Internet y la cumbre de la UIT en Dubai (y II)

Publicado por el dic 31, 2012

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La Conferencia Mundial sobre las Telecomunicaciones Internacionales (CMTI) ha demostrado que en Internet se ventilan ya asuntos políticos y económicos de importancia tan creciente como crucial.

Ciertamente, en cuanto que es competente en materia de telecomunicaciones internacionales, la UIT puede reclamar autoridad indirecta respecto de Internet, al estar ésta construida y funcionar sobre la propia infraestructura de telecomunicaciones. Por eso hace notar Vinton Cerf que, en el mejor de los casos, “la UIT debiera quedar limitada a las capas de infraestructura del protocolo TCP/IP que subyacen a la capa de IP”. 
Ahora bien, Kramer y con él los 55 Estados que han rechazado la reforma tienen razón al sospechar que esos retoques permitirían que la UIT asuma competencias directas sobre un campo, el de Internet, en el que aquélla nunca ha visto reconocida su autoridad de esa misma forma directa. 
No otra cosa intentan conseguir preceptos aparentemente inocuos como los que invitan a respetar los derechos humanos, tan normalmente respetados en muchos de los países que no han firmado como ordinariamente ignorados en muchos de los que sí lo han hecho. Proclamar por otra parte el derecho a la conexión a la red de telecomunicaciones internacionales es a la vez paradójico: los países que más necesitan que se preserve (Siria, por ejemplo) ven justamente cómo sus propias autoridades buscan la mayor desconexión posible de sus poblaciones, en tanto que los que en mayor medida disfrutan de esa conexión sin límites se vienen beneficiando de ella sin necesidad de esa declaración internacional explícita.
En cuanto a las normas sobre seguridad o spam, es demasiado evidente que pueden dar lugar a abusos en manos de regímenes autocráticos. Por supuesto que habrá algunos países que harían un uso razonable de estas disposiciones, aunque es también palpable que muchos otros precisan justamente de este tipo de argumentaciones para interferir en la apertura de la Red y coartar de este modo esos mismos derechos humanos que antes de forma tan innecesariamente expresa se acababa de proclamar. Ésta de la seguridad es la típica excusa del autoritarismo para proteger excesos de poder, en éste y en todos los ámbitos.
Y respecto al tráfico de telecomunicaciones internacionales, basta remitirse a los comentarios vertidos en entregas anteriores de La Ley en la Red acerca de asuntos como la gestión de ancho de banda y sus problemas conexos (quizá por excelencia la llamada “calidad de servicio”) para percibir su relevancia respecto de la neutralidad de la Red y su apertura. En una palabra: no se puede regular el tráfico de las telecomunicaciones sin incidir en la neutralidad de la Red y por ende en la libertad en torno a Internet. No quiero con ello decir que con toda regulación del tráfico se quiebre la neutralidad de la Red, pero sí que toda regulación incide desde luego en la misma.
La postura de los 55 Estados discrepantes resulta por lo tanto, a mi juicio, más que razonable y yo la comparto. Forzado a optar por ella o por la contraria, me habría decantado en su favor.
En este sentido, los 89 Estados que han respaldado la reforma del RTI y la propia UIT con su secretario general a la cabeza debieran recordar que, si hubiera sido por ella misma o por la actitud de algunas de las operadoras de telecomunicaciones a la sazón existentes, Internet no se habría siquiera impuesto como la gigantesca y ubicua red de comunicación de datos que es hoy en día. Ya hemos hecho notar en un número anterior que la UIT, a través del protocolo OSI, compitió con todas sus fuerzas con el protocolo TCP/IP, el propio de Internet, por la supremacía global; y otro tanto hicieron algunas de las principales operadoras, sobre todo a través de la red X-25, verdadero modelo alternativo a la entonces llamada Arpanet. De manera que muy bien puede decirse que si Internet terminó por imponerse fue a pesar de la UIT (y de algunas de las operadoras de entonces). Afirmar en consecuencia que sin RTI y por tanto sin UIT no existiría Internet no deja de resultar, cuanto menos, irónico.
Tampoco resulta adecuado que el RTI adopte el modelo de voz para el tráfico de datos en las telecomunicaciones internacionales, por supuesto también en Internet. Como es sabido, ese modelo se basa en el principio “sender pays”, es decir, el “emisor paga”: todos estamos acostumbrados a ello al usar el teléfono, por ejemplo, y saber que si iniciamos la llamada y, por regla general, seremos nosotros quienes debamos abonarla. Internet siempre ha venido funcionando a la inversa: no paga quien emite la información sino, en su caso, quien la recibe en forma de servicio (una canción de iTunes, sin ir más lejos). De hecho, como hace notar Geoff Huston,  Investigador en jefe de la entidad de asignación de direcciones IP APNIC, el modelo “sender pays” es enteramente inadecuado para Internet, aunque solo fuera porque “el concepto telefónico de ´llamada´ no tiene un equivalente en Internet”. 
A pesar de todo lo dicho, el mero hecho de que nada menos que 89 Estados, algunos tan relevantes como China, Rusia o Brasil, se hayan decantado a favor de la reforma del RTI debe mover a la reflexión a los EE.UU. o a los Estados miembros de la UE, junto a los demás que han mantenido su línea. Por supuesto que no vengo a sugerir que se asuman posiciones insostenibles desde perspectivas democráticas, como venía a ser la propuesta rusa, apoyada por China, Arabia Saudí y otros, y afortunadamente retirada mediada la conferencia, de someter el gobierno de Internet a las Naciones Unidas, al tiempo que cada país obtiene carta blanca para administrar todas las direcciones IP y por tanto erigirse en dueño y señor de la Red en su respectivo territorio. Aunque sí que desde Europa, EE.UU. y otros países libres se comience a diseñar fórmulas que, manteniendo el actual modelo de gobierno multilateral de Internet (“multi-stakeholder”), permitan ir abriendo su gestión más allá del control norteamericano.
Internet está ya demasiado lejos de esos orígenes en los que apenas unía unos cientos de nodos en unas cuantas universidades estadounidenses: hoy tiene 2.500 millones de usuarios repartidos a lo largo y ancho del planeta. El mantenimiento del statu-quo como única estrategia es pues una línea que empieza a resultar excesivamente defensiva y que, en consecuencia, corre el riesgo de verse desbordada por mayorías contrarias en ocasiones futuras, puede que no muy lejanas.
Finalmente, y a diferencia de eventos pasados de relieve comparable, el de 1988, por supuesto, la cumbre de la UIT en Dubai ha recibido una atención inusitada en la opinión pública mundial, pese a tratarse de una reunión predominantemente tecnológica. Ello quizá apela a la meditación de todos, empezando por la propia UIT. La causa es bien clara: directa o indirectamente, la reunión afectaba a Internet, de Internet iba a hablarse y, como el secretario general Touré reconocía, de Internet se habló continua e intensamente en las sesiones.
Como el rey Midas con el oro, Internet convierte en trascendente cualquier asunto al que se refiere. La UIT lo ha experimentado, por así decir, “en sus propias carnes”. Una muestra más de que comienza a ser hora de dar respuestas satisfactorias, a escala mundial, a un medio con tan enorme potencial de globalidad, no solo geográfica, sino también política, económica y social.

 

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