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La capilla de San Álvaro

Urge el silencio

La Semana Santa, siempre piadosa, proporciona la coartada perfecta. Es el pueblo ignorante, los cordobeses que no están a la altura de lo que se les brinda, la gente que sale a la calle sin saber lo que tiene delante y no lo respeta. Para muchos da lo mismo ver a una cofradía que el desfile del Carnaval, un espectáculo que contemplan de forma pasiva, entre palmas y conversaciones, sin apreciar el esfuerzo que ha costado sacar los pasos a la calle.

Se le pueden añadir más adjetivos y salpicar de más lamentaciones, pero más o menos con eso se puede apañar la excusa para saber por qué hay procesiones que caminan entre murmullos. La explicación se desploma como un puente dinamitado cuando los recuerdos frescos y los vídeos perennes dicen que tampoco en la memorable procesión extraordinaria de María Santísima de la Paz y Esperanza hubo demasiados cofrades que se deleitaran en silencio y disfrutaran de la música o de rezar con calma. Los exquisitos que en su día están con Madre de Dios de la Palma, los Panaderos y hasta (hay gustos para todo) el Carmen Doloroso ahora podían acompañar a la Paz y demostrar cómo hay que ver a una cofradía. El pueblo que sale por ocio no era esta vez mayoritario.

La memoria de los momentos estropeados por el gallinero se esfumará con el tiempo y quedará la belleza del arco iris efímero en los cristales del palio en la tarde temprana, pero los vídeos duran más, y así pasa que mientras la Virgen avanza por Deanes y suena la maravillosa, universal marcha «Nuestro Padre Jesús» quienes atestan la calle estrecha tienen cosas muy importantes de las que hablar como para dejar que los demás disfruten de la belleza de la imagen o de la música que se le ofrenda. Suenan los siseos, que si a veces son un poco odiosos por querer reglamentar la fiesta en unos parámetros que no siempre son fieles a su esencia, estaban del todo justificados, y sonaron muchas veces, porque ni el memorable contracanto del requinto y las flautas en el trío, como de amanecer de Viernes Santo, dejaban disfrutar. Doble pecado, pues no se sabe por qué extraña razón empieza a ser difícil escuchar en la calle esa joya jiennense, clásica y emocionante a más no poder.

No había en Deanes aceras atestadas de comedores de pipas, más que nada porque no cabían, y esta vez eran los mismos cofrades, esos que pasan los días infinitos de julio y las noches de diciembre entre fotografías y versos ripiosos, los que daban la nota sin parar de hablar, y si se habla no se mira a la Virgen. Aquellos que se dicen doctores en procesiones con los más pequeños detalles y que pontifican sobre el modo de comportarse daban una clase magistral de cómo hacerlo al contrario. Con ello tendría que ver el extraño tramo que había brotado con descaro delante del paso, trufado de mirones y fotógrafos que querían sacar a María Santísima de la Paz y Esperanza muy guapa pero no consideraban imprescindible no estorbar en el cortejo ni en lo que la rodeaba.

Nada de culpa tiene la hermandad que se pone en la calle, y que no puede contratar seguridad para que esta gente se comporte como siempre le exige a los demás, y tampoco era la primera vez que una cofradía caminaba entre murmullos en un salida extraordinaria. El mismo cuerpo de acólitos sin dalmáticas le creció, cuando no había Tres Caídas haciéndole la competencia, a Nuestra Señora de las Angustias en 2008, con el mismo ruido e idéntica falta de estética y de pudor. Los que recuerdan los primeros años de la Virgen de la Presentación en la calle, todavía sin el tirón del Cristo, conocieron las charlas y compadreos entre los cofrades, pues eran sobre todo ellos quienes la acompañaban en aquel tiempo y no consideraban imprescindible respetar su austeridad. Urge silencio y no sólo para disfrutar de la música, sino para pensar mucho y rezar más: los siseos desnudan de su traje de palabrería y lentejuelas a muchos de los que en estos tiempos se dicen cofrades.

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