Red neutral para una Internet abierta

Publicado por el Jun 24, 2013

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La calidad del servicio y los abusos de algunos operadores exigen con urgencia una regulación europea de la neutralidad de la red.

Es un simple ejemplo, pero muy significativo. A partir del 2 de mayo de 2013, la operadora de comunicaciones electrónicas dominante en el mercado alemán, Deutsche Telekom, decidía implementar un nuevo sistema de tarifas, que integra los volúmenes de datos descargables en función de cuatro tramos de velocidades de tráfico sobre su red fija: hasta 16 Mbit/s: 75 GB; hasta 50 Mbit/s: 200 GB; hasta 100 Mbit/s: 300 GB; y hasta 200 Mbit/s: 400 GB.

Nada extraordinario hasta aquí: cuadros tarifarios semejantes se vienen aplicando por múltiples compañías a lo largo y ancho del mundo, por supuesto también en nuestro país. El problema está en que Deutsche Telekom excluye del volumen de tráfico previsto en este esquema “el uso de paquetes de entretenimiento.” En palabras del director de marketing de la propia empresa: “Con los paquetes de entretenimiento, los clientes adquieren televisión, por eso queremos asegurarnos de que no se encuentren de repente ante una pantalla en negro”. Es decir, que los servicios de entretenimiento de Deutsche Telekom no computan a estos efectos, mientras que los de terceros en competencia con ella sí que lo hacen: es claro, Deutsche Telekom va a discriminar en su red esos servicios de terceros, haciéndolos en la práctica más caros para los abonados a la telefónica alemana, quienes lógicamente se verán inclinados a prescindir de esos otros servicios para adquirir los de esta última. Esto sí que es un salto cualitativo.

De hecho, es una quiebra flagrante del principio de neutralidad de la red, que como se sabe establece que esa infraestructura debe ser “ciega” respecto de las aplicaciones y servicios que transporta, sin que pueda discriminarlos de modo irrazonable.

No en vano, como BEREC (el organismo de reguladores europeos de comunicaciones electrónicas) dejaba sentado en un sólido informe de 29 de mayo de 2012, hasta un 20% de los usuarios europeos de Internet sufren manipulaciones, bloqueos o degradaciones de tráfico en sus líneas fijas, cifra que sube a más del 30% en las líneas móviles.

En el mismo sentido se pronunciaban la Organización europea de consumidores (BEUC) y la asociación European Digital Rights (EDRi), en una carta abierta a la Comisión Europea fechada el 17 de abril de 2013. Textualmente, denuncian ambas organizaciones, “existe una creciente y abrumadora evidencia de que los operadores y proveedores de Internet europeos, especialmente en el sector de telefonía móvil, están empleando medidas técnicas en favor de sus propios intereses comerciales, condicionando la capacidad de acceso a Internet de los ciudadanos: dichas medidas incluyen el establecimiento de prioridades de tráfico, así como el bloqueo o la degradación de servicios, aplicaciones o protocolos específicos, no excepcionalmente necesarios por razones técnicas.”

Estas constataciones llevan a BEUC y EDRi a instar de la Comisión Europea una regulación de la neutralidad de la red a la mayor brevedad posible.

A la vista de acontecimientos como los citados, no parece casual que la Comisión Europea haya decidido pasar a la acción. En un discurso de 4 de junio de 2013, la Comisaria para la Agenda Digital, Neelie Kroes, anunciaba su propósito de “salvaguardar una Internet abierta para todos”, para lo cual impulsará una propuesta de regulación de la neutralidad de la red basada en los siguientes cuatro principios: competencia (entre operadores y servicios), innovación, transparencia (en favor de los consumidores) y libre elección de operadores.

La normativa europea ya viene previendo la salvaguarda de la neutralidad de la red como principio. Basta citar al respecto la “Declaración de la Comisión sobre la neutralidad de Internet”, incluida en la Directiva 2009/140/CE. Falta en cambio lo que algunos Estados han hecho para enfrentarse a problemas como los aquí examinados: regular específicamente la neutralidad de la red mediante una noción clara de lo que por ella deba entenderse, obligando a respetarla así entendida y previendo las excepciones que en su caso deban regir: Chile en todo el mundo y los Países Bajos en Europa (desde mayo de 2012) son al respecto pioneros.

La idea tiene detractores. La especialista californiana Corynne McSherry, de la Electronic Frontier Foundation (EFF), se oponía ya en 2009 a intenciones parecidas de la Federal Communications Commission (FCC) norteamericana. En principio, argumentaba McSherry, “regular hoy la neutralidad es un fin que podemos compartir [desde la EFF]”, si bien esa misma neutralidad “podría invocarse mañana para cualquier otra regulación de Internet que a la FCC se le antojara (incluyendo cosas que a nosotros no nos gustan); por ejemplo, no es nada difícil imaginar una futura ´Declaración sobre la decencia en Internet´ proveniente de la FCC”.

La posición de McSherry y la EFF no está exenta de fundamento: lo que en el fondo da a entender es que regular la neutralidad de la red sería contrario a esa misma neutralidad. Sería una contradicción en los términos, una inconsistencia del tipo “prohibido prohibir”.

Creo no obstante que posiciones como ésta incurren en un error muy frecuente desde que la neutralidad tomó carta de naturaleza teórica con los trabajos del profesor de Columbia Tim Wu a comienzos de los dos mil: el de considerar la neutralidad como un concepto sinónimo al de apertura o libertad de la Red (Internet neutral = Internet abierta o libre).

Ese error se fundamenta a su vez en la consideración de la neutralidad de la red como un todo indiferenciado, aplicable sin matices a Internet, como si también ésta fuese un todo indiferenciado. Y sin embargo, Internet no es un todo indiferenciado, porque esta red solo es operativa gracias al juego combinado de tres grandes factores, a su vez esencialmente distintos entre sí: se trata de la infraestructura o soporte físico de comunicaciones electrónicas, los contenidos transportados y el código, es decir, los estándares y protocolos que dan a Internet su identidad tecnológica.

Y si esos tres elementos difieren sustancialmente entre sí, tampoco el principio de neutralidad podrá tener el mismo alcance respecto de unos o de otros.

De hecho, hablar de neutralidad como principio consustancial a Internet carece por completo de sentido respecto de sus contenidos: esos contenidos, al menos en países libres, sencillamente deberán regirse por la cláusula general de libertad, “lo que no está prohibido, está permitido”, que por supuesto conllevará una sanción para el caso de abusos.

Esa neutralidad deberá en cambio propugnarse sin condicionamiento alguno respecto del código, entre otras cosas porque para nada necesitó Internet un poder externo (de índole legal, por ejemplo) a fin de adquirir plena consistencia tecnológica desde sus mismos orígenes históricos.

En tanto que es justamente en la regulación de la infraestructura de comunicaciones donde, como venimos viendo, el principio de neutralidad sufre tensiones, donde su aplicación resulta más compleja y donde por tanto ha de quedar perfilado con mayor claridad.

Con la luz que arroja esta distinción, estamos, entiendo, en mucho mejor situación de rebatir a quienes se oponen a regular la neutralidad: a fin de cuentas, la neutralidad jamás podrá tomarse como bandera para interferir en modo alguno en contenidos (esa supuesta declaración sobre indecencia será un ejemplo): la neutralidad solo puede ser invocada para proteger el libre juego de los estándares y protocolos consustanciales a Internet, así como un acceso libre a la infraestructura de comunicaciones electrónicas (o lo más libre posible al menos, como de inmediato veremos).

En una palabra: el concepto estricto de neutralidad aquí preconizado sirve para regularla de un modo equilibrado, sin invadir de forma alguna lo que en puridad no es su terreno, es decir, la libertad, los derechos y libertades ciudadanos.

Así configurada, la neutralidad de la red no es pues sinónima de la apertura o libertad de Internet. Con todo, sí que es verdad que ambas nociones están íntimamente entrelazadas, en cuanto que la neutralidad de la red sirve a un objetivo más amplio, cual es la apertura o libertad de la Red (con mayúsculas en este caso), o si se quiere, la Internet abierta o libre: una Internet abierta y libre necesita de una red neutral.

Creo que esta mayor claridad conceptual contribuye además a identificar lo que organizaciones como la propia BEUC y EDRi consideran un bien necesitado de protección: “la separación entre las capas de infraestructura de red y de aplicaciones”. A las razones de mayor eficiencia económica que BEUC y EDRi aducen para justificar tal “separación”, deben probablemente añadirse las de índole político-legislativa que aquí venimos ponderando.

Superadas las objeciones, ¿cuáles debieran ser las bases de esa regulación de la neutralidad de la red?

Las que aportan BEUC y EDRi me parecen plenamente aceptables. En el fondo se asemejan mucho a las puestas en práctica en la legislación holandesa, así como a principios apuntados ya en alguna entrega anterior de La Ley en la Red:

–          Garantía del principio de extremo-a-extremo, de manera que se asegure la interconexión de cualesquiera puntos de terminación en Internet, sin restricción ilegal alguna.

–          Claridad respecto de las modalidades de gestión de tráfico que resulten legítimas y en qué circunstancias resulte así.

–          Prohibición general de toda forma de discriminación en la gestión del tráfico, como bloqueos o degradaciones, sin perjuicio de excepciones legítimas restrictivamente diseñadas.

Es notorio que, vistos abusos como el citado de Deutsche Telekom, e idealmente sobre bases iguales o semejantes a las mencionadas, la regulación a escala europea de la neutralidad de la red es una necesidad acuciante.

Acabamos de comprobar que nos va en ello la Internet abierta. Y sin Internet abierta, no hay hoy en día libertad.

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