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La capilla de San Álvaro

Puer natus est nobis

 

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Hay años que no entiendo que este mundo celebre con euforia y excesos el nacimiento de un Niño al que nunca deja de dar la espalda. Convertidos en marionetas dúctiles en manos de la fácil emotividad del consumo y de las satisfacciones primarias, de una felicidad hecha con humo que terminará por disiparse con los humores del alcohol, las gentes que dentro de poco repetirán “Feliz Navidad” por todas las esquinas ni tendrán tiempo para pensar, entre gambas y más platos de los que caben, en aquello que está en el fondo de lo que dicen celebrar, casi tapado por la purpurina y el cascabeleo.Cuentan que Anton Bruckner, aquel espiritual compositor que llevaba la fe y la teología en cada uno de sus sutiles y etéreos compases, quedó durante largas horas ante una imagen del Niño Jesús en una celebración navideña, y que quienes lo vieron le escuchaban preguntarse como un Dios, con lo que eso significa, había ido a encarnarse en la fragilidad conmovedora de un recién nacido.

Ajeno al vodevil incomprensible que estos días irá dando frutos vacíos, Jesús sigue naciendo en la carne de un Niño, como contando todo lo que puede hacer un hombre si le sigue, como diciendo a quienes le escuchan que sigue allí, cercado por los ruidos y el crepitar de los tenedores, contando que su presencia es más cierta y necesaria que nunca, porque allí donde vuelva a nacer, en la palabra o en la calidez doméstica del Belén, nunca podrán reinar de todo el egoísmo, la felicidad por el consumo ni la hipocresía del mundo que le da la espalda.

Deseo de todo corazón que estos días todos, el que esto escribe y quienes tienen la amabilidad de acercarse a leerlo y a los que transmite sus mejores deseos, tengan tiempo para volverse al sueño plácido y sencillo del Niño Jesús y escuchar lo que dice.

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