La Gran Belleza

La Gran Belleza

Publicado por el Feb 23, 2014

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No imagino mayor premio que el de observar un atardecer en Roma, desde la hamaca de una terraza privilegiada, con la compañía adecuada. Y soñar. Para los que conocemos Roma de verdad, ese caos circulatorio, esa mezcla de ruidos de motos y de palomas volando en masa, esos olores extraños entre el orégano y la gasolina y esos colores rojos, son inolvidables. “Roma è vera”. No es una ciudad con “pose” como París, ni una ciudad de acero como Nueva York, ni una triste como Praga. Roma podría ser esa exuberante hermana mayor de Lisboa y Sevilla, porque solo ellas tienen una luz y un sonido tan especial, tan de verdad, tan delicioso.

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Por eso nos parece acertadísimo elegir Roma para una película como “La Gran Belleza”. Independientemente de que  la trama y algunas escenas sean surrealistas y  a veces cansen, Paolo Sorrentino ha conseguido capturar la belleza con gran “finezza”. 

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La colina del Janículo en Roma, un lugar con vistas impresionantes, es el primer escenario. Jep Gambardella, un periodista seductor, desencantado y “bon vivant” interpretado magistralmente por Tony Servillo, busca la ilusión de nuevo, soñando con volver a escribir una novela mientras disfruta de Roma desde su terraza.  
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Decenas de imágenes de los impresionantes Museos Capitolinos – los más antiguos del mundo –nublan al espectador con ese exceso de belleza tan brutal. Los personajes, elegantes y contradictorios se pasean por salones, despachos y jardines de ensueño. Incluso las mesas, las vajillas,  la comida que se sirve y las bebidas,  son deliciosamente atractivas.

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“Il Fontanone” del Janículo, el acueducto del “Acqua Paola”, las balaustradas, templos y suelos de impresión, mantienen a la audiencia con el silencio y la boca abierta del que admira la belleza a bocajarro.

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Pero sin duda, sin ninguna duda, la belleza de los trajes de chaqueta del protagonista, saltan a la vista desde las primeras escenas. Convierten a un hombre corriente de 60 años en un armónico conquistador. El carisma del actor, el del personaje y su manera de vestir, nos hacen casi enamorarnos de ese hombre desesperado y cansado de la vida. No puede ser. Y solo entonces descubrimos que el autor de esos impecables trajes es el magnífico Cesare Attolini, el mejor sastre del mundo. Lo sabía…
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Y así, rodeados de obras de arte en piedra y en tela, entre la decadencia y el paraíso, la fotografía de esta película abruma y agota por ser un manantial apabullante de belleza exagerada. Un festín visual, un poema de admiración a la gran belleza, a la gran Roma.

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