Internet, YouTube y el videoclip “La inocencia de los musulmanes”

Publicado por el Sep 17, 2012

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Una vez más, Internet se convierte en escenario de un crudo choque entre libertad de expresión y discurso de odio, con graves ramificaciones políticas de por medio.

La película “La inocencia de los musulmanes” pasó desapercibida cuando se estrenaba en torno al mes de mayo de 2012 en una pequeña sala de California. No es de extrañar: aunque confieso que no la he visto, sí que he tenido acceso a críticas que la califican como pésima en calidad y lamentable por su mal gusto (mayor motivo aún para no verla).

Sin embargo, como tantas veces ha ocurrido en la corta historia de Internet como medio de masas, la propia Red ha contribuido decisivamente a la propagación y salto a la fama de contenidos que, en otras circunstancias, es muy posible hubieran pronto quedado sepultados en el olvido: la razón es la presencia en la plataforma YouTube de un trailer de la película de poco menos de 14 minutos.

Millones de personas que profesan la fe islámica se han visto por su parte justamente ofendidas ante un material que proyecta una imagen completamente distorsionada de su principal figura religiosa.

Y aquí tiene su origen el brutal e injustificable asesinato del embajador norteamericano en Libia y de otros tres miembros del personal diplomático estadounidense en ese país, en el asalto al consulado de los EE.UU. en Bengasi perpetrado la pasada semana. Igualmente la infinidad de disturbios, muchos de elos violentos, sucedidos en muchos países predominantemente musulmanes.

Ya se trata de un problema mundial, que ha evidenciado la peor cara de la quizá mal llamada “Primavera Árabe”, y ante el que algunos de los principales líderes de países islámicos (entre ellos algunos de los recién llegados a esa “Primavera”) han venido exigiendo a las autoridades estadounidenses la retirada del trailer de la plataforma YouTube en su totalidad.

Esto es lo más contraproducente ante situaciones de este tipo, pues el secuestro de la publicación estimula el interés general por su contenido, lo que a su vez espolea a terceros a diseminar el material, haciendo que su eliminación de la Red resulte en la práctica imposible. En España tenemos experiencia al respecto, a propósito de unas caricaturas de horrible gusto aparecidas en julio de 2007 en la publicación satírica El Jueves: bastó la decisión judicial de secuestrarlas, tanto en papel como en línea, para disparar el interés por verlas y su consiguiente reproducción en cientos de webs de todo el mundo.

Por otro lado, poco puede hacer el gobierno norteamericano, que en todo momento ha negado toda conexión con la película, producida a titulo enteramente privado y posteriormente subida en parte, también privadamente, a YouTube.

Todo ello sitúa el foco del problema en Google, propietaria de YouTube, como es sabido. De ahí que el propio gobierno norteamericano fuera el que instara a Google a “reconsiderar” hasta qué punto dichas normas resultan compatibles con el mantenimiento en la Red del trailer.

Google ha replicado que, con arreglo a esas normas, nada impide que el vídeo siga en linea. La norma que en este caso sería de aplicación dice así:

“[En YouTube] fomentamos la libertad de expresión y defendemos el derecho de todo el mundo a expresar puntos de vista impopulares. Pero no toleramos discursos que fomenten el odio (discursos que ataquen o degraden a un grupo por su raza u origen étnico, religión, discapacidad, sexo, edad, condición militar o identidad u orientación sexual).”

Y aquí empiezan los problemas, típicos de las controversias jurídicas (aquí también políticas) que tienen a Internet por medio.

Primero, porque esa norma rige en principio para todo el mundo: he tratado sin éxito de encontrar matices en función de idiomas o de Estados: si efectivamente existen, no estaría en absoluto de más que Google hiciera más sencillo acceder a ellos.

Segundo, porque esa norma única ha de aplicarse en cambio en países con culturas nacionales y políticas de inmensa variedad, dada la accesibilidad global de YouTube.

De hecho, consciente de que ese tipo de contenido encajaría con facilidad en la norma citada en países islámicos, y quizás alarmado por los gravísimos acontecimientos hasta ahora producidos, Google ha bloqueado el acceso al contenido en muchos de ellos (como Egipto, Libia, Afghanistán). En otros, como India o Indonesia, porque así lo exige su correspondiente legislación nacional.

Es probable que esa decisión se hubiera adoptado igualmente si el origen del material estuviera en algún país europeo. No en vano, un Protocolo adicional al Convenio sobre cibercriminalidad de 2001 del Consejo de Europa, firmado en 2003, tipifica conductas de racismo y xenofobia fácilmente asimilables a la que nos ocupa, pues menciona la religión como su posible detonante.

El gran escollo está sin embargo en los EE.UU., justamente el país donde la película se produjo. Google es también evidentemente una empresa norteamericana, en tanto que es presumible sea en servidores ubicados en ese país donde se alojen los contenidos.

Allí, el Tribunal Supremo ha establecido una protección prácticamente universal de la libertad de expresión, que únicamente excluye discursos peligrosos (gritar falsamente “¡fuego!” en un teatro abarrotado), provocatorios (de una discusión o riña violenta), subversivos, insultantes, y contenidos pederásticos u obscenos. Así lo recuerda el profesor californiano H.R. Cheeseman, entre muchos otros.

Buena muestra de ello es cómo los EE.UU., que firmaron y ratificaron el citado Convenio sobre cibercriminalidad de 2001, no llegaron a firmar siquiera el Protocolo sobre racismo y xenofobia de 2003.

En síntesis, y a la vista de este contexto legal, no puedo dejar de comprender la actitud del Gobierno estadounidense. Como también que Google no haya bloqueado el acceso al vídeo. Uno y otro son bien conscientes de la dificultad de aplicar en su país una cláusula sobre discurso religioso que en cambio es menos complejo poner en práctica en muchos otros lugares. 

No olvidemos que, si llevara el bloqueo a efecto en los EE.UU., Google se arriesgaría incluso a ser demandada por los autores y productores de la película, por posible violación de su libertad de expresión. Sería un ejemplo más de la delicada posición de los intermediarios como Google en la sociedad de la información, tantas veces a caballo entre distintas acusaciones, en este caso de censura si cortan el acceso, frente a connivencia con ofensas a los sentimientos religiosos, si toleran su permanencia en YouTube.

Con todo, persisten mis dudas. En primer término, porque las explicaciones dadas por Google para justificar el mantenimiento del vídeo en YouTube resultan a mi juicio insuficientes e incomprensibles: todo lo que la compañía alega para ello es que el contenido “es contrario al Islam, pero no al pueblo musulmán”. Sin embargo, el Diccionario de Oxford (la explicación se ofreció en inglés) indica que el Islam es precisamente “la religión de los musulmanes”, siendo además evidente que ese supuesto “pueblo musulmán” no tendría otro vínculo de unión que esa propia religión, al ser el Islam un credo compartido por cientos de millones de personas en múltiples países.

Por otro lado, si el gobierno estadounidense ha pedido a Google que “reconsidere” su decisión es porque estima que el contenido del vídeo resulta en el fondo contrario a esas normas internas. De otro modo, se habría limitado a señalar que, aunque deplora la película, la libertad de expresión le obliga a respetar su difusión sin restricciones, al tiempo que habría evitado dirigirse a Google en ningún momento. Aunque han hecho lo primero, es obvio que no han hecho lo segundo. Más aún, han afirmado asimismo que en ningún caso está en sus planes cercenar la libertad de expresión en el país.

En una palabra, las autoridades norteamericanas comienzan a tener problemas para acompasar un entendimiento enormemente expansivo de la libertad de expresión con conductas a mi entender, y aparentemente al suyo, abiertamente abusivas de su ejercicio.

Modelos como el citado europeo, sin embargo, hacen perfectamente compatible una lectura democrática de la libertad de expresión con la limitación de abusos de este tipo.

Sería pues deseable que Internet terminara actuando de detonante para una re-lectura de la libertad de expresión en esa misma línea, tanto en los EE.UU. como en cualquier otro país donde el discurso que incite al odio carezca aún de límites adecuados.

 

 

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