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La capilla de San Álvaro

Revolución

Para Joaquín de Velasco

¿Qué le hubiera yo preguntado a Ángel Redel el día en que la Virgen de los Dolores rompía el luto de Viernes Santo, el negro que entonces llevaban tantas dolorosas, para vestirse de rojo y azul y dejar tras de sí una estela de palomas alegres tridimensionales mucho antes de que se inventara esa palabra? Lo pensé en algún momento del sábado, cuando, entre rezo y rezo a la Señora, me refugiaba en la pieza soberbia que llevaba sobre los hombros y que todos los cofrades miraban una y otra vez con estupor y admiración sin límite.

mantopalomas

Por detrás de la Virgen y del día especial en que se recordaba su coronación, menos importante que las avemarías que se le rezaban para que nos ayudara en el trasiego de los días, el 9 de mayo era para muchos una de las pocas veces que veían en la calle el mítico manto de las palomas y algunos hasta reparaban en que tenía bastante más de un siglo. Los que estaban acostumbrados a mirar sabían que en la Córdoba de 2015 seguía tan innovador, subversivo y arriesgado como el primer día, como si su lección se hubiera congelado en el tiempo y nadie hubiera sido capaz de coger el mismo camino. No me crucé con nadie que no se hubiera enamorado de las vistas suntuosas, de la forma en que los laterales caían por el perfil y parecía que las alas se movían, de las líneas que conducían en una elipsis figurada hasta la corona de Reina de la Virgen de los Dolores.

Cuando han pasado 117 años de su estreno, el manto de las palomas me hace reflexionar sobre lo que se dibuja para las cofradías, de abusar de la palabra clásico para definir la ausencia de ideas de verdad y del momento en que la innovación se detuvo y comenzaron las vueltas a los mismos conceptos. No se podrá comprender sin estudiar el arte de su tiempo, la ornamentación con la que se trabajaba, el modernismo que llegaría como un eco y hasta la prefiguración de Julio Romero de Torres y de la ruptura de Farfán (¿no andaría por Córdoba entonces?) que laten en él. La pregunta que le hubiera hecho a Ángel Redel o a los cofrades que vistieron a la Virgen de los Dolores de azul y rojo el Domingo de Ramos de 1898 era imposible en aquella escueta y muy humilde Semana Santa de Córdoba, y casi intuyo su respuesta: quien ideó el manto de las palomas y su saya quizá se hubiera sentido capaz de cimentar otra revolución estética igual o mayor que aquella que luego lo anegó todo.

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