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La capilla de San Álvaro

Reconciliación, por Joaquín de Velasco

 

 

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Hubo un momento en el que llegó a pensar que había dejado de creer. Aunque realmente eso nunca pasó del todo. Pero los avatares de la vida le habían alejado bastante. Sin embargo nunca se fue definitivamente, aunque intentaba anestesiar su conciencia autoafirmándose en que lo que le movía era la inercia. O el respeto a una tradición de sus mayores. O la amistad y el compañerismo surgido a base de ensayos. O un mero sentido artístico.

 

Quizás nunca se fue del todo, pero se había alejado lo suficiente. Y sin embargo estaba allí. Un año más, quizás preguntándose por qué. Esperaba la hora prevista. Y en su espera repasaba mentalmente lo que veía.  El altar de insignias llamó su atención. Tras las bocinas, dispuestas con airosa elegancia a modo de símbolo que anuncia lo que está por venir, se apreciaba el simpecado, un estandarte en forma de letra “M” de María, bellamente bordado, con una imagen virginal en su centro, creado para  destacar la limpieza, la pureza inmaculada de la madre que intercede por sus hijos. 

Opuesto a la insignia mariana se disponía el estandarte que representa al colectivo de cofrades. Su escudo concretaba en muy poco espacio la historia, la finalidad, la razón de ser de la institución a la que pertenecía. Las dalmáticas, junto a ciriales e incensarios, rememoraban a los ordenados al servicio del ara, incidiendo en la idea de altar itinerante que saldría a las calles de la ciudad en poco tiempo.

Y presidiendo el altar de insignias, ordenando su simetría como verdadero eje, la Cruz. La Cruz que representaba el sacrificio voluntario del mejor de los nacidos por todos sus hijos. Por los más cercanos y también por los más alejados.  La Cruz que para sus hermanos simbolizaba además el modelo que había de guiarlos. El faro que indicaba el camino de la cofradía. Cerca, otras cruces menos ricas, se disponían en formación para los hermanos que habían de interpretar del modo más literal el mandato divino de tomarla para seguirle.

Volvió su mirada hacia los pasos. En el primero de ellos Jesús, el Nazareno, que no mucho antes caía por tercera vez, hundido por el peso del madero, ya había redimido las culpas de los humanos, y se encontraba crucificado sobre un canasto de oro que narraba en sus catorce cartelas el camino del Calvario. En el segundo, María, bajo regio palio ofrendado por sus hermanos, rota en lágrimas, coronada de estrellas como la mujer del Apocalipsis, con el dolor profundo de un puñal que le traspasa el corazón como Simeón predijo, venía precedida de un bosque abstracto, brillante y aromático de cera ya encendida. De una ofrenda que con su luz pretende a la vez alumbrar la belleza de su rostro y representar la fe de los hermanos, con una llama que tiembla, que parece que se puede apagar a cada paso, pero que finalmente no se extingue, y si lo hace se vuelve a encender. 

Y, de modo casi inconsciente, encontró la respuesta a su pregunta inicial, eligió el brillante árbol que, de entre ese bosque de cera pura, le representaba a él, y supo realmente por qué estaba allí, y se sumó a la fila en la que sus hermanos, con su capirote o su costal bajo el brazo, esperaban frente a un confesionario su turno para reconciliarse con Dios.

 

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