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La capilla de San Álvaro

Por sus frutos

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Dejar quisiera 
mi verso, como deja el capitán su espada: 
famosa por la mano viril que la blandiera, 
no por el docto oficio del forjador preciada

Antonio Machado

Se le nombra mucho todos los días, pero sobre todo el 26 de noviembre, porque a la gente de Dios se le recuerda especialmente el día en que Él les llamó a su presencia. Casi nunca se le pone el rostro figurado con que le hicieron dos monumentos, sino las imágenes sublimes que dejó en la tierra. Se cumplieron en él varios versículos del Evangelio, y se le conoció por sus frutos, antes incluso de que se desenterrara su nombre, y todavía el tiempo al menos alivió la injusticia de que la gloria que mereció por su trabajo la tuviera otro.

Tienen las imágenes sagradas el riesgo cierto de convertirse en amuletos de la buena suerte, iconos que no obligan más que a un sentimentalismo vago y melifluo, estampas que se llevan en la cartera más cargadas de la experiencia que de algo parecido a una revelación. Nunca pasó con las imágenes de Juan de Mesa, porque consuelan, alivian y escuchan, pero también enseñan el camino de cargar con la cruz, y si el Señor del Gran Poder se echa las penas a su espalda atlántica y sigue caminando, también dice un «sígueme» con la boca fatigada; si el Cristo de la Conversión perdona las faltas, también pide arrepentimiento y propósito de enmienda; si el Cristo del Amor se ha sacrificado en la cruz, es para enseñar hasta dónde lleva la fe; si la Virgen de las Angustias enjuga lágrimas, también invita a buscar un pañuelo y hacer lo mismo con las de los prójimos que esperan a la puerta misma de la iglesia.

Todos los años, en estos días de noviembre, habrá quien mire al cielo y esboce por él una plegaria, aunque más valdría que se pidiese a Juan de Mesa la mediación ante Dios, porque, como dice también el Evangelio, nos dio de beber cuando vio que teníamos sed, y el agua pura de roca de sus imágenes nunca se agota. Con la satisfacción del deber bien hecho tuvo que dormir el sueño plácido que prefiguró en sus Cristos serenos que mucho después, quizá por inspiración de la suya propia, se han ido llamando de la Buena Muerte.

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