La Ciencia de la privacidad o el rapto digital de un concepto jurídico

Publicado por el Nov 12, 2012

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El enfoque meramente legal de la privacidad se está abriendo a otras disciplinas, incluso de índole científica o tecnológica.

Es evidente que la privacidad es un concepto jurídico, como derecho fundamental a disfrutar de un margen de autonomía individual frente a invasiones procedentes del poder público e incluso de simples terceros: la intimidad personal y familiar, el derecho a la propia imagen o el secreto de las comunicaciones son algunas de sus principales manifestaciones. En tiempos más recientes, y sobre todo a resultas de la generalización de la informática, primero, y de medios de alcance masivo como Internet, después, se ha ido perfilando en su seno una libertad adicional, el derecho a la protección de datos, esencialmente orientado a asegurar a la persona el mayor control posible sobre cualquier información a ella referida.

La creciente relevancia de la privacidad en nuestros tiempos, sin embargo, está motivando ya que su comprensión deba necesariamente enfocarse desde disciplinas ajenas al mundo del derecho. Aunque también algo mucho más interesante y en cierta medida aleccionador: que el propio concepto rebase las fronteras del derecho para pasar a ser compartido por otras áreas de conocimiento, ya de ámbito social, ya también, y quizá sea esto lo más singular de la idea, las de ámbito científico o tecnológico: ésta es la carta de naturaleza de la llamada Ciencia de la privacidad.

Aun cuando esta iniciativa científica es altamente innovadora, no es sin embargo rabiosamente nueva, pues la Ciencia de la privacidad debiera en puridad considerarse una rama de la llamada Web Science, o Ciencia de la Web. Así lo estima por ejemplo el profesor Kieron O’Hara, de la Universidad de Southampton, uno de los mayores expertos mundiales en la materia y uno de los principales promotores de la idea.

La Web Science por su parte nació a raíz de un trabajo publicado conjuntamente en 2008 por Tim Berners-Lee, el creador de la World Wide Web, y los profesores J. Hendler, N. Shadbolt, W. Hall y D. Weitzner, en el que propugnaban un “enfoque interdisciplinar para comprender la Web”: un enfoque que engloba perspectivas tecnológico-matemáticas (como la ingeniería Web, la informática, la inteligencia artificial o la matemática), científico-sociales (economía, derecho, sociología, comunicación…) y científico-experimentales (biología, ecología, psicología).

Dentro pues de ese más amplio contexto disciplinar, la Ciencia de la privacidad comienza a producir frutos tangibles en tres campos principales.

Uno de ellos es el de la identidad digital, al que ya hemos dedicado atención en un número anterior de La Ley en la Red: allí se resaltaba la multidisciplinaridad como uno de sus aspectos clave.

Otro es el de la llamada privacidad diferencial, cuyos más relevantes orígenes se hallan en trabajos de 2006 de la investigadora de Microsoft Cynthia Dwork. Basada en métodos matemáticos, la privacidad diferencial trata de combinar la mayor exactitud posible de las búsquedas en bases de datos estadísticas con la mayor salvaguarda factible de la privacidad respecto de los datos en ellas contenidos. Las aportaciones matemáticas procedentes de la privacidad diferencial se están demostrando de gran utilidad, por ejemplo, en campos como la transparencia pública, más singularmente el Open Data.

El otro gran terreno de acción para la Ciencia de la privacidad vendrá dado por la irrupción de un concepto clave en el mundo de la protección de datos: la llamada privacidad por diseño. Como resalta su primera formuladora, la Comisionada de Información y Privacidad de Ontario (Canadá), Ann Cavoukian, la privacidad por diseño pretende “encastrar la privacidad de forma proactiva en la propia tecnología, haciendo que actúe por defecto”. La Oficina del Comisionado de Información británica completa la definición señalando que ese diseño se incorpora a los sistemas de información “desde su mismo inicio, en lugar de añadirse a posteriori o ser simplemente ignorado”. La mejor muestra de su creciente importancia es su inclusión en la Propuesta de Reglamento general sobre Protección de Datos de la Unión Europea, de 25 de enero de 2012, aún en proceso de elaboración, concretamente en su artículo 23.

Lo que surge pues con la privacidad por diseño y por defecto es un íntimo y novedoso maridaje entre las exigencias legales y la arquitectura de las tecnologías de la información. En su clásica obra de 1999, y a propósito de Internet, Lawrence Lessig afirmaba que “el código es derecho”, dando a entender que los estándares y protocolos de la Red son pautas determinantes de su regulación: parafraseando esta idea, y a propósito de la privacidad por diseño, bien podría a la vez decirse que “el derecho es código”, en cuanto que las normas legales de protección de la privacidad pasarán a formar parte de la entraña tecnológica de los sistemas.

Así pues, las perspectivas de relación interdisciplinar, que justamente la privacidad está impulsando, no pueden ser más interesantes, y hasta apasionantes, diría yo. Aunque, como antes indicaba, también se revelan aleccionadoras, por constituir toda una llamada de atención frente a lecturas cerradas y reduccionistas de cualquier campo científico, el derecho por supuesto incluido: la colaboración interdisciplinar no es ya una opción, es una exigencia ineludible. La ciencia auténtica no admite barreras, ni conceptuales, ni burocráticas. Ni siquiera nociones consustancialmente jurídicas pertenecen ya en exclusiva al mundo del derecho.

 

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