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La capilla de San Álvaro

Peregrinos de admiración y adicción

 

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No lo dice con estas mismas palabras, pero sí reconocen que engancha una vez que se conoce. Por él, cuando uno se acerque a conocer la Semana Santa de Sevilla, casi sería recomendable un cartel como el que advierte de los riesgos de atarse al tabaco: «Muy adictiva. No empiece a venir». José Vidal, ecónomo de la diócesis y reconocido cofrade, es uno de los amantes de la Semana Santa que se vuelcan con sus hermandades de la ciudad y salen de nazarenos, pero que al llegar los días grandes, cogen las cosas y se marchan Guadalquivir abajo. Son varias decenas, aunque si se unen los que pasan días sueltos con los que se pasan las últimas horas del Jueves Santo y la Madrugá, podrían acercarse al centenar.
No es algo nuevo, pero ABC ha hablado con cuatro de ellos para preguntarles por qué se van a Sevilla, y sus argumentos no sólo hablan de la ciudad hermana, sino también de lo que querrían para la propia Córdoba.
José Antonio Salamanca Navarro, vicehermano mayor de la Sentencia y pregonero de la Juventud en 2002, se sorprendía cuando su padre, que fue hermano mayor de la corporación de San Nicolás, le proponía, a él y a sus hermanos, marcharse a Sevilla el Martes Santo. «Era impensable faltar cuando éramos más pequeños. Pero un año nos dijo que fuéramos el Sábado Santo, que aquí no había nada», cuenta. El principio del gusanillo.
Y al año siguiente, en 1997, el Domingo de Ramos. «Vi todo lo que envolvía a aquello, aunque íbamos y veníamos», dice, para después admitir esa semilla de la adicción. Ahora toda la familia alquila en Sevilla una céntrica casa para pasar la Semana Santa a excepción del Lunes Santo.
Allí encuentra algo en lo que todos los encuestados coinciden. «La forma que tiene la ciudad de vivir la fiesta. A veces está muy vacío: el envoltorio es muy bonito y el caramelo no lo es tanto. Pero sólo el ambiente cambia», dice. El Domingo de Ramos, especialmente, se nota la implicación de la ciudad a todos los niveles.
Rafael Zafra, ex presidente de la Agrupación de Cofradías, ex hermano mayor de la Expiración y pregonero cree que alguna vez llegará eso aquí. «Cuando tengamos abuelos, padres e hijos cofrades habremos avanzado. Cuando yo era joven, en mi clase del colegio apenas había cofrades», cuenta para hablar de la falta de imbricación social. No tiene reparos en reconocer que ser cofrade en aquella época le hacía sentirse «como un ser extraño».

Modelo para identificarse

Rafael Zafra conoció la Semana Santa de Sevilla a los 7 años. El flechazo fue instantáneo. Su tío, Paco Zafra, lo llevó a la Madrugá con esa corta edad y antes y después le enseñaba ejemplares de ABC de Sevilla. Allí conoció a las hermandades de la ciudad y, ya que no había bibliografía sobre Córdoba, se asomó con pasión a la capital andaluza. «Yo era un niño, pero me daba cuenta de que lo que veía allí no tenía nada que ver con lo que pasaba debajo de mi balcón», dice al hablar de una Semana Santa que entonces era «triste, sin música» y lejos de los avances de los últimos años.
Desde principios de los años 80, Rafael Zafra se marcha a Sevilla. Se identifica plenamente con su modelo: «Es la Semana Santa que encaja con los parámetros que yo siento dentro». Córdoba ha evolucionado, desde entonces, y él reconoce que el trabajo que ha hecho ha ido siempre en el camino de intentar implantar, sin copiar, las cosas buenas que vio y continúa viendo allí.
José Vidal la conoció el Domingo de Ramos de 1989 y también admiró cómo la ciudad se volcaba con la Semana Santa. El impacto más radical fue ver a la Virgen de la Amargura, de la que tiene una fotografía enmarcada en la mesa de su despacho. Hoy se pone la túnica blanca de la cofradía de San Juan de la Palma todos los años. «No puedo pasar sin ir a la Semana Santa de Sevilla y hasta recomiendo, en broma, no ir a quien no la conoce», resume.
Eso sí, también hace su estación de penitencia con el Santo Sepulcro el Viernes Santo. La comparación es inevitable, y José Vidal admite que no todo es bueno y que en Córdoba hay cofradías a la altura de Sevilla, aunque otras sí que no tienen parangón. La organización y la lentitud de los cortejos es uno de los elementos de Córdoba que más le desagrada.
Vidal admite que le gustaría que esos momentos que vive en Sevilla fuesen en Córdoba. Javier Bazán, cofrade del Císter y pregonero de la Juventud en 2009, admite que cuando en Córdoba vive un gran momento su satisfacción es más honda que en la capital andaluza. «Es lo mío», dice.
Bazán dice no sentirse «ni más sabio ni más culto» por pasar parte de la Semana Santa en Sevilla, donde sólo conoce a las cofradías por fuera y no se interesa por sus problemas. La conoció por sus tíos, que viven en la céntrica calle Alfonso XII, y forma parte de su memoria. Como los demás, comprende que las cofradías forman parte del ADN de la sociedad sevillana y reclama que el ser cofrade es algo universal. Eso sí, se deja ver en Córdoba y cuenta grandes momentos vividos en la ciudad. 
¿Cargos de conciencia? No dejan de tenerlo presente, pero lo solucionan arrimando el hombro y teniendo responsabilidades en sus cofradías. Hasta tenían su momento, que este año no se repetirá. El Martes Santo, cuando la Virgen de los Dolores de Santa Cruz pasaba por la plaza de Molviedro, coinciden muchos mientras la banda de Tejera interpretaba «Saeta cordobesa».

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