpió de forma salvaje y masiva en Occidente hace algo más de diez años, con la inevitable necesidad de recurrir a cuantos más medios fuera posible para combatirlo, y siendo por supuesto Internet uno de tales medios, la privacidad viene sufriendo erosiones brutales: y eso es así especialmente para quienes no somos ciudadanos norteamericanos. Ya lo recordábamos en el numero de La Ley en la Red expresamente dedicado al asunto, justo después de publicarse hace esas cuantas semanas.

Debo por ejemplo confesar mi especial incomodidad al tener que explicar en las aulas universitarias los temas de privacidad en la Red: se me hace muy difícil sostener ante mis alumnos que, pese a todos estos acontecimientos, la privacidad, por supuesto, sigue existiendo y que hoy como ayer, tanto ellos como yo podemos seguir confiando en que los contenidos de nuestros mensajes de correo electrónico permanecen secretos y a buen recaudo en manos de proveedores como Google, Microsoft o Facebook.

PRISM, además, ha reavivado en el lapso desde su salida a la luz la actualidad de las cuestiones de privacidad, especialmente en torno a dos focos: 

– Uno es la elaboración en el seno de la Unión Europea de la Propuesta de Reglamento de protección de datos personales, que la Comisión Europea publicaba a fines de enero de 2012.

Mas allá de las supuestas presiones llevadas a cabo por las autoridades de los EE.UU., que según algunas fuentes estarían siendo enormes, para conseguir suavizar algunas de las exigencias más severas de la Propuesta, acaba de abrirse un nuevo frente que esta vez contrapone a dos grandes grupos de Estados miembros: este frente quedaba evidenciado el pasado 19 de julio de 2013 cuando, al hilo de una reunión informal de los ministros de Justicia e Interior, los responsables de Alemania, Austria, España, Francia, Holanda, Italia y Polonia urgían a la Unión a aprobar la Propuesta a la mayor brevedad posible; mientras que otros miembros hacían saber que las cuestiones de calendario no debían primar sobre las de sustancia del texto.

La Propuesta está poniendo además especialmente de relieve las serias divergencias en materia de privacidad entre las dos orillas del Atlántico. En la medida en que la Propuesta acentúa los requisitos de privacidad en la Unión Europea, dichas divergencias no harán sino aumentar a resultas de su aprobación. El caso del supuesto derecho al olvido, tan tratado en este espacio, es un ejemplo muy claro de nueva prescripción comunitaria que no resulta compartido por la Administración o las empresas estadounidenses. 

– El otro foco anunciado está ya directamente vinculado a PRISM: se trata de un Grupo de trabajo conjunto UE-EE.UU., justamente creado para investigar este escándalo, y que el 22 de julio de 2013 se reunía por primera vez. 

Es fundamental que este Grupo de trabajo alcance conclusiones realistas y que proponga soluciones aceptables ante el más que delicado equilibrio privacidad-seguridad.

Con independencia de nuestras distintas visiones en torno a la privacidad, que por ejemplo se revelan en nuestras también diversas orientaciones de su choque con la libertad de expresión o con la seguridad, en Europa y los EE.UU. compartimos algo esencial, como es un interés común en materia de seguridad: dicho con más claridad, en lo que a la seguridad se refiere, Europa y los EE.UU. estamos sencillamente en el mismo barco.

En sus declaraciones pronunciadas en el momento álgido del escándalo, el Presidente norteamericano manifestaba que, en las actuales condiciones, no se puede tener un 100 por cien de seguridad y un 100 por cien de privacidad. 

Nadie cuestiona algo tan elemental como que limitar la privacidad en aras de la seguridad es absolutamente inevitable. 

Lo que en cambio sí resulta cuestionable es que la seguridad exija un acceso prácticamente “de barra libre” a datos de ciudadanos, e incluso a contenidos de sus comunicaciones, con un control judicial de excesiva laxitud. Todo esto ha venido sucediendo a través de PRISM.

Por otro lado, en su comparecencia en el Congreso estadounidense para dar cuenta del escándalo, el Director de la NSA declaraba que PRISM había evitado más de 50 atentados desde el 11 de septiembre de 2001.

También cualquiera en su sano juicio se alegrará de que así sea. Y me atreveré a decir más: podrían no faltar ciudadanos que optasen por perder su privacidad, incluso al 100 por 100, si de este modo se evitase esos más de 50 atentados. Y hasta menos.

Lo que en todo caso es necesario es que se sitúe al ciudadano, no solo ante el problema real, sino también ante las soluciones reales, es decir, que se le diga la verdad: que solo será posible preservar eficazmente la seguridad si perdemos nuestra privacidad en su mayor parte, y a lo peor en su casi totalidad, en determinadas circunstancias. 

Lejos de sofismas orientados a equilibrios imposibles, éste sería un buen punto de partida para el citado Grupo de trabajo conjunto UE-EE.UU., que acaba de echar a andar.

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