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La capilla de San Álvaro

Velad

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«Alma feliz por siempre, pues lo fuiste un instante»
Pablo García Baena

¿Quién se acuerda hoy del parón entre la Reina de los Mártires y la Oración del Huerto, quién de los problemas en las sillas de la carrera oficial de un día que aspira a serlo para siempre, quién de las cofradías que fueron un rato solas por el camino de vuelta a altísimas horas? El olvido, piadoso como cantó Serrat, sólo se llevó la mitad de aquel día de hace ahora tres años y dejó para siempre el andar triunfal de un palio por Torrijos arriba, la fila de tulipas encendidas en la calle de la Feria y el aire dichoso de un sueño al regreso, cuando parecía que las cofradías habían querido hacer un cielo para aquellos que las aman.

Tres años después los problemas se han olvidado y las fotos ponen en la cara una sonrisa a la que no se asoman las sombras de ningún mal recuerdo. Aunque la Catedral pareciese por dentro un campo de refugiados descansando contra las columnas, aunque los hermanos mayores vivieran al borde de la deshidratación y los sufridos cofrades de cirio soñasen con el momento de volver a casa, desde aquel 14 de septiembre de hace tres años la vida nunca volvió a ser igual. Todo lo que soñaron los cofrades cordobeses desde chicos se hizo verdad: respiró la ciudad por el único pulmón de sus hermandades, en las aceras quienes miraban sabían lo que tenían delante y se comportaban, los de fuera se marcharon con la admiración de haberse asomado a tesoros que sólo conocían por fotos, incluso de haber visto joyas que nunca esperaban, y los complejos de toda la vida callaron con la boca tapada por un sano orgullo.

En realidad nada había nacido aquella tórrida noche de septiembre; más bien se puso en la calle el trabajo de muchos años. Las cofradías que habían creado pasos excelentes granito a granito los enseñaban así todos los años, pero quizá hasta que no se vieron todos juntos y los de fuera no dieron el sobresaliente, y muchos lo dieron, y entre los más exigentes, había costado incluso darse cuenta de lo mucho bueno que ya había. Desde aquel día inigualable, más hermoso conforme más vaya pasando el tiempo, vive la Semana Santa de Córdoba con el impulso de alcanzarlo de nuevo, como si una vez que se ha probado la delicia que se gozó ya fuese imposible vivir sin ella.

Hasta la carrera oficial que está naciendo viene marcada por la añoranza de aquel día, cuando habrá que felicitarse por saber que se ha conseguido, pero también caer en la cuenta lo antes posible de que no habrá otro 14 de septiembre como aquel, ni en Domingo de Ramos ni en Jueves Santo ni en ningún día. Más bien habrá que trabajar para que la belleza y la calidad sigan creciendo, como se trabajó en los años anteriores sin que nadie imaginara siquiera que un Vía Crucis Magno era posible. «Velad, porque no sabéis el día ni la hora en que vendrá vuestro Señor». El instante feliz no volverá, aunque vengan otras dichas y al fin y al cabo de la memoria siempre hay que desconfiar un poco. Como dijo Sabina, «no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió».

 

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