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La capilla de San Álvaro

«Señor de la Caridad», el sueño de lo imposible

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La idea de que una marcha procesional pierde interés si no se puede interpretar en la calle ante la imagen a la que se dedica tiene una vida corta. Por supuesto que el compositor escribe para que su obra se difunda, y que la forma natural de hacerlo es durante la estación de penitencia, mejor fuera del templo, y que casi siempre lo fácil es que la marcha se interprete para la corporación dedicataria. A veces la comunión entre las notas y la imagen es alta y parece que ambos nacieron de una misma revelación, y la hermandad asume la pieza como una joya de su patrimonio. Otras veces la marcha tiene una fuerza tan alta que trasciende de los límites de una cofradía para empapar a muchos lugares. ¿Cuántas hermandades de Andalucía recuerdan momentos grandiosos de sus titulares mientras sonaban «Amarguras», «Virgen del Valle», «Nuestro Padre Jesús» o alguna de las perlas macarenas?

Por esas extrañezas de su ser singular, Córdoba enseñó hace ya muchos años que se podían escribir marchas excelsas para imágenes que nunca, o casi nunca, las escucharían en la calle. «Es un honor, pero somos de silencio», cuentan que le dijeron en la Buena Muerte a Pedro Gámez Laserna cuando llevó los papeles de «Saeta cordobesa» y «Salve Regina Martyrum». Hubo inolvidables días en que las dos obras sonaron para la Dolorosa de San Hipólito, pero la severidad de su Madrugada no impidió que en toda Andalucía las aclamasen (sobre todo a la primera) como monumentos musicales desde mucho antes.

No todos lo saben, pero también la hermandad de la Caridad, asociada a una música muy concreta, tiene dos marchas excepcionales, y quizá la más grande no sea la de un Gámez todavía primerizo aunque con todo su genio a cuestas, sino la de Francisco Melguizo. «Señor de la Caridad» es el título de una marcha que llegó en una década portentosa para la música procesional de Córdoba: entre 1949 y 1958 escribió Dámaso Torres «Misericordia, Señor», Gámez Laserna «Saeta cordobesa» y «Salve Regina Martyrum», Melguizo «Lágrimas y Desamparo» y «Paloma de Capuchinos», y Enrique Baéz «Virgen de las Angustias» y «Jesús Caído». Que se dice pronto. Y otras menos conocidas que deberían serlo más: José Timoteo brindó «Santísimo Cristo de las Penas» y «Jesús Rescatado», y Luis Bedmar «Vida de un alma».

En 1956, cinco años después del vínculo de la Caridad con el Tercio Gran Capitán de la Legión, escribió Francisco de Sales Melguizo Fernández (Córdoba, 1915-Sevilla, 1998) una de sus obras más personales, una marcha fúnebre en toda la extensión de la palabra, que si por su concepción es un misterio, como pieza musical merece un sitio en muchos repertorios. Se abre con un lúgubre tema en las tubas y metales graves, que poco a poco va ascendiendo. Dos elegantes de llamadas de los trombones abren paso al tema principal, en el que ya es protagonismo es de los clarinetes. Aquí la obra adquiere cierto tinte romántico, aunque será por poco tiempo: vuelven los trombones en un fuerte de bajos muy original y dramático, que va ofreciendo una escala ascendiente que llega a recordar en ciertas cosas a la actual «Subida al Calvario», para luego tornar al tema de apertura y a las llamadas de los trombones, que dan paso a otra sección, esta vez el tema de la marcha real, presente ya en las dos primeras marchas del autor, ahora con rica ornamentación.

Dos compases de caja y los platos dan paso al trío, con una melodía muy inspirada, rico contrapunto y aire otra vez de marcha fúnebre romántica, que al reexponerse se vuelve más brillante, con llamadas de las trompetas que conectan con las que ya se habían escuchado. Precisamente esta música va tomando protagonismo hasta quedarse en el oído cuando la pieza ha terminado. «Señor de la Caridad» deja un gran sabor de boca y la pregunta de por qué la escribió su autor. Su hijo, Cayetano Melguizo, no sabe la respuesta, pero sí insiste en que no fue un encargo, sino una decisión personal. ¿Amistad con alguno de los hermanos mayores que tuvo en aquel momento la cofradía de San Francisco, y que a su vez también tenían relación con la parroquia de San Pedro y con la hermandad de los Santos Mártires? Tal vez tuviera que ver el canónigo Félix Romero Mengíbar, luego obispo de Jaén y arzobispo de Valladolid, muy vinculado a la cofradía del Jueves Santo. O quizá siempre vocación personal, porque, como bien recuerda, Francisco Melguizo tuvo devoción sobre todo por la excepcional Dolorosa que va a los pies del Crucificado. Aporta además el dato de que la instrumentó Enrique Báez, y bien que se nota.

Lo cierto es que «Señor de la Caridad» volvió a sonar ante la imagen que la inspiró recuperada por la banda de la Esperanza, en un concierto por Santa Cecilia. Será complicado que lo haga en la calle, aunque las cofradías de vez en cuando se abonan a lo insólito y lo imposible llega, pero no es nada que exima a las cofradías con buen gusto y a las bandas con criterio de incorporarla a sus carpetas, como hacía la Virgen del Mayor Dolor del Calvario al volver de la Catedral frente al arco de San Francisco, presa la luz alta de la candelería entre los naranjos. Más de una marcha excepcional sigue sonando, gracias al buen gusto de cofradías y bandas, aunque ya no pueda ofrendarse a su dedicataria.

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