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La capilla de San Álvaro

Vista desde el altar

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A esta hora en la que escribo, la Virgen de la Estrella preside el altar mayor de la iglesia de San Fernando, recién remozada y tapadas las cicatrices de una extraña arquitectura que parecía querer convertir los templos en gimnasios. No merecía otra cosa esa hermandad que ha construido un edificio cristiano sobre roca y brilla el Lunes Santo con la misma autenticidad con que trabaja todo el año.

En el lugar principal está también, en la que desde el año pasado es la Casa de la Madre, la Virgen de la Merced, porque si los feligreses de San Antonio de Padua piensan en su cara cuando hablan de María Santísima, justo es que esté en altura y lugar de Reina. En el presbiterio de San Agustín, donde encaja con el guante de los siglos y la devoción, está ahora la Virgen de las Angustias para su triduo de septiembre, que por primera vez en más de medio siglo se celebra allí. Más de la mitad de las cofradías celebran ya sus cultos solemnes en el altar mayor de las iglesias, con manos libres para montar y desmontar y sin necesidad de recurrir a los laterales que marginan a las imágenes.

Nadie habría soñado hace diez o doce años con un panorama parecido, cuando parecía que las pequeñas humillaciones y la intransigencia estaban escritas en algún manual para tratar a las hermandades, cuando la letra pequeña, o su ausencia, bastaba para retirar imágenes de apóstoles o para dar portazos a cofradías sin sede por obras en la suya, cuando había imágenes bendecidas en casas particulares que no querían en ningún templo, cuando tantas veces las cofradías se limitaban a existir y no parecían tener en sus iglesias más derecho que la estancia de sus titulares y la obligación de molestar lo menos posible.

Ahora el trato es distinto, las hermandades van naciendo en algunos lugares bajo firmes directrices pastorales como instrumentos que ayudan a la parroquia a evangelizar, las que ya existen disfrutan del aprecio de sacerdotes que les dejan hacer y otras muchas no sienten que estén de prestado en ningún sitio. El pastor conoce por su nombre a cada oveja y la respeta tal y como es, y no se priva de mostrar su afecto.

Es curioso, porque al volver la vista atrás está la sensación de que en este tiempo las cofradías hayan mejorado tanto como para ganarse una consideración mejor. Hay hermandades más numerosas en ciertos aspectos, todos ellos menores, y aspectos de la Semana Santa que viven un periodo de esplendor, pero no se ve tampoco más altura espiritual. Quizá el paso del tiempo haya limado las aristas de aquellos años en que no faltaba el dinero, pero tengo la percepción de que el mundo de las cofradías no es ahora en líneas generales mejor que antes. Más grande sí, desde luego, pero también más áspero, con subsectores demasiado inflados y con más apego de afición que de fe. Justo es decir que todo eso puede servir para llegar a Dios, pero también tienen las suficientes distracciones para quedarse en tecnicismos.

Quizá ahora se recojan los frutos del trabajo o tal vez hayan llegado justo cuando toque bajar una pendiente, que bien se sabe que la evolución de las cofradías jamás es un llano. Desde luego que las hermandades merecen el mimo de hoy tanto si son buenas ovejas como si están descarriadas, o más incluso en el segundo caso, pero yo rezo para que desde los altares, sea en los permanentes o en los de cultos, las imágenes puedan reconocer a los suyos, que no siempre coincide con el listado general de hermanos.

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