El actual sistema de direcciones de Internet, un asunto digno de la mayor atención

Publicado por el ene 14, 2013

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El ya iniciado agotamiento de las direcciones IPv4 encierra riesgos de gran calibre para la Internet abierta.

Es sabido que en los años 70, los creadores del protocolo de Internet (Vinton Cerf y Robert Kahn) se apoyaron en un sistema de 32 bits para crear un número suficiente de direcciones IP. Con tanta simplicidad como precisión, el tecnólogo australiano Geoff Huston describe a su vez la función esencial de la dirección IP como la de ser un “identificador de extremo” (endpoint identifier): en otras palabras, la dirección IP actúa como elemento que permite que Internet individualice cada dispositivo a ella conectado, haciendo así posible la comunicación, gracias a que “cada dispositivo conectado cuenta con una única dirección”.

Gracias a esa técnica se lograron entonces generar casi 4.300 millones de direcciones IP, cifra que sin duda parecía más que respetable, si se tiene en cuenta que por entonces Arpanet, la “madre de Internet”, apenas si enlazaba unos cientos de máquinas en todo el mundo.

Sin embargo esa cifra ha quedado ya hoy ampliamente rebasada, como confirma el tecnólogo y empresario español Jordi Palet, de ConsulIntel: las direcciones IPv4 se agotaban en febrero de 2011 en el registro central de IANA/ICANN; en abril de 2011, en el registro de Asia-Pacífico (APNIC); en febrero de 2013, lo harán en Europa y Medio Oriente (RIPE-NCC); en el de Norteamérica (ARIN) entre abril y mayo del mismo 2013; y en algunos meses, se acabarán previsiblemente también en los de Latinoamérica-Caribe (LACNIC) y África (AfriNIC), en un proceso acelerado por los agotamientos anteriores, dada la previsible demanda allí redirigida desde las demás latitudes y principalmente proveniente de multinacionales del macro-sector digital.

El nuevo protocolo IPv6 es la solución, al establecer que las direcciones IP pasen, de tener 32, a contar con 128 bits. De este modo se pasa, de disponer de 232 direcciones (4.294.967.296), a tener 2128: es decir, 340 sextillones de direcciones IP, o más exactamente,   340.282.366.920.938.463.463.374.607.431.768.211.456. El consultor tecnológico californiano Steve Leibson lo ha traducido a términos “más manejables”: esta cifra “bastaría para asignar una dirección IPv6 a cada átomo de la superficie de la Tierra y aun así nos sobrarían para hacer lo propio con otros más de 100 planetas Tierra”. Un número ciertamente muy elevado, como se puede ver.

Ahora bien, el problema que en los últimos meses se viene planteando es que el despliegue del nuevo protocolo IPv6 se está produciendo a un ritmo excesivamente lento. Así lo denunciaba en una muy interesante y bien documentada conferencia João Damas, experto mundial en el tema y actual miembro destacado de la empresa Internet Systems Consortium. La conferencia se celebraba bajo los auspicios de Internet Society-España el día 20 de diciembre de 2012. 

A la vez, y como Huston señala en el indicado trabajo de 2010, “durante un cierto período de tiempo, Internet va a tener que funcionar como dos Internets”: la razón estriba en que “cualquier dispositivo que se adapte a IPv6 deberá mantener su capacidad para operar en IPv4 (modo pila doble o “dual-stack”) mientras subsistan máquinas que continúen aún funcionando exclusivamente en IPv4″.

Junto al referido del “modo de pila doble” IPv6-IPv4 para los dispositivos, el remedio transitorio previsto ante esta situación es algo que al fin y al cabo viene tradicionalmente sucediendo: la compartición de las direcciones IPv4, de manera que una sola dirección se abre al uso por toda una serie de dispositivos. Sin ir más lejos, la IP de mi domicilio se comparte, no solo por mi propio ordenador o tableta o smartphone, sino también por los de mis familiares, así como por toda una serie de dispositivos adicionales, como impresoras, reproductores musicales o consolas de videojuegos, entre otros. 

No obstante, el remedio de compartir los recursos de direcciones IPv4 existentes tiene limitaciones inevitables. Huston indica así que la compartición a escala doméstica no viene planteando dificultad alguna, cosa que por el contrario sí sucede si una sola dirección IP se abre a la utilización de miles de usuarios. Ello se debe a la necesidad de compartir “puertos” de acceso entre un número elevado de dispositivos, lo que lleva a posibles saturaciones y a que, en consecuencia, gran parte de esos miles de usuarios sufra fallos de funcionamiento en uno u otro momento.

Y aquí es donde entra en juego el acierto de la contribución de João Damas, al exponer el riesgo social de los remedios tecnológicos transitorios aquí descritos. Y se trata de un acierto porque el gran impacto de esos remedios transitorios desborda con mucho el estricto mundo de la ingeniería: en efecto, el riesgo principal de la compartición de direcciones IPv4 sería el de aumentar el peso de los intermediarios en la Red, tanto en las comunicaciones que se dirigen “hacia el exterior” (la visita a un sitio web, por ejemplo) como en las que tienen lugar de modo directo (v.gr. el envío de un correo electrónico).

Ese mayor peso de los intermediarios obedecería evidentemente a las mayores dosis de “ingeniería” o, si se quiere, de inteligencia, que la gestión de una red más saturada haría inevitables.

No obstante, una Internet inteligente es justamente lo contrario que sus fundadores pretendían: por toda una serie de razones que he analizado a fondo en otros lugares, Internet había de ser una red “tonta”, valga la expresión, una red constreñida a la mera función de transportar información “de extremo a extremo” o end-to-end, que desplazase pues “la ingeniería” a esos extremos o puntos finales. Aquí se basaba de hecho la esencia de la conmutación de paquetes, la revolucionaria alternativa de Internet a la conmutación de circuitos, propia de la red telefónica clásica. Y aquí descansan en el fondo la neutralidad de la Red y el carácter abierto de Internet.

Por eso vuelve a atinar Damas al considerar que la transición a IPv6 entraña el peligro de provocar “un cambio total, una ruptura del modelo de la Red”, que podría también conllevar “la tentación de crear subredes, la de obligar a usar servicios de un determinado proveedor o incluso a pagar peajes políticos a cambio de ´visibilidad´ en Internet”.

No puedo estar más de acuerdo con su punto de vista. Como también con su “receta” para hacer frente a la situación: los proveedores han de esforzarse por desarrollar la transición hacia IPv6 del modo más ágil posible. Añado: también los poderes públicos, gracias a un mayor celo en la supervisión de este proceso: ¿quizá, y cito aquí una idea del vicepresidente de ISOC Josu Aramberri, obligando a la fabricación de dispositivos, como los mismos routers, que incorporen la pila doble IPv6-IPv4?

Nada mejor para asegurarse de que todo ello sea así que contar con usuarios conscientes de esa misma necesidad: IPv6 ha de implantarse definitivamente a la mayor brevedad. Los riesgos aquí descritos lo hacen bien urgente. Y qué duda cabe de que llamadas de atención como la de João Damas coadyuvan muy eficazmente a esta importante labor. 

 

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