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La capilla de San Álvaro

Tiranía inevitable

En contra de lo que piensan quienes ven política por todas partes, el buenismo no empezó hace diez años como una forma liviana y dulzona de rendir el fuerte de los valores. En las cofradías hace demasiado tiempo que la corrección política más puritana y la voluntad suavona de no querer hacer daño al susceptible produce situaciones que buscan la igualdad y en realidad agravian a quien sí hace las cosas bien o por lo menos merece un trato mejor. Antonio Varo, ya galoneado por muchos años de veteranía, recuerda que había quien se entretenía en contar las líneas que se dedicaba en los periódicos a cada hermandad, para después quejarse de los agravios comparativos y de que algunas tuvieran más espacio que otras.
En Sevilla, por ejemplo, no tenían ese problema, y basta con echar un vistazo a la galería de carteles de la Semana Santa para comprobar una considerable presencia de Gran Poder, Cachorro, Macarena, Amargura y demás cofradías mayores, y hasta la fecha no he escuchado nunca quejarse demasiado a las damnificadas, quizá porque tienen claro que de esa jerarquía indiscutible nació el humus en el que ellas han crecido y se han hecho un hueco en una clase media meritoria, pero alumbrada por lo que sus hermanas grandes forjaron. En Córdoba todavía se escucha el eco de quien piensa que cualquier cosa preparada con cariño y “devosión” está bien, incluso igual de bien que lo que otras hagan con el criterio de los siglos y el trabajo bien hecho, y no hace falta poner ejemplos, porque todo el mundo los tiene en la cabeza. A quien no le guste siempre podrá mirar para otra parte, pero la comparación en estos casos es ofensiva para quien tiene un proyecto serio y trabaja para conseguirlo mientras ve cómo lo emparejan con los legisladores del mínimo esfuerzo. Como todas son imágenes de Dios y de la Virgen, pues todas son iguales, dicen estos socialistas cofradieros, y se quedan tan tranquilos.

Nuestro Padre Jesús Nazareno, en el Via Crucis de La Rambla. FOTO: RAFAEL CARLOS LEÓN RAMÍREZ

Nuestro Padre Jesús Nazareno, en el Via Crucis de La Rambla. FOTO: RAFAEL CARLOS LEÓN RAMÍREZ

Desde luego que cada uno tiene el corazón donde puede o quiere, y en esos terrenos no habrá que entrar, pero de vez en cuando la realidad pone las cosas en su sitio. Lo pensaba el sábado pasado en La Rambla, en el Via Crucis que se organizó con motivo del Año de la Fe, y que como esperaban todos los forasteros que allí fuimos, estuvo dominado con tiranía inevitable por dos imágenes: Nuestro Padre Jesús Nazareno y el anónimo y también portentoso y barroco Cristo de la Expiración. El primero, sobre todo, venía con todos los ingredientes para no gustar a los amantes del trasplante mimético: en unas andas de plata llevadas a hombros, como toda la vida en la Campiña, sin adaptarse a la música, sin tez morena ni canela ni clavo, y encima con una túnica de cola –magnífica, por cierto- y bordada que apenas se movía “como si estuviera andando”.

A todas estas faltas de lesa globalidad se sobrepuso, como no podía ser de otra forma, el soberbio Cristo de Juan de Mesa, indescriptible por cualquiera de los perfiles, tierno y fuerte al mismo tiempo, triste y bello aunque cercado por el sufrimiento, en perpetuo diálogo con los que le buscábamos la mirada desde las aceras, tan sobrecogedor por lo que mostraba como por lo que guardaba en el interior y que había que encontrar. Allí estaba, en la madera tallada menos con las manos que con un impulso sobrenatural y prodigioso, todo aquello que ha mantenido a la Semana Santa en las calles tantos siglos, en un misterio que algunos podrán querer explicar con palabras y otros seguirán sobrecogidos pensando que ni siquiera pueden acercarse a comprenderlo, pero que está muy cerca, tan cerca que se ve y se toca y se le reza. Dios con nosotros expresado con la inspiración alta y honda que imaginarse pueda para consuelo y gozo de todas las almas.

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