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La capilla de San Álvaro

Pompas musicales de jabón

No ha creado un paisaje de grúas infinitas, naturaleza devastada, bloques interminables ni pisos que se venden antes de poner el cartel, pero también el mundo de las cofradías tiene su burbuja, que será un poco más inofensiva que la del ladrillo, pero que empieza a dejar sus pequeños cadáveres en forma de desilusiones y lucha por contratos como si la vida les fuera en ello. Es la burbuja en la que viven cada vez más bandas, infladas por la mentalidad de ciertos cofrades de que los jóvenes sólo se pueden acercar a las cofradías si les ponen una corneta por delante, y por ello multiplicadas hasta un número inasumible.

La música es imprescindible en la Semana Santa, una parte fundamental de la belleza de una cofradía en la calle, una ofrenda que, cuando se hace con la dignidad debida, se eleva a Dios como una oración. Es verdad que habría que saber disfrutar el silencio cuando aparece y no cercarlo tanto, pero cualquiera puede tener en el alma estampas con banda sonora y lugares que le suenan a una marcha y a un paso que se conjugaron para dejar un recuerdo indeleble.

Pero como pasó con la construcción y con cualquier negocio hinchado, las bandas que tanto han crecido en todas partes necesitan consumidores a cualquier precio, y hace tiempo que los encuentros y los conciertos, por mucho Youtube que tengan, se quedan cortos. Hacen falta procesiones para mantenerlas, pasos en la calle a cuya zaga tocar, cofradías de prestigio o sin él en la que demostrar lo que es cada uno. La Semana Santa pasa en un suspiro, el contrato es más débil que la voluntad de las hermandades de reinventarse a cada paso, y además la Pasión es en todas partes al mismo tiempo. Quien no esté en Sevilla no existe y la pequeña Córdoba, con sus extraordinarias cada cierto tiempo, puede ser un buen trampolín para sitios mejores.

Desde que se conoció la noticia de la magna mariana para junio de 2015, las bandas han tomado posiciones y andan ofreciéndose a las cofradías, enviando currículum, luchando por contratos que les pondrán ante los oídos de miles de andaluces deseosos de fundir sus pasos con sus sones en un único vídeo de internet. Lo hicieron en el Via Crucis Magno y ahora han vuelto a mirar a Córdoba, que les parece una especie de feria de muestras, pero con todos los avíos de las imágenes en la calle y la gente grabando.

Aquí sí que parece haber demanda para una oferta tan desmesurada que tiene a bandas buenas dando vueltas por los pueblos por puro colapso. Seguro que muchas de esas bandas son formaciones interesantes que no tuvieron suerte en el «hit parade», tanto como que otras muchas, la mayoría, se nutren sobre todo de copiar el estilo, las marchas y hasta los gestos de otras. Pasa algo parecido en el mundo civil, con todas esas constructoras que le dicen a la Junta que haga obra pública sólo para que ellos tengan trabajo.

La pregunta no es si tienen más o menos derecho a ilusionarse con ir detrás de cofradías importantes; la pregunta es si habrá que seguir programando magnas y extraordinarias para darle de comer a tanta música clonada como nace en las cofradías. Hay bandas veteranas que a fuerza de llevar toda la vida han hecho que el canon sea lo que hacen ellos, llámense Tejera, Oliva, Centuria Macarena o Estrella de Córdoba. Todo el mundo puede soñar con lo que quiera, pero nunca he conocido una pompa de jabón que dure más de treinta segundos.

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