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La capilla de San Álvaro

Por cañadas oscuras

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Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque Tú vas conmigo”, dice el salmo al que agarrarse en las tinieblas. Esta fotografía que encontré esta mañana casi por casualidad resume mejor que las palabras el anhelo con que veo pasar estos tiempos en que la crisis deja de ser un amenaza abstracta, una idea vaga con la que llenar las tertulias, para tener cara y nombres próximos. Prójimos. Nadie ha de buscar en esta imagen glorificación de ciudad ninguna ni desprecio a otra, porque es un símbolo, una promesa aferrada a la fe como un ancla, una metáfora poderosa que la Providencia puso delante de una cámara para que quienes sepan ver, crean y no desfallezcan en la espera. En estos días hay demasiados que caminan ceñidos por duros espartos y cargados con cruces que amenazan con tirarlos por la tierra. Un nazareno de esa cofradía de capirotes puntiagudísimos y luz negra me contó que van como ciegos por la ciudad en la noche, mirando a un frente que se les antoja un mar oscuro y sin perfiles, que huele a cera y a soledad en esas largas horas sonámbulas. Claro que ellos lo hacen por su propia voluntad, y si se obligan a la dura disciplina del cirio al cuadril que sólo sube o baja cuando debe y se recluyen en celdas eremíticas de ruán es porque así quieren compartir de alguna forma la Verdad que su Cristo, tan muerto y severo, enseña por las calles.
Otros muchos andan entre tinieblas desde hace tiempo, o ven cómo el cirio cada vez les ilumina menos, y en estos días donde la economía se porta como un arcano incomprensible quizá la vida es como un camino inhóspito y oscuro, donde las alpargatas apenas les protegen del frío de la calle, y el miedo a que las velas se apaguen y la noche lo tape todo acecha a la vuelta de cada esquina. Desde la egoísta comodidad, pero también desde la cercanía sincera quisiera para ellos, para todos, el mismo paisaje de Esperanza que tienen, aunque apenas la puedan ver, quienes siguen a esa cruz seca y ascética, contrapunto imprescindible de la luz radiante y cierta que camina triunfante y generosa en dones y belleza.
Saben que sólo la verán durante un momento y casi sin mirar, pero también creen que más pronto que tarde les amanecerá y entonces la angustia se tornará en sonrisa y el silencio se romperá oyendo aquel oboe con que nunca sabremos si Gámez Laserna quiso hacer una saeta o el canto de un vencejo feliz en una aurora radiante de dicha.

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