El fin de la eternidad

El fin de la eternidad

Publicado por el abr 24, 2013

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La mañana siguiente al fin del guardiolismo el entrenador con un panorama más despejado resulta ser precisamente Pep Guardiola. De los otros dos implicados en el 4-0 de Múnich, Heynckes sabe que no puede seguir en el Bayern la temporada que viene, también por Guardiola, y Tito Vilanova se encuentra ante la tarea de gestionar un agujero.

Los derrumbes, una vez puestos a correr, se cobran víctimas inesperadas. El final del Real Madrid de los galácticos se llevó en 2006 por delante a Florentino Pérez pero sobre todo comenzó a marcar a otro personaje hasta entonces inexistente para las masas. Cuando dos años después Martinsa declaró el mayor concurso de acreedores de la historia, Fernando Martín, aquel presidente fugaz, colocó en las barras de todos los bares incomprensibles rompecabezas financieros. El fin de los galácticos se llevó por delante su cómoda inexistencia.

Efectivamente, el 4-0 es sólo una marca artificial en un progresivo desleimiento de una obra gigantesca. Una guía de control. Pero los mastodontes no se dan por caídos sin una buena ración de estrépito. Como aquel otro 4-0 del Milan al Barcelona en la final de la Champions de Atenas en 1994. La señal perceptible de un lento derribo sucedido en silencio y, por ello, discutible. Aquel Barcelona de Johan Cruyff también ganó la Liga esa temporada, como está a punto de hacerlo ésta. Aquel Barcelona ya nunca volvió a ser el Dream Team.

El fin del guardiolismo, que no se lleva por delante a Guardiola, antes que nada con lo que arrasa es con uno de sus propios dogmas. No se puede dudar de este equipo, se ha machacado. La letanía ha servido, entre otras cosas, para silenciar la caída. Quizá precisamente la duda habría permitido detectar algunos signos iniciales. La prohibición de la duda encerraba cierta belleza, la del tiempo detenido en algo inalcanzable nunca más. La eternidad.

No se puede dudar de un equipo que ha ganado 13 títulos de 16 disputados. De aquel, quizá no, pero ese equipo asombroso sólo sobrevivirá en la memoria, que no es poco. Eliminar la duda conseguía el imposible de hacerlos eternos más allá de la palabra. Eso ha terminado. Regresan al viejo lustre de las hemerotecas.

Las ventajas prácticas del estrépito del 4-0 resultan evidentes, aunque tal vez incómodas para los eternistas. Interrumpe las letanías y permite volver a pensar. Se puede, por ejemplo, dudar del Messi visto en Múnich. De manera comprensible, Messi ha sido el paradigma de ese decreto de extinción de la duda. Messi juega siempre. Esté como esté, siempre es el mejor del mundo. Cómo dudar de un jugador con cuatro balones de oro. Cómo no caer también en la trampa. “El Balón de Oro debería llevar el nombre de Messi”, decía Ibrahimovic. Ese Messi, indiscutible en las hemerotecas, no compareció anoche sobre la hierba muniquesa.

Aferrado a esa bella certeza de la eternidad, el Barcelona creyó también en jugadores inagotables. Messi, Puyol. Habían abolido los calendarios. Podrían renovar hasta la muerte, del mismo modo que los demás no necesitarían dosificar esfuerzos. Era posible ganar la Liga en noviembre, firmar la primera mejor vuelta de la historia y seguir hasta Wembley adormecidos en la letanía contra las dudas. Contra el dogma, anoche se vieron jugadores derretidos en Múnich.

Contra el dogma, el estrépito del fin del guardiolismo, que Guardiola vio que le sucedía a otro. Mientras, él lo que tiene delante es la gestión el heynckenismo, esa costumbre de desaparecer justo en la cima. Con la séptima del Madrid. Con el golpe simbólico a un equipo asombroso.

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