La Web oscura: el callejón del delito en Internet

Publicado por el Sep 3, 2012

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Dentro de esa gigantesca parcela de la Red que permanece oculta a la inmensa mayoría de sus usuarios se desarrollan actividades que rehúyen a toda costa la luz.

Si asimilásemos la World Wide Web a un iceberg, podríamos decir que lo que los grandes motores de búsqueda nos muestran de ella apenas es la punta. Bajo las aguas y más allá de esa “Web superficial”, late una ingente cantidad de contenidos, habitualmente agrupados bajo la denominación de “Web profunda”, “Web oculta” o “Sub-Web”. 

¿Qué contenidos son éstos que permanecen, por así decir, “bajo las aguas”? Aunque de índole muy variada, pueden sintetizarse en tres categorías principales: sitios web dinámicos, es decir, no “estáticos” o preexistentes, en cuanto que se generan en respuesta a una búsqueda individualizada, por ejemplo, un billete de avión que cubra determinado itinerario. Una segunda categoría serían los sitios web de acceso restringido a ciertos usuarios, ya sean clientes, ya empleados, ya de cualquier otro tipo. Finalmente, los grandes buscadores suelen dejar al margen de sus resultados contenidos elaborados en lenguajes distintos de HTML o protocolos distintos de HTTP, el lenguaje y protocolo consustanciales a la Web.

La llamada Web profunda no plantea de entrada especiales problemas de índole jurídica o social. Sí los entraña, por supuesto, en el plano tecnológico, en cuanto parece deseable poder acceder en la mayor medida posible a los contenidos que alberga, muchos de ellos, presumiblemente, de potencial interés para infinidad de usuarios. De ahí que los grandes motores de búsqueda lleven tiempo afanándose en incrementar el grado de acceso a los contenidos de la Web profunda, cosa que van también logrando con creciente éxito.

La que en cambio sí que está comenzando a despertar conciencia de su peligrosidad es una parcela concreta de la Web oculta que no se caracteriza por notas tecnológicas especiales, sino por el puro y simple hecho de cobijar comportamientos abiertamente ilegales, por no decir delictivos. Se trata de la denominada “Web oscura”.

En sitios como SilkRoad, entre algunos otros, se puede comprar droga, traficar con armas y explosivos o poner en común planes de ataque a equipos o sistemas. Estos sitios forman parte de la World Wide Web, es decir, de Internet; de manera que cualquiera con unos mínimos conocimientos TIC puede acceder a ellos sin más que descargar un sencillo software y dedicar algunos minutos. Estos pasos técnicos son, eso sí, inevitables, pues el acceso se realiza a través de redes privadas virtuales o VPNs, que aseguran una cadena interminable de enlaces a través de múltiples redes ubicadas a cada esquina del planeta: así se garantiza el anonimato de los usuarios, obviamente imprescindible a la vista del tipo de actividades de que estamos hablando.

Un anonimato al que sin duda contribuye igualmente la utilización como medio de pago en sitios del tipo de SilkRoad de una curiosa divisa exclusivamente digital, los denominados BitCoins, creada a comienzos de 2009 con fines no necesariamente ilegales, como son los de situarse más allá de todo soporte estatal.

Tras la Internet oscura late el intento de resucitar el inicial carácter indómito de Internet. Evidentemente, se trata de huir de los buscadores, que sacan a la luz los contenidos, intentando permanecer en la oscuridad, algo tan propio del delito, por otra parte. Aunque ante todo se trata de huir del poder público, y así, de la justicia, pues es evidente la creciente presencia de los gobiernos y sus sistemas jurídicos en la Red.

Esa presencia, sin embargo, está plenamente justificada. Internet no puede ni debe quedar al margen de la regulación jurídica. La propia existencia de pretendidos reductos de criminalidad como es esta Web oscura viene precisamente a demostrarlo.

A estas alturas del pensamiento jurídico y político alrededor de Internet, esa idea es ya absolutamente mayoritaria. Por consiguiente, es impensable que fenómenos como éste de la paradójica “salida a la luz” de la Web oscura provoquen reavivamiento alguno de las corrientes ciberlibertarias, ésas que a mediados de los noventa propugnaban una Internet enteramente al margen de los Estados y sus leyes. Y ello por más que algunos factores colaterales al fenómeno de la Web oscura, como es el de Bitcoins, constituyan plasmaciones reales y autodeclaradas de ciberlibertarismo.

Ahora bien, una cosa es reconocer que la Web oscura no implicará a mi juicio consecuencias de hondo calado para las grandes líneas de la regulación de Internet y otra bien distinta ignorar que su existencia abre problemas de seria complejidad para la persecución de los delitos cometidos en su seno. Hacerlo supondría desconocer la dificultad de rastrear el delito e identificar al delincuente cuando éste se desenvuelve en la Red empleando redes VPN y divisas virtuales que, como hace BitCoins, permiten detectar una transacción, por ejemplo un pago, pero en ningún caso identificar a quien lo hace ni a quien lo recibe.

 

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