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La capilla de San Álvaro

Rancios y modernos

soledad

¿Inmovilista o innovador? ¿Clásico o alquimista de lo escondido? ¿Rancio o moderno? Los amantes del debate tenían para hartarse en la procesión extraordinaria, verdaderamente extraordinaria en el mejor sentido de la palabra, de los 250 años de Jesús Caído. Lo principal era la mirada, el encuentro con esos ojos en que algunos cofrades no pueden (no pueden, he dicho) mirarse el Jueves Santo, el empaque de Dolorosa antigua de la Soledad, el sabor a devociones viejas.

Pero si hay que hablar, se habla, y era de verse cómo los que se partían la cara por defender una tradición que no es más que eso, cuando el paso terminaba de pasar se hacían innovadores y aplaudían la evolución y los cambios con el orgullo no se sabe si de un converso o de quien piensa que no se ha movido del sitio. Por hablar claro, a mí no me convence lo de llevar los ciriales en paralelo ni de vestir a chicas de acólitas, pero también tengo claro que la liturgia no habla de que tengan que ir de ninguna forma, que las dalmáticas para los no ordenados son ornamentales y que los cuadros antiguos enseñan que los ciriales se llevaban al hombro incluso en Sevilla y tan contentos. Yo prefiero que estén en alto mientras el paso lo está, pero también sé que es una bonita moda cofradiera y poco más, y está bien que así sea, porque esta fiesta está llena de cultura y de una manera de hacer las cosas que es la que se ama. Y si la hermandad de Jesús Caído lo quiere hacer como lo hace, pues es muy dueña también.

Algunos miraban con reprobación, otros pensaban que no tenía arreglo, pero lo más curioso es que el más amante de la tradición se volvía abierto de miras al pasar al Señor, rezar (espero) y poner los oídos. Entonces no había tradición de Bomberos o Centuria que valiera: podían entrar las tubas, los trombones y hasta los contrabajos si hubiera forma de hacerlos andar, y a casi todos los parecía fetén de la muerte que Cigarreras innovara. Lo cierto es que la banda sevillana sonaba exquisita, que hacía matices (¿qué será eso de «piano», qué serán los reguladores?), que su concepto armónico era impecable, pero también que estaba muy lejos del desgarro áspero de su disco «Sentimiento», y que alguien que hubiera saltado en el tiempo desde los primeros noventa no le pondría la etiqueta «cornetas y tambores» a esas obras ricas en bajos, contrastes y claves de fa. Y lo eran, a su forma, con música imponente y con una evolución que sí se ha asumido, y que no diga ahora nadie que los golpes del pertiguero vienen en el misal romano.

Las cofradías están vivas y evolucionan, cambian en lo accesorio algunas veces y en lo fundamental no deberían hacerlo nunca, pero sorprende ver cómo lo normal es escandalizarse por innovar y aplaudirlo a renglón seguido. ¿No es para volverse loco? Por si acaso yo me quedo con la mirada de Jesús Caído, o más bien esos ojos se quedaron en mí y espero que no se marchen.

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