Partir Google: ¿un preocupante paso más hacia “prohibir Internet”?

Publicado por el Dec 15, 2014

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Hace algunos años, en un trabajo sobre la que él llamaba “Internet generativa” (innovadora, diríamos nosotros), afirmaba el profesor de Harvard Jonathan Zittrain que  “Internet desempeña un papel vital” en nuestras vidas. Subrayarlo hoy es por supuesto una obviedad, y si lo hago, es simplemente para destacar que, a la vista de su presencia determinante en la Red, y a resultas de ello, una empresa como Google desempeña también en nuestras vidas un papel correlativamente esencial.

Podríamos incluso decir que su desarrollo en todas las áreas relevantes del entorno digital (buscadores, navegadores, móvil, correo, etc.), su expansión hacia la industria de bienes de consumo (Glass, vehículos inteligentes, etc.) y especialmente su control sobre un universo de información personal de sus usuarios le han permitido alcanzar un poder inmenso, casi “político”. Como es lógico, Google lo sabe. Un buen ejemplo lo constituye la creación del llamado “comité de sabios” que debe asesorar a la compañía acerca de la aplicación del llamado derecho al olvido: merced a su desplazamiento itinerante por diversos países relevantes, el comité recaba opiniones de otros expertos y de la opinión pública en general en un formato que no puede dejar de recordarme al de las audiencias de un parlamento.

La fuerza de Google sobre la Red se refleja, como es natural, de un modo muy particular en el terreno de las búsquedas, pues si bien es cierto que en países como los EE.UU. su control “solo” llega al 67% del mercado, esa cifra se eleva a más del 90% en Europa, alcanzando en torno al 95% en nuestro país. Ello hace evidentemente de Google una suerte de “puerta natural (y casi obligada en Europa) de entrada” a Internet.

Los problemas derivados de esa posición claramente dominante en las búsquedas en Internet se concretan en las supuestas prácticas abusivas de dicha posición por parte de Google y básicamente consistentes en que esta empresa estaría favoreciendo en los resultados sus propias aplicaciones y servicios, en detrimento de los de competidores. Algunos de ellos vienen por esta razón reclamando que los resultados de las búsquedas sean “neutrales”. Por ejemplo, Google estaría dando prioridad artificial a servicios propios como Android en detrimento de WindowsPhone, al ofrecer las muestras de sistemas operativos para móviles.

La cuestión fue pioneramente analizada en la primera entrega de La Ley en la Red, escrita a fines de mayo de 2012 [1], y por tanto a ella me remito para todo lo relativo a sus principales pormenores, como son: la investigación sobre el presunto abuso llevada a cabo por la Federal Trade Commission norteamericana (archivada sin ulteriores actuaciones en febrero de 2013) y la que la Comisión Europea inició en 2010 (aún no conclusa, tras algunos intentos fallidos de mutuo acuerdo); el debate acerca de si Google debe o no ser obligada a respetar a sus competidores en las búsquedas, en tanto y cuanto estaría en el fondo ayudándolos; y el de que no faltan al fin y al cabo recursos tecnológicos y legales para conseguir un equilibrio razonable en este sentido, alejando a Google de la tentación de “empujar hacia abajo” a competidores en los resultados, singularmente más allá de la tan ansiada primera página (en la que es sabido se quedan, sin pasar a la segunda, el 80% de los usuarios). 

Dicho todo esto, lo que no parece en cambio razonable es llegar tan lejos como para  solicitar la partición de Google, como si de la petrolera norteamericana Standard Oil de comienzos del siglo XX se tratara. Y así se deriva sin embargo de la Resolución del Parlamento Europeo de 27 de noviembre de 2014 sobre el mercado único digital, que incluye dos iniciativas especialmente relevantes en este contexto:

– Una, abrazar explícitamente la tesis de que los resultados de las búsquedas deben ser neutrales: el punto 17 de la Resolución reclama que en el marco de la explotación de motores de búsqueda para los usuarios, los procesos de búsqueda y los resultados no deben estar sesgados, de manera que las búsquedas por Internet mantengan un carácter no discriminatorio […] y la indización (sic), la evaluación, la presentación y la clasificación por parte de los motores de búsqueda deben ser imparciales y transparentes”.

– Y otra, la que ahora más nos interesa, prevista en su punto 15, y derivada de la posición de hegemonía de Google en el mercado europeo de búsquedas en Internet, “pide, por ello, a la Comisión que haga cumplir con determinación las reglas de la UE en materia de competencia”, y además, “pide a la Comisión que estudie propuestas que desvinculen los motores de búsqueda de otros servicios comerciales, como uno de los medios potenciales a largo plazo de conseguir” el respeto a dicha normativa.

Es verdad que la resolución no menciona expresamente ni a Google ni a ninguna otra empresa que gestione un motor de búsqueda relevante (Yahoo y Microsoft con su Bing serían las otras dos), lo que a su vez ha llevado a pensar si con su campaña en favor de la neutralidad de las búsquedas, Microsoft habría podido terminar “tirando piedras contra su propio tejado”. Con todo, era contra Google contra quien se han venido dirigiendo las demandas en favor de la neutralidad, al tiempo que ni Yahoo n Bing ostentan una posición de predominio comercial en este subsector que dé pie a inquietud alguna. Es por ello por lo que la resolución apunta indiscutiblemente a Google con su expresión “motores de búsqueda”. Como es igualmente obvio que lo que se sugiere a la Comisión Europea es nada menos que partir Google en al menos dos grupos de empresas, uno que gestione el motor de búsqueda y otro que administre cualesquiera otras de sus múltiples líneas de negocio.

Instar a la Comisión a adoptar una medida de semejante gravedad es claramente desproporcionado. Y creo poder aportar al menos tres razones para justificarlo.

Primero, porque la Comisión no es ajena al problema que la falta de neutralidad en las búsquedas de Internet puede llegar a suponer, en términos de merma de la competencia y de posible deslealtad de Google para con sus competidores en el supuesto de que tales abusos llegaran a constatarse por la Comisión. A mayores: Google ha venido haciendo público que su actitud es favorable a un acuerdo en este sentido, sin haber dado pie a que la Comisión estimase preferible dar un portazo a las negociaciones a tal fin para abrir en su lugar un expediente sancionador. Y ello por más que dichas negociaciones perduren desde 2010. Instar a la Comisión a perseverar en la línea correcta, subrayada en la propia Resolución, habría sido a mi juicio más que suficiente. 

Segundo, porque no hay precedentes en el Derecho europeo de la competencia de una decisión de semejante gravedad: ni siquiera el caso de Microsoft a propósito del navegador NetScape lo requirió, siendo solo una multa, por cuantiosa que fuera, la que la Comisión Europea impuso a aquélla. Pudiendo incluso discutirse si la gravedad de unas y otras conductas admite comparación: Microsoft, absolutamente dominante en el mercado de sistemas operativos para PCs con Windows, no dejaba opción alguna al consumidor para elegir navegadores alternativos a Explorer; tras casi cinco años, la Comisión no ha llegado aún a la conclusión de que Google esté abusando de su posición en las búsquedas al favorecer su propios servicios.

Y tercero, porque el resto de postulados contenidos en la Resolución son a mi entender más que sobrados para trasladar a la Comisión la voluntad política del Parlamento Europeo en favor de la salvaguarda de la competencia en este campo, tan sensible para el sector digital: cuánto más a la vista de la abrumadora mayoría concitada en pro de esta Resolución (384 votos a favor frente a 174 en contra y 56 abstenciones). Incluir en cambio la sugerencia de dividir Google eleva pues de un modo innecesario la presión sobre la Comisión, a la par que se consigue un adicional efecto adverso: diluir los demás contenidos de la Resolución, que no dejan de ser sensatos y ponderados, y que quedan más que desdibujados por este único aspecto desequilibrante.

A la postre, esta Resolución, al menos al incurrir en la desproporción que aquí venimos comentando, se inscribe en lo que considero una preocupante deriva de la filosofía regulatoria de la Red en Europa. Hay ciertamente supuestos que justifican una particular atención, en cuanto que podrían estar suponiendo abusos de posición de mercado por parte de algunos de los gigantes de la Red: casos como el aquí comentado o como el de Amazon con sus cláusulas de paridad de precios (sobre el que escribíamos en el trabajo atrás citado) podrían ser paradigmáticos. No obstante, pretender partir Google es dar a la postre la razón a un colega norteamericano, gran especialista en el Derecho de la Red de una prestigiosa universidad californiana, cuando me confesaba en privado haber dejado de seguir la evolución de las normas europeas en esta materia, convencido de que “en Europa, Internet está prohibida”.

Obviamente, mi colega exagera. Aunque hitos como el derecho al olvido, la curiosa pretensión de crear una “nube europea” (aireada desde círculos de poder germano-franceses a comienzos de 2014), la creación en España de la tasa Google o la reciente toma de postura de la Canciller Merkel en contra de la neutralidad de la Red, a mi juicio invitan cuando menos a la preocupación. 

Puede pensarse que alguno de esos hitos (como mínimo olvido y eurocloud serían  ejemplos claros) son al cabo respuesta a los no menos denunciables abusos de las autoridades estadounidenses sacados a la luz por el escándalo Snowden.

Aunque quizá también que Europa podría estar prestando demasiada atención a “partir o prohibir”, en una palabra, a introducir trabas que en ocasiones pueden terminar lesionando lo más sagrado de Internet, es decir, su carácter libre y abierto. En lugar de ello, sería sin duda preferible concentrarse en promover un entorno que ayude a las empresas digitales europeas a competir más y mejor; y a cualesquiera iniciativas nacidas en nuestro Continente a utilizar Internet, más a fondo que hasta ahora, como lo que es, una extraordinaria plataforma para el crecimiento y para la innovación. 



[1] El enlace lo es a una reseña indirecta de dicho trabajo, efectuada en entrada de julio de 2014. La entrada original no puede ya encontrarse directamente en línea, donde solo figuran trabajos a partir de junio de 2012. Lamento que razones técnicas así lo impongan.

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