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El Cristo de la Confianza, en su altar de la parroquia de la Inmaculada / MIGUEL ÁNGEL

«Quizá habría que atender a la piedad popular, que mueve mucha gente». Lo dejó caer Manuel González Muñana como esperando a que hubiera buenos entendedores, y Antonio Varo, quizá para estimular la agudeza del receptor, lo puso en las últimas líneas del reportaje que dedicó en ABC a las bodas de oro de la parroquia de la Inmaculada Concepción y San Alberto Magno. Donde antes hubo un no, aunque fuera justificado y respetuoso, ahora el párroco tenía un quizá, un tal vez se abra una puerta a un cauce vital y nuevo de cristianos, con su forma de ser particular y sus defectos y virtudes, todos a la vista.

Antes de empezar a tomar medidas para preparar la rampa por la que bajen los pasos, ya que no hay ninguna duda con las puertas del estupendo templo de Ciudad Jardín, el cofrade tendría que pararse a pensar si valdría la pena. Quien más quien menos ha imaginado sobre un monte de claveles rojos al Cristo de la Confianza, sobre todo en los años en los que el barrio era un hervidero de cofrades jóvenes y aquellas calles eran una cosa distinta. El que se acercase por la parroquia, sin embargo, y mirase por ojos sin costales ni cubrerrostros que entorpeciesen, sabía que al sereno Crucifijo de Castillo Lastrucci nunca le faltó nada: ni una devoción continuada, ni rezos todas las tardes y después de todas las misas ni su estampa en las carteras y las casas de los feligreses. En noviembre pasado, mientras paseaba por el cementerio de San Rafael para un reportaje, me conmovió ver su rostro grabado en el nicho de algún devoto con la leyenda que le acompaña en su altar: «Todo lo que pidas al Padre en mi nombre se te concederá. Ten Confianza en Mí».

Por tener el Cristo de la Confianza, cuya ausencia de la Semana Santa se cantaba hasta en los pregones, tiene hasta un quinario, el más concurrido y profundo de toda la Cuaresma de Córdoba sin necesidad de una cofradía. A lo mejor es por eso mismo, pero también por la seriedad programada con que siempre se lo tomaron la parroquia y los predicadores y por el clima de compromiso cristiano y actividad que ha guiado toda la vida al templo de la Inmaculada.

Quizá Dios tenga dispuesto que haya en la Inmaculada una cofradía, aunque lo más prudente y sensato sería que hasta allí se desplace alguna de las que llevan una vida difícil y sin caladero en el Centro o en parroquias ya colmadas, y que, faltaría más, se encargue de que el Cristo de la Confianza pise por fin las calles, aunque sin ninguna prisa. Pasó tal vez el tiempo en que los feligreses de la Inmaculada hubieran podido hacerse cargo solos de una cofradía y de llenar las trabajaderas y las filas de nazarenos; ahora el barrio es otro, y lo ideal es que si tiene que pasar, se haga todo con la naturalidad de la flor que nace, sin arrasar nada de lo conseguido.

Una cofradía en Ciudad Jardín sería un sueño hermoso siempre que sea con la fórmula de que los feligreses que quieran trabajen, y de que los que vengan nuevos no lleguen para sacar un paso (o tres) sino para trabajar en la parroquia y por el camino admirable que ha seguido hasta ahora, como un grupo más de cristianos de los muchos que allí han dado ejemplo. Será una pesadilla si no pisan la iglesia más que en los ensayos y en la Cuaresma y se conocen más los bares que los salones de formación y catequesis.

Para decirlo de otra forma, quizá en lo que ahora pasa tenga que ver aquella cofradía que se fue a vivir cerca hace más de diez años, pero más por el ejemplo continuado y ya largo de la integración en la parroquia que por el impacto de verla llenar el viejo barrio de Ciudad Jardín de nazarenos blancos y rojos, música y visión plástica de la Eucaristía. Si tiene que ser, que sea así.

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