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La capilla de San Álvaro

Sobre marchas y prejuicios, por F. Javier Santos

 

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Hay formas y estilos musicales que acaban siendo víctimas de aquello que son su única razón de ser. Las marchas procesionales surgieron con el propósito de ser tocadas detrás de los pasos de Semana Santa, y su marcadísimo carácter popular y religioso, el hecho de estar concebidas para bandas de música (integradas en su mayoría por músicos no profesionales) y el imperativo de ser interpretadas en movimiento y en la calle suponen quizás el insalvable obstáculo que impide en ciertos ámbitos más o menos «cultos» analizarlas desde un punto de vista objetivamente musical.

Mi condición de melómano me obliga a despojarme de prejuicios musicales, o al menos me pone en el deber de intentarlo, y por tanto me gusta estar abierto a cualquier propuesta cuando procede de algo o alguien lo suficientemente cercano y fiable, rechazando tan sólo aquello que sencillamente no soporto, tipo «triunfitos» o similares, o que asocio a hechos o personas de desagradable recuerdo, y no siempre en este último caso. He de apuntar además que no soy religioso, pero el interés de una persona profunda y activamente devota y estrechamente ligada a las actividades cristianas de estas semanas, que a su vez me ha demostrado estar en posesión de una vasta cultura y de una innata predisposición y sensibilidad hacia el arte, ha supuesto el suficiente estímulo para centrar mi atención en una forma que, lo confieso, nunca me hubiese interesado.

Empecé por la escucha de una selección de marchas que él mismo me proporcionara hace pocas semanas, debidamente comentadas para una mejor comprensión, y ha continuado, hasta el momento, con la asistencia al Concierto Extraordinario de Cuaresma que la Orquesta de Córdoba ofreció el pasado domingo en el Gran Teatro. Esta música nunca llegará a imponerse entre mis gustos musicales preferidos; las sombras de las sinfonías de Beethoven, de los conciertos de Brahms o de las óperas de Wagner son infinitamente alargadas para admitir competencia, pero es justo aceptar que conforman un universo apasionante y que más de una merecería un reconocimiento más allá del estrecho marco en el que ahora mismo se encuadran, capaces de mostrar una riqueza de inventiva, de oficio y de inspiración extraordinarias cuando son interpretadas por una formación profesional en un entorno medianamente propicio para la concentración y la atenta escucha. Nombres como los de José de la Vega Sánchez, López Farfán o los integrantes de la saga Font, por poner unos ejemplos, ofrecen trabajos que no dejan indiferente a nadie y que, rebosando religiosidad y devoción muestran, aparte de toda una lección compositiva, un fenomenal alarde de control psicológico sobre el auditorio por sus sutiles e inteligentísimos manejos de los tiempos y de la escenografía.

Desconocía (y sigo desconociendo) activamente el mundo de las marchas procesionales, por otra parte tan nuestro, pero invito a despojarnos de cualquier atisbo de prejuicio para acercarnos con actitud positiva a una forma musical en absoluto menor que a buen seguro nos producirá más de alguna agradable sorpresa. Y agradezco de paso a la persona antes mencionada su interés por compartir conmigo algo que le es tan importante, abriendo mi mente a nuevas y desconocidas sonoridades y enriqueciéndome de paso un poco más tanto cultural como musical y personalmente. Porque eso es lo que hace el arte, que es de lo que estamos hablando, ¿no?

 

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